Hay voces que nacen con el poder de hacer magia. Crean historias tan reales y tan místicas a la vez, crean mundos matizados por el frío de la tierra que las engendra y por el calor del sol que les enciende el pasado todavía presente. Así es el canto de Zuly Azurín, como una serenata meliflua a los Andes, a esa tierra que lo soporta todo y de todo hace poesía.

Zuly es hija legítima de una cultura ancestral que con las lluvias ha revelado toda la fuerza que guardan sus herederos. Admirable andahuaylina como la Laguna de Pacucha, se ha dedicado a preservar con su voz las canciones tradicionales y originarias de los campesinos habitantes de las montañas. Así como son, puras de sangre, con esa particular entonación que nos apuñala el alma y ese ritmo que nos identifica al reconocerlo como nuestro: andino y “mestizo”.

Hace unos meses lanzó su segundo álbum, “La fuerza de nuestro canto”, junto al destacado guitarrista Julio Humala y otros grandes músicos conocedores del arte andino.

¿Cómo nace este proyecto, Zuly?

Hace años yo hice una primera producción con once canciones. Una fue composición mía y dos las recopilé en Cupisa, en un carnaval campesino, y en Chiaraqe (una tradicional batalla ritual celebrada como pago a la Pachamama, en la que se espera que, por lo menos, una persona muera). Es así como el disco se llama “Chiaraqe”. Tuvo mucho éxito, salieron tres ediciones y fueron muy bien recibidas. Siempre he tenido en mente hacer más canciones. Había viajado bastante por Cusco y Andahuaylas, y escuché canciones muy lindas, muy puras de esos pueblos. Además encontré dos piezas musicales que había recopilado el profesor Isaac Vivanco, eran unos harawis a la papa y a la Mamay Waca Dominga, también algunas otras que son de Arguedas, como Lorochay. Me dije “tengo que hacerlo” y hasta que después de muchos años tomé la decisión.

Pero no lo haces sola y te acompaña Julio Humala. ¿Cómo así juntas a esos músicos?

 Le conté el proyecto a Julio y le encantó. Todos tenemos un mismo fin, queremos mucho a la música andina. “Chano” Díaz Límaco le puso los vientos, en especial a los harawis. Intervienen también el arpa y el violín. Lo más sorprendente de este disco es que canto junto a José María Arguedas. Él siempre cantaba a capela, y algunas veces él mismo se acompañaba; grabó Lorochay y decidimos ponerle instrumentos musicales a su voz. Es como si Arguedas estuviera tocando la guitarra y a la vez cantando, luego yo me acoplo con el acompañamiento de Julio Humala. Salió maravilloso.

Sin embargo, lo recopilado por Arguedas no estaba completo…

Le estaba contando a mi mamá el proyecto del primer disco, le dije que iba a hacer Lorochay, me pidió que cantara y, sorprendida, me dijo que eso no estaba completo, le faltaban dos estrofas finales. Fue ella la que me enseñó el resto.

¿Qué influencia ha tenido este ícono cultural andino en tu música?

Cuando lo escuché por primera vez en la casa de unos amigos fue como si me hubiera partido un rayo. Me impresionó mucho su voz, era como si escuchara a un campesino cantando; recuerdo que desde niña había escuchado cantar a los campesinos y esa era su voz totalmente. Así aprendí sus canciones y las grabé, en especial la Trilla de las arvejas.

 ¿A qué otro músico andino admiras además de José María Arguedas?

A mí me caló mucho la música de Raúl García Zárate, creo que ellos dos fueron mis ejemplos. Ahora me acuerdo una anécdota con Arguedas. ¡Yo viví en la casa de José María! Tendría nueve o diez años, nadie en mi familia sabía que ahí había vivido el escritor cuando era niño. Mi madre le alquiló la casa a la señora que crió a Arguedas hasta cierta edad, en Quichcapata, hasta que su papá se lo llevó. Cuando visité Andahuaylas después de muchos años por el centenario de Arguedas, el séquito de los invitados fuimos a conocer la casa de José María, y mientras caminábamos por ese lugar yo recordaba, me dijeron que esa era su casa y yo exclamé: ¡pero si yo he vivido acá! Era increíble.

El estilo de la música andina tradicional es muy diferente al occidental. Las mujeres, por ejemplo, cantan con una entonación muy particular. ¿Qué refleja ese canto?, ¿tal vez una profunda tristeza?

Nuestras mujeres andinas no siempre están tristes como se cree, tienen muchas alegrías: de cosechar la papa, como dice el harawi, de tener y convivir con los animales, de comer buena comida que ellas mismas han sembrado. La alegría de dar, los campesinos son muy solidarios, todavía guardan esa herencia del incanato que es el Ayni, juntos hacen grandes faenas agrícolas. Además tienen una sensibilidad enorme, lloran de alegría, lloran de tristeza, y eso se refleja en sus cantos. Es como si estuvieran alegres y tristes a la vez.

Las canciones que cantas abarcan desde temas rutinarios hasta escenas muy complejas, como historias de amor.

Es cierto. A los campesinos les gusta cantar a la naturaleza, al agua, a la fiesta de los animales, por ejemplo en Conejucha, a la siembra, a la casa, al amor… a la muerte. Están los harawis, cantados por mujeres escogidas llamadas harawikuqkuna, que son canciones que anuncian sucesos importantes, como el matrimonio o el nacimiento de alguien, mientras las voces varían de lo dulce a lo grave según la importancia de los acontecimientos. Son melodías que al mismo tiempo nos transportan a otra era, no son comunes. Ese es mi compromiso, cantaré estas canciones que no han escuchado antes, como se cantan en las alturas del Perú.

Y qué opinas del huayno “moderno” que se hace llamar “vernacular”, que más parece chicha-cumbia. ¿Es una evolución?

Ese huayno que se baila como guaracha (risas). Yo creo que son otros estilos de cantar, me parece que al principio usaban instrumentos autóctonos pero después, para hacerlo más comercial, le han puesto otros electrónicos y el huayno se escucha mucho más estridente. Sus canciones abarcan otros temas: la borrachera, el abandono, los celos y las traiciones. Respeto a esos cantantes, cada uno tiene sus herencias musicales y no está mal, de alguna manera propagan el huayno. No sé si es una evolución…, todo cambia, y unos tienen éxito y otros no. Por ejemplo, con la música de Tchaikovsky: si uno tergiversa por lo menos un poco lo original ya no es lo mismo, se rompe lo clásico y ya no sirve.

Has hecho cine también. Y con tu más recordado personaje le has dado rostro a Micaela Bastidas, al lado de Reynaldo Arenas en “Túpac Amaru”. ¿Qué opinas de los estereotipos andinos que marcan a los actores encasillados en papeles de marginados?

Lamentablemente de manera oculta todavía persiste la discriminación. Está en todas partes aunque quieran ocultarlo, a pesar de las leyes que la combaten. Esto entre juego y juego empieza en los hogares. Yo nunca he sentido esa discriminación, siempre he vivido orgullosa de mi procedencia y de lo que soy. La música andina y hablar quechua me ha abierto puertas. He viajado por varios países, en especial a Francia, a un congreso internacional para conversar sobre la problemática indígena en el mundo.

Mi compromiso ahora es seguir cantando, propagar lo nuestro, decirle a la gente: “Esto es de mi pueblo y quiero que lo conozcas”.

El concierto de Zuly Azurín será este viernes 21 de junio a las 7:30 p.m., en la Derrama Magisterial (Gregorio Escobedo 598, Jesús María). Cantará con Julio Humala, Margot Palomino, “Chano” Díaz Límaco y Dolly Príncipe, grandes músicos que se han enfrascado en la batalla por reivindicar aquella identidad “cromosómica” que nos sale desde adentro, con la fuerza de nuestros cantos.

 

Fotografías: Gabo Gabriel (https://www.facebook.com/carnecrudafotgrafia?ref=ts&fref=ts)

Fotografía de portada del disco: Archivo Zuly Azurín