El año pasado terminó. Ya estamos pues en un año nuevo. Para este 2017, nos hemos deseado paz, nos hemos deseado amor y tranquilidad. En otros términos, hemos deseado que no se parezca en nada al año pasado. Pero las cosas no están saliendo bien. El 2017 ni siquiera tiene forma de feto ni de nada comparable: un atentado en el Medio Oriente, otro en Latinoamérica y uno más en Turquía han sido la regla del inicio del cumpleaños de los 2017 años después de Cristo. ¿El año pasado ya terminó? Con estos atentados pareciera que el 2016 le va a tener que prestar al 2017 algunos días como ya le prestó el primer día de horror. El caso del que hablaré hoy brevemente es el de Turquía, ya que es el país al que le he prestado mayor atención entre todos los que han recibido atentados en este comienzo de año. Hablaré de Turquía aunque, desgraciadamente, ya me cansé de hablar de ella.

Y me cansé debido a que durante el año que ya pasó, Turquía se encontró con miles de asesinos, decenas de atentados graves y centenares de muertos. Ha habido ataques en la capital, Ankara; los ha habido en tres ciudades del sureste, muy cerca de la frontera con Siria; y también los ha habido en la ciudad cosmopolita que representa el puente entre Asia y Europa: Estambul. Estambul, ciudad famosa por todo aquello que representa, por su belleza histórica y por ser uno de los centros turísticos más concurridos de Europa, fue la víctima este primero de enero de este año de un ataque a una de sus discotecas (“Reina”) más costosas y famosas. Un hombre entró a la discoteca y, según dicen diversos medios, disparó indiscriminadamente para matar gente. Así sucedió. Muchos huyeron corriendo y muchos otros huyeron en tanto se tiraron al Bósforo –y nadaron– que se encontraba directamente próximo a la discoteca. Casi cuarenta personas han sido confirmadas muertas y el número de heridos se le asemeja. Varios medios internacionales, sea el periódico alemán Süddeutsche Zeitung o el estadounidense The New York Times, acaban de informar que el grupo terrorista “Estado Islámico” se ha adjudicado el ataque. “This is so 2016” no sería raro leer por diferentes redes sociales. Después de tantos buenos deseos, Turquía sufre un atentado que continúa con la cadena y nos dice que el mundo no va a cambiar de un día para otro ni, más precisamente, de un año para otro.

Ya me cansé de hablar de Turquía, pues no es bonito hablar de atentados que vienen y vienen y vienen. Estos atentados parecen eslabones que conectan a los años como cadenas de atentados. Hablar de Turquía no creo que solo me resulte a mí un conjunto de sentimientos deprimentes y permanentes. Creo que esta permanencia deprimente y esta permanente depresión están en todo aquel que le toca hablar de este país al igual que muchos otros países de la zona cercana a este.

No obstante, a nadie debería ocurrírsele siquiera pensar que esto debe detener los buenos deseos y las buenas voluntades. Hacia aquellos que creen que estamos condenados, les decimos: “Me tapo un ojo, me tapo el otro y nada que ver”. Estos atentados, ataques en contra de los Derechos Humanos, (muy probablemente) tienen el fin de desestabilizar la situación social y tratar de lograr imponer un miedo que provoque a otros a que reaccionen de la misma manera. Que eso suceda es lo que ellos quieren. Pero si nosotros no estamos de acuerdo con ellos, ¿para qué reaccionar de igual manera a sus provocaciones? Eso no puede ser. Lo que tiene que suceder es, más bien, tomarlo como un ataque que busca lo que nosotros repudiamos. Y luchar contra ello es cuestión de reaccionar más fría y sensatamente. Todos sabemos que los atentados no pararán tan fácilmente. Hay que verlos y tratarlos con sensatez para encontrar un camino que nos sea fácil seguir y que nos lleve a un comienzo de año en el que podamos decir: “¡Este año augura, de verdad, grandes cosas positivas!”.