Editado por Massiel Román

Mamá nunca se cansa de preguntarme cuándo será el día en que me case con uno de esos vestidos blancos con colas eternas que limpian las calles cuando los tacones marchan junto al sonido de las campanas. Yo solo atino a responderle: “Mamá, solo tengo 22 años”.

Desde niña siempre he creído, gracias a mis padres, que el matrimonio se ha vuelto una necesidad entre las parejas que buscan materializar su amor para exhibirlo a los ojos del mundo; aunque, por otro lado, también existen las personas que dan un giro a esta idea, al re-significar el concepto como una muestra del nivel de compromiso que no se enfoca necesariamente como un ejemplo de vida.

Diego, un amigo cercano y ex jefe, ha decidido dar un paso más que otros no se atreverían a dar (como yo, por ejemplo). Hace un año, la idea del matrimonio comenzó a rondar en su cabeza, despertando en él dudas como ¿qué sigue después de amar a una persona? Probablemente, lo que yo respondería sería seguir amándola más.

Supongo que los rayos de la desgana siempre me han permitido huir de todo lo que implique el concepto de amor. Así, en lugar de pensar que las rupturas pueden tener una segunda parte mejor, he arrojado el desastre ocasionado al tacho de basura sin mirar atrás. Esta es una de las opciones que el matrimonio no permite a uno elegir, sino, más bien, lo atan a plantearse una, dos, y hasta un millón de veces más, el que por más que la rutina haya quitado la letra “t” a su propia vida, es imperativo seguir buscando más maneras de poder re-vivir algo que, en apariencia, está marchitándose.

Diego me comenta que si bien existen ciertos respiros en una relación, estos adquieren un contexto diferente según la pareja que se aproxime al matrimonio. Es solo el paso de una nueva aventura que, si bien pinta agridulce al inicio, va obteniendo más solidez cada que logra salir triunfante de los baches que van surgiendo en el camino. “Comienzas a pensar más allá de ti”, dice. Claro, tiene sentido, pero aún no logra convencerse del todo.

“¡Piensa en el material de matrimonio!”, me indica entre risas. ¿Qué es eso? –respondo con miedo. Él cruza los brazos y me cuestiona con un “¿qué es lo que no te gusta de Hache?”. Pienso y pienso, intentando recordar los defectos de mi otro yo. Supongo que a veces es difícil encontrarle defectos a alguien a quien le profesas un amor imposible de describir, de esos que algunos catalogan como algo más, pero que en cuestiones propias no transciende como quisieran. “Su capacidad de sobrepensar o sobreevaluar los problemas”, le digo. “¿Podrías convivir con eso?”, curosea en la trastienda donde alojo las consideraciones con respecto al amor. “Claro que sí, creo que sí”, respondo. “Pues ahí lo tienes, tienen material para el matrimonio”, menciona entre risas.

Es curioso ver cómo Diego me habla de nuevos mundos que ponen en bandeja de entrada un nivel de compromiso que se basa en reglas de convivencia, que, pese a todo, no terminan aplicándose como un deber u obligación, sino como un brote de amor que nace sin ser llamado. “Más amas, más libre eres”, me comenta. Esta es una de las frases que también me guardaré. Digamos, que será un recurso más para las consideraciones que tengo sobre el amor.

Mientras más hablamos sobre el amor y lo que este trae, me cuestiono más sobre qué es el amor. Un concepto tan complejo que ni siquiera Sócrates o sus acompañantes pudieron responder en un banquete. Él me dice que el amor libre se basa en la confianza, a pesar de todas las diferencias que los involucrados tengan.

Me recalca que el amor trasciende porque aprendes amar las imperfecciones, las suyas, las tuyas, el de su relación en conjunto, lo cual motiva a mostrarse como son realmente, incluso hasta un nivel que no conocían inicialmente en ellos mismos.

Creo que estoy acostumbrada a que el amor me golpee en el vientre con su mirada más bondadosa. Y aunque aún no exista salvación para las personas como yo, quienes profesamos ese miedo o rechazo al matrimonio, seguiremos divagando en el mundo hasta chocar en bruces con ese sentimiento del amor más verdadero, más duradero, más auténtico porque se basa en lo vívido, en lo construido y en lo imaginado, según lo que oído.

Mientras tanto este tipo de amor no se digne a asomarse en mi vida –aquel amor que profesan Diego y su prometida– seguiré en la trastienda, noche tras noche, al lado de la persona que no solo me sonríe por dentro, sino que también me enseña que soy una tipa con suerte, que dice no conocer un amor verdadero, pero que al parecer lo tiene y aún sigue sin creer en el matrimonio y lo que conlleva.

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Agradecimientos especiales a Diego Cusirramos, alías el yifi, por haber cooperado en este artículo que ayudó a cuestionarme nuevamente las consideraciones que tengo con respecto al amor.