“¿Es eso un perro o un gato lo que camina por ahí?”, pregunta extrañada mi acompañante señalando un animalito de cuatro patas que se acerca a un poste circundado de bolsas de basura. Volteo y testimonio mi endeble visión: “Pucha, no sé”. Intentando dar una respuesta fiable imagino  ver a una lengua jadeante y ojos con ganas de juego: “Es un perro”, especulo como para cerrar el tema. Nuestra atención retorna a la mesa y sirvo el agridulce vino de la casa. Los vasos están llenos hasta sus mitades. Yo me siento muy confortable pues la música del local pasa salsas de los mejores exponentes. El vino y la melodía encandilan los cuerpos. A unos pasos, edificios con comunicativos carteles de “Hostal” se yerguen en la zona, donde también cerca de diez trabajadores inician la  actividad deportiva en el gran campo abierto que es un estacionamiento vacío. El perrito –lo era- pasa cerca de los jugadores sin que ninguna pelota le impacte o le roce en el cuerpo.

Seis hombres maduros han desembarcado en un taxi e ingresan al local instalándose en una mesa contigua a la nuestra. Ellos no hacen lo mismo que los otros personajes del tico amarillo que, desde el lado derecho de nuestra mesa, liban licor en el mismo pequeño y ligero automóvil, incluido su chofer. La publicitada y verde cerveza Pilsen recala en su mesa y las risas no tardan en llegar. No beben una cerveza negra como sí lo hace la pareja que está en frente de nosotros y que, contagiados por el sabor y la vista, tomaré yo también junto a mi amiga. La cerveza Pilsen poco a poco va diluyéndose y otras más vendrán a la carga. Centímetros atrás de ellos, un hombre de cabeza rapada y un pasado de gimnasio manosea las nalgas de una dejada mujer de largos y lacios cabellos negros enfundada en un pegado y deportivo jean a la que convida cigarros. Indudablemente no es su amiga; quizá sea una dama de la noche. La chica, que gusta de cariños, se acerca nuevamente para la mesa de aquel rapado fortachón. Las amigas de la chica, una con los cabellos pintados de dorado y la otra de cola amarrada y lentes, ante las muestras de cortejo que ven que esta recibe, se pasan a una mesa más cercana para –quién sabe- tentar al desprendido galán. La chica ha prendido otro cigarro gustosamente obsequiado y retorna alegre a la mesa de sus amigas. Mi compañera, que también ha visto todo, reprueba la acción con su mirada y gestos.

La conversación de los seis amigos es interrumpida por un hombre que hace su aparición en la escena. Lleva una camisa crema, jeans, zapatillas para correr y una de esas mochilas deportivas que utilizan los jóvenes que aspiran a ser futbolistas profesionales. Es de una contextura delgada y es alto para el promedio de peruanos. Su cabellera, algo despeinada, es muy blanca como para ser un hombre de avanzada edad con canas. Él, luego de dar una palmeada en el hombro a uno que tiene el cabello muy corto y camiseta deportiva, comienza hacer gestos histriónicos con los brazos, mirando con ojos desorbitados al cielo o a la nada, mientras pronuncia ora una poesía, ora una canción. No puede darle mayor teatralidad a sus gestos pues en su mano derecha lleva una botella pequeña de Maltín Power que contiene un líquido muy marrón como para ser el negro burbujeante de la bebida y que le impide mayor movimiento.

Del grupo de seis solo habla con el joven de cabello corto y camisa deportiva. Los otros cinco no parecen estar amistados con él y uno de ellos, un robusto cuarentón de barba crecida, no deja de ocultar su incomodidad ante el repentino visitante. Con el pasar de los minutos, la camaradería se hará sentir cuando alguien del grupo, otro gordito de lentes y de pelos parados, los incite a todos a tomar una foto. Los cinco que quedan se abrazan y miran sonrientes. El hombre de blanca cabellera los mira, alza su botellita de Maltín Power y hace una mueca de risa. La foto ya está hecha.

De mesa en mesa, de bar en bar

Este acto se repite en otras mesas a lo largo de la noche y de los meses. Y, como ha confesado él mismo, en otros bares y chinganas de la Av. La Marina. El hombre es Juan Manuel Ochoa, reconocido actor de teatro, cine y televisión, que alcanzó la fama y el reconocimiento cuando dio vida al Jaguar, antihéroe de la adaptación cinematográfica de la obra La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. Con esa obra, Ochoa ganó popularidad y no hay día en que la gente no lo reconozca en la calle. Incluso, extrayendo un pasaje de la película, hay quien le ha dicho “soplón, soplón”, siempre con el tono chonguero por delante. Juan Manuel solamente da por respuesta una sonrisa. Es de seguro que la gente lo conozca más por su rol protagónico que por su verdadero nombre. Este rol ha traspasado las propias fronteras del actor, tanto así que se le ha terminado encasillando en los papeles del malo. “Es que mi cara me ayuda”, dice el actor aceptando una realidad que a otro le parecería dolorosa. Juan Manuel Ochoa, sin embargo, ha sabido capitalizar esta particular facultad pretendida por directores artísticos y da clases de teatro en donde enseña a actores ya formados a ser malos.

Él sabe que la maldad que ansían que performa en el mundo artístico no nace solo de su cara, sino de su propia historia de vida. Juan Manuel tuvo un pasado oscuro de sexo, drogas y rock and roll de donde seguramente saca el material necesario para la realización de sus muy malvados papeles. La vida de la calle sin duda ofrece sus lecciones. Y no nos referimos a la exitosa venta de productos hechos en casa del negocio que comparte con un amigo muy cercano a él, sino al ingreso al submundo de la noche que él visita de cuando en cuando.

Juan Manuel dijo alguna vez frente a cámaras que él bien puede salir sin un peso en el bolsillo y sin embargo pasarla bien. Él come y bebe gratuitamente producto del reconocimiento de quienes lo han  visto en pantallas y él, “caballero nomás”, accede, pero parece no gustarle que, en ese trance consumidor, se haga la protocolar presentación “en sociedad”. Una vez que un par de parroquianos lo invitó a degustar una poderosa fuente de ceviche recién servidita, a la que el Jaguar aceptó presto, uno de ellos se paró para comunicarle al resto de gente el feliz encuentro que había tenido. No terminó de decir sus palabras pues Juan Manuel detuvo su mano en medio de su alocución, a la que por cierto nadie atendía, y pidió que no continúe. El hombre de gorra se sentó y vio cómo el actor que perdió el falso orgullo al vender empanadas y alfajores se servía un vaso de cerveza mientras saboreaba el rico potaje marino de pescado, sal y limón.

-¿Él no es el pantera? –pregunta un asistente que lo ve con cierta aflicción.

-Jaguar era -respondo.

-Cómo se ha acabado el tío –se lamenta moviendo negativamente la cabeza antes de ingresar al estrecho pasaje que conduce al baño.

A solas con el actor
Luego de beber con un grupo de jóvenes en una mesa que mira a la calle, invito a Juan Manuel a mi mesa. “Jaguar, te invito unas chelas”, le digo. Y él, acostumbrado a este ritual de farra, se dirige a mi mesa. Otro personaje de cabello blanco amarrado con colita (este sí parece ser fruto del tiempo y no de los productos cosméticos como es el caso del blanquecino pelo del Jaguar de los cuales hizo uso para una obra) se aparece y presenta a Juan Manuel. Indudablemente, solamente quiere ser parte de la fama del solicitado actor y quiere beber gratis. Con pocos buenos modales, el avisado y atento encargado del local le dice que se vaya. Juan Manuel y este señor, dice uno de los trabajadores de este barcito, a veces se mete en problemas y es mejor que no se excedan en copas. El tío de cabello amarrado y níveas prendas se retira y nos quedamos a solas con Juan Manuel, quien, como antes, ya ha empezado  a declamar poesía con ojos saltones. El alcohol que ha bebido hace que resalte más su ímpetu artístico. En ese arrebato que tiene a la hora de expresar versos con una voz que sale desde muy hondo, Juan Manuel agita las manos. Pero esta vez lo ha hecho muy fuerte y con un ademán veloz de su mano derecha bota al piso el vaso de cerveza negra que hacía minutos había comprado. Felizmente la copa era pequeña y el contenido proporcional. Mi pantalón es de un material tal que ante el líquido, en bajos niveles, no se demora en secar. No hay mucho lamento por la cerveza derramada pero Juan Manuel así no lo entiende. Su botellita de Maltín Power cobra funcionalidad: en un mismo ágil movimiento, Juan Manuel, con los mismos ojos desorbitados de siempre, reúne y conduce con su mano izquierda lo poco de cerveza que queda en la mesa y la echa a su botella de marrón contenido. Recluida toda la malta posible, cierra su botella con tapita roja y sigue cantando. Juan Manuel ya tiene bebida de la alegría para su después.

Los decibeles bajan cuando le hago preguntas sobre aprendizaje actoral. Me cuenta que estudio en el TUC, que esta es una de las mejores escuelas de teatro. Yo le digo que la Universidad Católica ya no es como antes en cuestiones de pago y que está muy cara, que mejor me recomiende una nacional. ¿La ENSAT?, le suelto. Él dice que sí, que la Ensat y el TUC a nivel nacional son las mejores y que para mis 21 años estoy a tiempo de aprender a ser actor. Me habla de sus hijos, que son cuatro y de compromisos distintos, y que la edad de cada uno de ellos da cuenta de su proyección como padre. Juan Manuel hace un alto y desiste en seguir hablando de su vida privada. Hemos regresado al Juan Manuel de la noche: comienza a cantar en voz alta una letra que no recuerdo. Luego nos dice a mi compañera y a mí que si no somos enamorados, bien podemos conocer el amor alejándonos de Lima y llevándonos cuantos “wiros” nos sean posibles. Juan Manuel, generación post-Woodstock, habla de un amor libre y real. Cierra con una canción y, sin menor trámite y sin terminar su vaso, se levanta y desaparece. En otra mesa u otro local, cualquiera que sea, el actor seguirá regodeándose en una noche de la cual hará todo lo posible por que será larga.

02-01-13