En algún lugar de Barrios Altos, un joven líder vecinal diría, en referencia a la ley, que moviliza por cuarta vez a miles a las calles: “Esa ley la hizo el ministro, ¿no? Es de él, ¿no?”. Cuando le digo que sí y que hacia allá voy, él responde: “Esa vaina me afecta, pe’. Yo paso los 25 años, pero me afecta. Yo estoy en construcción, pe’;  ahí llevo a los chibolos de acá. Pero no puedo ir, el negocio queda solo”.

Son cerca de las 9 y 45 p.m. Usualmente los carros que deberían estar llenos, los que vienen de Chosica o Ate no lo están. La av. Grau luce vacía, porque, algunos cuantos kilómetros más allá, la Plaza Grau se muestra repleta por la manifestación que, según se ha escuchado a oídas de algún medio de prensa, se ha desvirtuado por la escalada de violencia. La marcha iniciada  a las 5:00 p.m., ya para las 10:00, era signo de violencia desbordada, por lo menos así informaba RPP. Para quien haya marchado, sin embargo, sabe que eso no es cierto.

 

Camino a Bolognesi

Los choferes emplean su astucia, toman una ruta paralela a Grau. En unos cuantos minutos estamos por la Vía Expresa. El Centro Comercial Polvos Azules está cerrado. Algo raro, “cuando cierran a eso de las 11”, dice un pasajero.

De pronto, por las rejas que sellan al Parque de la Exposición desfilan con urgencia un sinnúmero de motos y carros policiales. Ante nuestros ojos aparece una larga cadena de luces rojas en dirección al sur de Lima. “Dicen que se han ido al Ministerio de Trabajo”, informa desde su asiento un trabajador.

Al recordar el vomitivo modo en que estaban apostadas las “fuerzas del orden” en la última marcha de diciembre, esperando el momento de pasar a reprimir a la juventud, solo me resto temer lo peor. Sonaba en mi mente las palabras de un amigo que, alrededor las 7:00 p.m., llamaba para decirme: “No vengas a la Plaza San Martín, es una ‘huevada’ total”. Tras el teléfono, se escuchaba gritos y desorden. Gente corriendo.

No tardé en bajar cerca al MALI. La calle estaba llena de gente yendo y viniendo, no como de costumbre. Buscaban irse ya de ese lugar.

En una esquina me encuentro con un joven de cabello ensortijado, dijo ser anarquista. Adviritió que la marcha ya fue, que está desperdigada, que ya la tombería reprimió. Él no mide sus palabras (¿debería medirlas, Humberto?) a pesar de que detrás de él y frente a mí hay una veintena de policías vestidos para entrar a la guerra.

-Han reprimido, estoy esperando a mis causas.

Al decirle que estoy yendo a Bolognesi y de ahí a Campo de  Marte pues, según indica la radio Bemba, ahí se está reconcentrando la marcha, nos acompaña. Cruzamos la pista. Vimos más gente entre Paseo Colón y Wilson esperando a nada. Son jóvenes asustados. Uno de ellos, luego de escuchar la voz de mi amigo que les dice: “Vamos a reunirnos todos a Bolognesi”, me dice que sí, que ya va, que está organizando a su gente. Antes de que nos vayamos me dice con miedo reciente: “Tengan cuidado, hay  tombos allá”.

“Están robando, también”, me dice una chica consternada luego de que yo pedí datos sobre la marcha. Puede que tengan razón: si hay ternas e infiltrados, ¿por qué no rateros que hagan de esta marcha un completo vandalismo?

 

En el punto de encuentro

Bolognesi, desde el local de los Hare Krishna, no parecía ocupada. Unos pasos más, sin embargo, señalaban que había vida en esa plaza del héroe inmolado por un deber sagrado. Nada más simbólico que hacer respetar los derechos sociales que en Plaza Bolognesi. Ahí estaba la gente, la poca gente que buscó no romperse y fue congregándose.

Se veían unas cuantas banderas. Pero no eran la de los partidos, sino de ese interesante y rejuvenecedor fenómeno llamado “zonas”, sitios de organización distrital surgidos a raíz de las tres marchas contra la Ley Pulpín. Se sabe que son 22 y que los guía una concepción horizontal de la representación y de la participación.

Un joven alto y medio gordito de lentes pasaba gritando el llamado: “Zona 9, zona 9…”.

El anillo de la plaza estaba ocupado en una media luna. Había humo por las fogatas improvisadas y gente sentada en la pista. En medio de la Plaza había un carro de la P.N.P. y también desconcertados policías. Parecía que se habían cansado de haber reprimido, que fue el consenso general de los marchantes.

“Me dieron allá”, me dijo un joven señalando la Plaza San Martín. Tenía ojos y cabello negro y entre sus cejas una herida con sangre oscura del tamaño del dedo meñique. En la gresca le habían reventado la frente.

Para el lado de la Av. Guzmán Blanco, manifestantes se enfrentaban a un camión que ridículamente decía “esta marcha no es conmigo”, y quería pasar. Pronto una grupo fue hacia él y le hizo reconsiderar sus planes. Duramos en la plaza sin saber muy bien qué hacer como unos 15 minutos.

Cuando algunas vivas y algunos movimientos nos hicieron pensar en que podíamos continuar con la marcha por Campo de Marte, un gordo blancón gritó a quienes tenían pensada seguir esa ruta: “Regresen, regresen, compañeros. Si vamos por allá, se la ponemos fácil a los tombos para cerrarnos”. Ni bien termino de decir eso, unas luces rojas aparecieron como a dos cuadras más allá en la avenida despejada. Eran motos que venían. La gente se replegó hacia la plaza.

Tombos correteando

Pero la gente no ocupó sus antiguas posiciones. Por el contrario, como desesperada bandada, corrían hacia el medio de la plaza, ocupaban parte del monumento subiéndose para ponerse a salvo de la nueva fuerza policial que aparecía vestidos de militares. Entre los autos estacionados aparecieron y, caminando con sigilo, entraron de a pocos a la plaza. Los estudiantes fueron ubicándose en la plaza. Un vocero de las zonas decía: “¡Compañeros, no corran! ¡Si nos reprimen, que sea en colectivo!”. Una arenga poco acertada.

Pese a todo, alguien gritaba: “¡Siempre de pie, nunca de rodillas!”, que fue poco seguida. La línea policial seguía avanzando.

Ninguna arenga ni ningún grito pudo con el razonable pavor de los jóvenes. Más aún cuando los policías comenzaron a correr de una manera calamitosa hacia los jóvenes. La idea sucia era asustarlos; también romperles la madre.

La manifestación en la plaza fue nuevamente rota. Los jóvenes pasaban por entre los vehículos que, como bien sabe cualquiera que anda por Plaza Bolognesi, se pegan demasiado. Entre los estrechos espacios que dejaban, los jóvenes se deslizaban en una maratónica carrera por salvar el pellejo.

Cuando la mayoría estaba a salvo, fueron juntándose de nuevo a la altura del edificio destruido que está en la Av. Arica. Pero poco duró la congregación pues aparecieron los motorizados y el cuerpo policial.

Ahí empezó la correría. Empezaron a balear al aire varias veces y a amenazar con la única moto que se podía ver. La gente corría despavorida. Los carros estacionados miraban y hubo quien gritaba a los vehículos: “¡Están disparando! ¡Están disparando! ¡Asesinos!”.

Era un corto tira y afloja. Llegando a la esquina de la apagada Municipalidad de Breña, se  tiraron las combas de una construcción al suelo y se formó una especie de barrera para que no pase. Lo mismo se quería hacer en la otra dirección pero no se pudo, pues de nuevo la línea policial reanudó la marcha.

“¡Causa, la bomba quema, no se puede coger!”, me dijo un manifestante. Y es que la policía tiró una bomba por la avenida, que fue repelida con un puntazo por otro marchante. A la altura del colegio La Salle, los pocos manifestantes decidieron irse por la derecha siguiendo una orden mía de que al entrar ahí ellos no podrían pues eran barrios ocultos. Lamentablemente, al seguir de frente, nos vimos nuevamente en la av. Arica y con los policías a punto de respirar tras nuestras nucas.

 

Ir para la izquierda

La mejor idea que se tenía para ese momento era tentar la otra orilla e introducirse para perder a los motorizados (que ya eran más). Con el corazón agitado y con los pulmones a punto de decir basta, tres jóvenes y yo pudimos caminar un poco y llegamos al Jr. Aguarico, donde una familia conversaba en una esquina.

Al vernos todos sudorosos pusieron cara de preocupación. Enterándose de que marchábamos en contra de la ley, hicieron preguntas. No quise perder la oportunidad de decirles que habían baleado los policías para meter miedo.

Un hombre gordo en la esquina nos miraba. “No miren para allá”, dijo la señora cuando vio a un carro de serenazgo detenerse cerca del hombre y ver que conversaban. Entre tanto, otra señora de la zona, que pedía que recemos para que todo mejore, buscaba un taxi para un universitario que vivía en San Juan de Lurigancho. Ellas preferían que tomemos taxi a seguir por la zona. “No pasa nada, decían”, y se desdecían al hacerme la seña del ratero: una mano abierta que va cerrando sus dedos teatralmente.

En el carro que tomamos y que nos subimos cinco jóvenes de distintas procedencias pude conocer que la CGTP armó la bronca inicial y que marchó adelante solo para la foto. Más adelante me enteraría de que fueron los apristas y los de la CTP los que azuzaron la marcha y desataron la violencia.

 

La violencia, las redes y la pregunta de un idiota

 

En las redes se leían comentarios de que los lacras habían tomado la ciudad. A partir de los datos que fui recabando, en efecto, me enteré que hubo violencia inicial de parte de esos gremios, pero en modo alguno se justifica el sostenido terror desatado por las fuerzas policiales. En realidad, ese era su argumento y objetivo preferido: el de la violencia. Porque solo de esa forma se destruiría, como viene ocurriendo desde antes, la legitimidad de las manifestaciones.

Detenidos, desaparecidos que pronto serán encontrados, golpeados, terror policial (no olvidar las detenciones arbitrarias hacia jóvenes de Las Zonas que se pronunciaban piqueteramente en contra de la Ley Pulpìn y que con agresión y balas fueron privados de su libertad) y oídos sordos fueron los resultados de esta cuarta y partida manifestación.

La prensa oficial, como siempre, ausente en los momentos cruciales para documentar la reprimenda de los policías. Solo sirven, tal cual ocurrió en la edición nocturna del noticiero de Canal 4, para las clásicas preguntas imbéciles.

Al ser entrevistado el Ministro Urresti sobre los pormenores de la marcha, el periodista René Gastelumendi invoco al señor de la imbecilidad y este le dio su feliz inspiración. Gastelumendi pregunta en vivo y en directo:

-¿Ministro, tuiteó durante la marcha?

Foto: Luis Orlando Mori