El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo‘. Probablemente, el lector habrá escuchado esta frase alguna vez, ya que esta se le adjudica al escritor peruano Abraham Valdelomar (1888-1919). El ‘Conde de Lemos‘, el cual era el seudónimo con el que firmaba algunos de sus textos, es conocido principalmente por ser el autor de diversos cuentos que muchos peruanos hemos leído durante nuestra etapa escolar, principalmente ‘El caballero Carmelo‘ (1913), cuento insigne de Valdelomar: cómo olvidar aquel legendario combate entre el viejo paladín Carmelo y el Ajiseco, en el mítico escenario en San Andrés de los Pescadores.

Sin embargo, el escritor también fue un personaje que marcó la sociedad limeña de las primeras décadas del siglo XX. Valdelomar fue miembro de la nueva intelectualidad que surgía en nuestro país, en la cual, dicho sea de paso, se podía encontrar a miembros no pertenecientes a la clase aristocrática ni relacionados a la misma; asimismo, era una persona que atraía miradas al caminar por el Jirón de la Unión y acudir al renombrado Palais Concert para participar de las tertulias propias de aquellas épocas; siempre con los aires característicos de un ‘dandi‘, aires que hacían pensar en un Oscar Wilde de la Lima de antaño.

Hace unas semanas, se cumplieron 131 años del nacimiento del ‘Conde de Lemos’; del mismo modo, en noviembre del presente año se conmemorará el centenario de su muerte (la cual no quedó esclarecida del todo). Por este motivo, quisiera presentarle al lector algunos aspectos que valen la pena resaltar en torno a la vida intelectual y la obra literaria de este “hombre nómade, versátil, inquieto como su tiempo“, como bien dice José Carlos Mariátegui (quien sería su compañero durante muchos años).

Partiré de la siguiente premisa, la cual establece Mónica Bernabé en su estudio sobre la bohemia y el dandismo de los intelectuales de aquella época: para ser leído, Abraham Valdelomar necesitó ser visto. En aquella Lima de antaño —me encuentro hablando de la denominada República Aristocrática (1895-1919)— la consagración de un escritor se relacionaba directamente con los vínculos que podía tener este con el poder político y/o la aristocracia del país. Valdelomar, nacido en Ica, entendió su ‘condición’ de provinciano y se enfrentó a esta sociedad estratificada con miras a crear el “ejercicio profesional de la escritura“.

Para lograr esto, Abraham Valdelomar apoyó de manera ferviente al presidente Guillermo Billinghurst durante su campaña electoral y su periodo de gobierno (1912-1914), en base al ideal de la democratización de la sociedad. Como indica Mónica Bernabé, Valdelomar debió decidir entre la política y la Universidad (en la cual no le fue muy bien que digamos) “para disputar un espacio dentro de los mecanismos consagratorios”.

A la par, el ‘Conde de Lemos’ escribía los textos literarios de su época ‘decadente’, entre ellos ‘La ciudad de los tísicos‘ y ‘La ciudad muerta‘, novelas cortas con elementos de carácter exótico y con influencia del decadentismo, el cual no solo serviría de base para su obra literaria, sino que se reflejaría en el ‘dandismo‘ que acompañó a Valdelomar a lo largo de su vida.

La experiencia de Valdelomar al tomar el bando de las multitudes fue un factor determinante en su ingreso al canon de la literatura nacional. Su participación política influyó en la transición hacia temas exóticos, es decir, el abandono del ‘paisaje decadente’ de sus obras hacia el tópico de la ‘aldea encantada’, con características propias de lo local, lo rural, como podemos evidenciar en ‘El caballero Carmelo’.

Cabe destacar que el viaje que realizó a Europa como diplomático durante el gobierno de Billinghurst fue otro factor determinante en esta transición. En una serie de cartas a su madre, al igual que en algunos poemas escritos durante su estancia en Europa, Valdelomar expresa su desilusión y el quiebre de su entusiasmo al encontrarse con una ‘humanidad grotesca’. La frivolidad europea influyó de manera importante en la germinación de su ‘curiosidad sudamericana’, o, como menciona Bernabé, “escribir sus cuentos con ‘sabor peruano'”.

La inserción de Valdelomar en el canon literario cobra sentido a partir del ‘desdoblamiento’ de su persona, en cuyas bases encontramos las ideas de Luis Alberto Sánchez, uno de los intelectuales y críticos literarios más importantes de nuestro país. Este ‘desdoblamiento’ tuvo como origen el viaje de Valdelomar a Europa, en el cual emerge la ‘verdadera identidad’ de Abraham Valdelomar: su identidad ‘artificio’, reflejada en “sus poses, sus gestos bizarros” y considerada de carácter efímero, no permitía revelar al escritor de cuentos lugareños, no permitía revelar al “Valdelomar más auténtico […] más provinciano y criollista“.

Si bien la dicotomía planteada por Luis Alberto Sánchez permite comprender la presencia del Conde de Lemos en el canon literario debido a su aporte en la creación de una verdadera ‘literatura peruana’, también puede limitar nuestra concepción sobre la obra total de Abraham Valdelomar, tanto su obra poética como las obras pertenecientes a su periodo ‘decadente’. El análisis e interpretación de lo que significaron estas obras podría tomar otros caminos, pero ese tema, estimado lector, tendrá que ser revisado en otra ocasión.

Paralelamente a su obra literaria, Abraham Valdelomar también aportó significativamente a la prensa nacional. Ejerció el cargo de redactor en diarios importantes de la época, como ‘La Prensa’, en el cual trabajaría junto a su colega César Vallejo, escribiendo crónicas y publicando cuentos. Asimismo, en 1916, funda Colónida, revisa intelectual muy influyente en la época pero de una duración muy corta. J.C. Mariátegui , en el último de sus siete ensayos, indica que la revista Colónida sirvió para dar origen a un movimiento de mayor dimensión : “Una efímera revista de Valdelomar dio su nombre a este movimiento. Porque Colónida no fue un grupo, no fue un cenáculo, no fue una escuela, sino un movimiento, una actitud, un estado de ánimo […] Los ‘colónidos’ no coincidían sino en la revuelta contra todo academicismo“. En esta revista, los ‘colónidos’ revalorizaron la obra del poeta José María Eguren, quien había quedado relegado por la crítica literaria de la época.

Para terminar, al igual que Carmelo, aquel magnífico gallo de pelea que “abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó” antes de morir, Abraham Valdelomar marcó un hito importante en la literatura peruana e, incluso en su muerte, permaneció en las conversaciones de la sociedad limeña de antaño como un personaje muy inteligente y cuya ‘pose’ era inigualable. En palabras de César Vallejo, había fallecido “el cuentista más autóctono de América; el nombre más sonoro de la última década de la literatura peruana.

Referencias:
-Bernabé, M. (2006). Vidas de artista: Bohemia y dandismo en Mariátegui, Valdelomar y Eguren, (Lima 1911-1922). Rosario: Beatriz Viterbo

-Mariátegui, J. (2012). 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Minerva

-Valdelomar, A. (2019). Selección Valdelomar. Lima: Estruendomundo

-Vallejo, C. (1919). “Abraham Valdelomar ha muerto”. La Prensa, 4 de noviembre de 1919.