El Perú ha sobrepasado los 100 mil infectados con coronavirus, se encuentra dentro del “top 15” y es el país con mayores casos de toda América Latina. Qué cifras tan aterradoras para un país que fue aplaudido a mediados de marzo por tomar acciones rápidas y drásticas, ¿no? 

Como ya se mencionó en este espacio hace un par de semanas, el Ejecutivo no ha sabido aprovechar el tiempo que ganó. Luego de más de 60 días de estado de emergencia y varios martillazos, el pico no se ha alcanzado, la curva no ha encontrado su meseta. Lo que sí se ha logrado es evidenciar las preexistentes falencias del Estado y unos cuantos aplausos que se reflejan en encuestas.

Pero dejemos un momento la gestión de Vizcarra para centrarnos en otro actor, tan o más popular que el gobierno: el Congreso. Nuestros casi nóveles parlamentarios no han querido pasar desapercibidos y desde hace algunas semanas andan buscando reflectores abanderando la tan manoseada necesidad del pueblo.

Retiro del 25% de los fondos de las AFPs, impuesto a la riqueza, servicio militar obligatorio, nulidad del cobro de peajes y control de precios son algunos de los aspavientos que más eco están teniendo en nuestra nunca aburrida política nacional. Por suerte no todos se han transformado en realidad positivizada, al menos todavía.

Y como cereza del pastel, tenemos el hecho de que muchas de las normas aprobadas por el Parlamento no han contado con un estudio técnico previo, sobre todo aquellas relacionadas a la emergencia sanitaria. 

Recordemos una característica fundamental del populismo: rechazo de las élites, ya sean estas económicas, científicas, académicas o de algún otro tipo, con la finalidad de mostrar una representación legítima del pueblo. ¿No podría establecerse acaso algún tipo de relación con lo ya mencionado?

Pues, sin ánimo de influir en la respuesta, citemos a Merino de Lama, presidente del Congreso, quien mencionó que “se está recogiendo el reclamo de la población y dando una respuesta a sus demandas”. Ojalá que este Parlamento no deje su labor legislativa y fiscalizadora para convertirse en una mesa de partes del clamor popular en pandemia, que de por sí ya es difuso. 

Es común acusar de populista a diestra y siniestra, y en escenarios de crisis como el que vivimos más aún. Pero también es cierto que en esta situación los ánimos de sentir el calor popular tan cerca y presentarse como el abanderado de los desfavorecidos son bastante difíciles de contener. 

Si bien se apoyó clamorosamente el cierre del anterior Parlamento, el actual nos muestra que aunque se pueda patear el tablero, el jugador no cambia mucho. Por el contrario, puede volverse aún peor. El cierre del anterior Congreso generó una explosión de alegría, cuando termine el actual esperemos al menos tener tranquilidad.