Editora: Massiel Román Molero

Estoy pensando en las diversas profesiones que hay en el mundo ahora que me cansé de la mía. Por lo que he visto, no se me ha dado muy bien el ser una comunicadora muy respetada. Al parecer –y con suerte, creo yo–, solo soy una de esas apagadas, aquellas que son cortadas por el mismo patrón que el resto del rebaño.

Deben estar pensando que la cuarentena me ha comido demasiado la cabeza. Lo cierto es que me he visto en esto desde hace meses: el camino prefabricado de estos tiempos no es el mío. Quizá ya es momento de plantearme quién soy, qué es lo que realmente estoy buscando, qué es lo que quiero dar.

¿Directora de arte? ¿Es en serio, Isa? No. No es suficiente y tampoco creo que lo logre ser. ¿Editora de vídeos? ¡Va, si en eso estoy y no me mola tanto!

Pero, realmente, ¿qué es lo que ansío querer? Claro está que me gustaría seguir haciendo esto: contar historias no solo sobre la base de palabras, sino también de ilustraciones. Quisiera ser una artista a reacción, una que acumule en su libreta de viajes millones horas de vuelo porque no me gusta tener los pies en la tierra cuando se trata de crear. Quiero que cada cosa que haga lleve a quien sea de viaje, aun si no posee todavía alas fuerte para volar.

Es un dilema esta cuestión de si el arte cura o no. Para mí, desde que comencé a tomar el gusto por escribir, siempre ha funcionado de esta forma: quien escribe debe intentar curar, tal como él/ella me cura al leer lo que transfiero. No digo que deba ser una “barrendera” que limpie las heridas, mas sí, al menos, transmitir un sentimiento hacia él o ella. Solo eso basta.

Aún no termino la carrera y no sé si deba considerar eso algo deprimente. A estas alturas, en el décimo ciclo de mi carrera universitaria, no debería sentirme como un siervo de siervos o como un comunicador domesticado por la presión de fuerzas opresoras que solo nos ven como generador de monedas, sin ética ni juicio crítico en un mundo que se está siendo carcomiendo por un hijo de puta llamado Covid-19. ¡Piensa en marketing! ¡Mercantiliza tu producto! ¡El corona vende, entiende!

Cada vez me voy dando cuenta que no puedo seguir conformándome con esta vida de comunicadora, que lo mío son los lápices, la pintura y el teclado. No necesito ser un comunicadora para reventar el mundo. ¡Ojo! No menosprecio este trabajo, que poco y mucho me ha brindado, mas creo que ser humano, en mi situación actual, desde lo personal, puede considerarse como un trabajo digno –si es que ser humano puede considerarse un trabajo.

La primera profesión que se me viene al pensar en humanidad son aquellos que están ligados al ámbito sanitario, pero es que realmente soy muy marica para sacar los pies de mi casa. Probablemente, si hubiera sido doctora, enfermera, científica u otra carrera relacionado a esta ciencia, no hubiera durado ni un día en esta batalla que se están liando nuestros héroes anónimos. No, pues… Me saco el sombrero frente a ellos y los aplaudo por tener ese coraje que a mí y a muchos nos falta en esta cuarentena –que no ronda ya 40 días enteros.

Tal vez, ser humano no sea suficiente porque esto implica tener errores y aciertos, quizás, lo que necesitamos ahora es algo más sencillo: ser humilde. Ser simplemente eso. Porque fuera de nuestras casas hay profesionales jugándose el pellejo por nosotros, nuestras familias y las suyas. Que no te intentan vender información falsa o llenar de tanta basura comercial, pues estas tienen patas re-cortas, de tal modo que cuando se acaban, se cagan en ti para joderte.

Ser humilde en estos tiempos es ser como una pieza hermosa de este puzzle, en plena crisis sanitaria, que intenta cooperar en este mundo. Ser solo eso es sencillo, pero difícil en estos tiempos, al parecer.