A medida que creces, los sueños van despegando como aviones ansiosos por partir. Nos volvemos pilotos de nuestra vida, buscando encontrar nuestro propio horizonte. Un día, decidimos marcharnos de casa, vestirnos de locos e intentar volar como alguna vez expresó García Márquez en su poema “Viajar”:

 

Viajar es volverse mundano

es conocer otra gente

es volver a empezar.

Empezar extendiendo la mano,

aprendiendo del fuerte,

es sentir soledad.       

 

A los veintiún años decidí alejarme de mi hogar por un tiempo y emprender un viaje rumbo a los Estados Unidos. Saqué de mi equipaje a mi familia, amigos y a los viejos amores que llenaban mis maletas con sus mejores recuerdos. Quería empezar de cero. Desprenderme de mi Perú por tres meses. Conocer otras culturas, aprender sobre otros lugares. Y así fue.

 

  1. La llegada

Un 12 de diciembre, mi mejor amiga y yo, pisamos por primer vez tierras norteamericanas. Sin tener un gran dominio del inglés, ambas, nos aventuramos a vivir tres meses lejos de nuestro país. Llegamos a Wintergreen, un resort ubicado en Virginia. No se imaginan, queridos lectores, el frío que hacía en ese lugar. Yo, como toda principiante, bastante ingenua, había dejado mis casacas en la maleta que estaba cerrada con candado, dicho sea de paso. Claro, cuando estuve en el aeropuerto Jorge Chávez vestía un conjunto deportivo, cuyas telas eran bastante delgadas: hacía calor, ya empezaba el verano. Error mío.

Nunca dejen de llevar casacas, gorros y guantes a la mano que, crean o no, los salvarán de convertirse en el nuevo muñeco de nieve navideño.

  1. Estadía

¿Se imaginan dejar sus cómodas habitaciones personales  para compartir una con los que serán sus próximos ‘roommates’? Convivirán por tres meses con personas que todavía no conocen, quizá por ahí tienen algún amigo que viajó con ustedes, pero, ¿qué hay del resto?. Sin duda, esta es la etapa más difícil.

En algunos casos, son más de cuatro personas en un cuarto. Cada uno distribuido en diferentes camarotes. Debo admitir, que tuve “suerte” en ese aspecto, pues mi casa era para seis personas, tres cuartos para cada pareja. Dos extranjeros y cuatro peruanos convivimos día a día en mi querido y nostálgico White Oak.

Para algunos nos es difícil asimilar la ausencia de nuestros padres, pues, al vivir “solo”, tienes que valerte por ti mismo: tú cocinas, tú limpias la casa, tú lavas, etc. Además, es necesario establecer normas con tus compañeros, ya que no todos tenemos las mismas costumbres domésticas. Por ejemplo, siempre he sido perezosa para los quehaceres del hogar, sin embargo, cuando me tocó vivir con otros cinco jóvenes, quienes también tenían hábitos parecidos a los míos con respecto a la holgazanería doméstica, decidimos hacer crear ‘the rules’. Nos sentamos y comenzamos, entre risas y seriedad por momentos, a armar nuestro plan de convivencia. ¡Vaya que fue difícil!, si alguno incumplía, tendría que pagarle al resto.

Las peleas por la comida que estaba en la refrigeradora era de todos los días. Por más que – sonará ridículo- cada uno pusiera su nombre en las botellas de leche, cajas de huevos y hasta en las carne congeladas, siempre terminaban “desapareciendo” los productos que habías comprado.

Pero más allá de las disputas por una caja de huevos o un pedazo de pan (sí, les cuento que hasta por el pan habían greñas), los momentos que pasamos juntos -fiestas, resacas, bailes, pijamadas mixtas, cansancio, enfermedades- jamás los olvidaremos.

  1. Trabajo

Algunos amigos, quienes ya habían viajado antes, me dijeron que el trabajo era bastante simple; otros, que era cansado. Cuando comencé, en un fast food llamado Pryor’s, me di cuenta de que nada en esta vida es sencillo, todo empleo requiere esfuerzo. Cada dólar ganado fue con dedicación. Los fines de semana eran los más ajetreados. Los clientes pedían innumerables cheeseburger, bacon cheeseburger, hot dogs y todo tipo de comida al paso.

Yo, por mi parte, tenía calefacción y suficiente comida como para mantener mi eficiencia laboral, otros, no obstante, tenían empleos más sacrificados, por ejemplo, había quienes trabajaban como lifts operators en plena nieve, congelándose día día y lidiando con el clima.

  1. Fiestas

Sé que muchos querían llegar a esta parte del texto. Work and travel y juerga no son términos excluyentes para quienes han oído hablar del programa. Las fiestas, en mi resort, y como en muchos otros, eran todos los días. Sí, todos los días. Pero, hay algunos puntos que quiero aclarar. Si bien habían personas que tenían el físico y las ganas para caminar por la montaña e ir a las fiestas, habían personas, como yo, que preferían muchas veces quedarse en casa. No porque seamos aguafiestas, sino porque el cansancio del trabajo y el gélido clima nos impedía movernos de nuestro cálido hogar con calefacción. Sí fui a varias fiestas durante mi estadía en Wintergreen, pero no frecuentemente. Además, debo admitir que sí son como te las ‘pintan’ antes de que viajes.

  1. El adiós

Hay muchas cosas que no he mencionado en este texto y es que no alcanzan las palabras para describir la experiencia que viví en mis tres meses en Estados Unidos. Quizá algunos concuerden con mis vivencias, quizá otros no. Aún así, muchos hemos sentido y aún sentimos la nostalgia de separarse de la nueva familia que formaste. Hay quienes se enamoran y -porque son de diferentes países- tienen que separarse al finalizar el programa. Conocí muchas historias de amor. Anhelé eso, quise enamorarme al estilo Work and Travel, tener mi propia historia y poder contarla al llegar a Perú. Pero no a todos nos sucede.

En fin, vayan sin ninguna idea, aventúrense a conocer el estilo de vida norteamericano. No planifiquen con rigurosidad qué o cómo es lo que van a vivir, pues, como dicen, las mejores cosas ocurren sin planearlo. Disfruten su viaje, recorran otros estados, cómprense cosas, es su dinero, es su esfuerzo, siéntanse bien al usarlo. Vivan nuevas experiencias, y no olviden que los recuerdos y momentos vividos nunca nadie podrá arrebatárselos.