Estoy a punto de dar la vuelta con la bicicleta, con las  impresiones ya en mi poder. Mientras pienso si ir o no por la pista o la berma, alguien se aparece. “Uy chu”, me delicada zona de confort. Pero no hay vuelta que darle, he trabajado en estos tiempos mi instinto social.

-Habla, compaaay…-le digo con un dejo muy firme, pero gastado…

-Hola, comparito. ¿Cómo andas?-me responde.

Es un ex compañero de carpeta escolar, se llama Ismael. Sigue, en realidad, con su look de siempre. Cabello corto, cuerpo delgado, nariz de esas que vimos en el Grinch. Su short algo subido denota en él esa apariencia de persona encopetada, mecánica persona que tiene problemas para movilizarse y lo hace pareciéndose a un robot.

-¿Qué te cuentas, tío?-le digo. Atrás hay una brillante urbanización. Los buses esperan la luz verde, esperan cruzar esa extensión de asfalto negro que los llevará al norte.

Me comenta que está cerrando el ciclo universitario, estudia algo relacionado a las empresas, pero que ahora trabaja en un restaurante de comida rápida. “Full time”. Me quedo pensando en cuando dice “Full time”. No parece contento con su trabajo. Es natural. Le respondo. “Puuuta, socio. Yo también ando desempleado, pero también estoy terminando la carrera. No es nuestro tiempo por ahora, pero debemos perseguirlo”. Siento que está como yo, temporalmente en otras. Más todavía cuando me muestra un sencillo. Camina para no gastar para el pasaje. Duele ver su mano con esos poco céntimos. (Tranquilos, no está en la desgracia, por lo menos eso no me permite decirlo su vestuario). Así que los que estamos así por lo menos hay que darnos la mano… Tras seguir hablando un poco de las irrelevantes cosas del pasado me veo obligado a…

-Oye, un gusto, loquito. Te veo pronto.

-No, no. Te acompaño.

-¿Habla bien?

Tenía que irme volando, pensar en miles de cosas, avanzar mi tesis con las lecturas que había impreso, pero tenía que decirle “habla bien”. Aceptar de alguna manera su petición.

Caminamos. El sol está muy fuerte. Me pregunto en la serie de acusaciones que me haría mi padrastro: “¡Oye, huevón, por qué no lo mandaste a la mierda! Como siempre perdiendo tu tiempo”. Me remango una parte del polo para que la piel sienta un poco la molestia del sol. Lo oigo.

-¿Y cómo está la promo?

-¿Ya no se ven?

-Oye qué mal…

-¡Si somos promo!

-Estuve saliendo con una flaquita…

-Casi lo hicimos pero mejor no…

-Aunque lo mejor es tener una relación libre, freshhh…

-¿Sabías que mi hermano… sí, sí, el chibolo…

-…Ahora es papá?

Llegando a un cruce, decido soltarle: “Viejo, la verdad que he roto con mi enamorada… Por eso me ves así. Sin hacer chistes, ni hacer chongo. Así que de mujeres no me hables, socio, la verdad.” Seguimos avanzando. Estamos en una esquina, ya muy cerca a casa.

-Bueno, loquito, un gusto estar cont…

-No, no. Te hago la taba.

“Putamadre…”.

-Listo, vamos.

Seguimos hablando. Ya que estamos acá. Le cuento mi historia a este personaje salido de las filas de la carrera de administración. A ver si hablando de esto sale, si quiera, una idea de negocio.

-La verdad yo trabajaba en un call center, pero lo dejé porque un amigo me contó que sacaba buena plata vendiendo chocotejas. Así que le hice caso y un día, en media hora, sacamos nomás como S/.50 cada uno. Redondo.

Me responde:

-Oye, loco, ¿te enteraste de que atropellaron a una chica por tu casa? Oye qué palta, manito. ¿Te enteraste?

-No, no me había enterado…

-Sí, y como vive cerca de tu casa…

Me cuenta de una chica que atropellaron. Dicen que ella estaba jugando Pokemón Go.

La cuadra va a morir. Es hora de subirse a la “cleta”, perderse yendo a casa.

-Bueno, Isma. Ahora sí hermano…

-No, no. Te hago la taba por tu casa-me dice mirándome, muy seguro de sí.

Yo lo veo. No pienso en ningún segundo en ponerle reparos. Además, estoy inaceptablemente triste…

Seguimos la ruta y me habla de cuanta tontería le salga adelante. Inclusive, y esto pasó muchos metros atrás, me ofreció invitarme unas cervezas. Me excusé: “No, no, tío. Tengo que avanzar algunas cosas”. Es entonces que me pongo a pensar en lo cagada que está la sociedad. A la soledad que nos conduce este tipo de sociedad de mierda. Me habla constantemente de la promoción, de ese simple año en que a muchachos de la zona sus padres decidieron meterlos, al último año de la escuela secundaria, a un nuevo colegio del carajo. Me habla de eso. A mí, salvo algunos compañeros, no me importa mucho verlos. Pero lo escucho. Me digo, no sé si tontamente: “Estás escuchando… Para eso te formaron…”.

-¿Y qué es de Pepo? ¿Y qué es de Juanita? ¿Oye y qué de las chicas de segundo…? ¿Oye es verdad que la fulana de tal está embarazada…? Silvia me contó eso creo, oye.

Me acuerdo de un testimonio que publicaron en el periódico. De las llamadas de gente del extranjero a sus familias. De las locas ganas de hablar que tenían porque en donde estaban no los escuchaban. Para mí era una sola cosa: la hijaeputa soledad. Si tu perro se queda en casa y cuando sale se porta como un despavorido inquieto, lo mismo con los seres humanos a los que se les quitó la posibilidad del habla…

-Oye, Isma, un ratito-le digo con precaución-. Voy a preguntar si arreglan algo aquí.

Nos detenemos ante dos hombres con las ropas sucias y las manos llenas de aceite y manchas. Dos mecánicos.

-¿Arreglan frenos de bici?

-No, no-me dice el más joven de ellos.

-Pase caballero-me dice un parroquiano que mueve con sus dos manos una llanta de carro hacia su delante.

Ya estamos a punto de llegar a casa. En realidad mi casa se ve desde la esquina misma.

-Bueno, comparito, ya es hora entonces…

-No, no. Te hago la taba a tu casa, hermanito.

“Caaaaray”.

-Bueno, vamos-le digo intentando ver hasta dónde llega.

Cruzamos la calle, justo estamos en la recta del colegio. Me dice, con sabor a nostalgia: “Oye, cuánto tiempo. ¿Te acuerdas cuando éramos colegiales y caminábamos por aquí?”. Yo no tengo ganas de responderle, nunca fuimos amigos, me llegaba un poco al huevo, nunca me junté con él y, sin embargo, después de tantos años, ¿cómo podía yo cagarlo en su rato de emoción?

-Sí, sí. Qué tiempos-pasamos por una esquina. Ahí se quedaba la bronceada señora gitana de cabello corto que me vendía los jueves la revista El Gráfico a solo cinco soles.

Pasamos por nuestro colegio. Yo le doy una mirada despectiva. Estoy empezando a odiarlo todo. Lo odio, a él y a lo que representa, la puta escolaridad, porque, objetivamente hablando, hizo que perdiéramos 11 años de nuestras vidas calentando el asiento y sin que se nos brinde una real educación para la vida. ¿Cómo la física puede servirme para intentar calmar la decepción de un niño? Eso es lo que le digo, después de avanzar por el colegio, después de avanzar por la gran tienda de autos en donde una anfitriona avanza con un vestido pegadísimo y muy corto. Muestra unas papeadas piernas y sin duda un inmenso trasero delineado.

-Disculpa, viejo, por la grosería, pero esa mujer tiene un tremendo c*#lo. Qué buen c*lo, viejo -digo como si mi voz cumpliera el protocolo de los hombres.

Ismael sonríe y a la vez logra ver mi casa. Me pregunta con un atrevimiento más bien idiota: “¿Oye y no piensas mudarte ya?”. Preguntándome hasta dónde tiene que llegar mi tolerancia, respondo: “Claro que sí, viejo, pero te acabo de decir que estoy desempleado. Apenas tenga, me abro”.

Tras decirlo todo lo que pienso sobre lo que el colegio no hizo en nosotros, le digo: “Es hora”.

-No, no. Te acompaño hasta tu casa.

Ni vuelta que darle.

-No, hermanito. Eso ya es mucha confianza-me miento, le miento, hay que cuidar las formas a veces…

-Sí, tienes razón. Oye a ver si nos vamos a una discotequita con la gente, pues.

Sin ganas, sin intención, solo intentando separarme ya de él, le digo:

-Como gustes, hermano. Todo es cuestión de coordinar.

-Dale. Te agrego al Facebook pues.

-Sí, sí-le digo. Cruzo la pista.

Volteo. Va sacando su celular. Va regresarse todo el camino que hicimos. Lo veo, me digo, la puta soledad que nos ha tocado a los más jóvenes.

20-04-17