Hoy salí de mi casa alrededor de las tres de la tarde y contemplé, como siempre hago, el cielo limeño encima de todo el litoral: exacto, ventajas de vivir al costado de un malecón. El cielo estaba hecho una gran nube blanca que ocultaba, detrás de sí, pájaros que apenas se veían como manchas negras difuminadas y, además, aviones que ni se notaban. Esto me trajo a la mente, y con velocidad, el último caso de desaparición de un avión de la aerolínea EgyptAir cuando estaba yendo de París a El Cairo; el avión no se pudo ver más en el radar el miércoles por la noche y para el jueves en la tarde ya casi era confirmado lo que era más temido: una catástrofe aérea que, hoy en día, está tomando un camino hacia lo natural.

Apenas ha surgido la noticia, infinidades de medios también han comenzado a tratar de buscar soluciones para descubrir, sobre todo, en qué lugar se encuentra el avión. Al parecer, partes del avión ya fueron encontradas cerca de una isla griega y, cada vez más, hay un acercamiento a lo esperado: un posible atentado a los tripulantes y pasajeros del avión. Egipto, como bien sabemos, apenas se salva de no estar en conflicto con(tra) los países de su zona más cercana y, si lo del atentado en el avión es cierto, esto lleva consigo un problema enorme: cuando se vuelve inseguro uno de los inventos de transporte posiblemente más seguros del mundo, lo que en otras palabras significa que el terror puede convertir inseguro incluso todo refugio (como, metafóricamente, podría ser el avión en este caso).

66 personas son las que desaparecieron y, posiblemente (hasta lo ahora sabido), ya hayan muerto. Era gente que viajaba a Egipto, quizá de regreso o quizá por primera vez, que iba por nuevas experiencias y que, independientemente de cómo cada uno era, cayó en una desgracia aproximadamente eterna. Esto es claro fruto de que algo se está haciendo mal; no siempre es problema de a quién dejan entrar al avión o de si el piloto se encontraba en un buen estado para conducir: cuando, muchas veces, la única manera en que suceden las cosas (como suceden hoy en día, tan rápidas y cruentas) es de esta forma, no hay mayor oportunidad de escaparse de lo terrible y horrible.

Ojalá (y seré lo más esperanzado posible) se encuentren bien los 66 que se encontraban dentro del avión. En sentido figurado, de nuevo (y haciendo paráfrasis de una imagen que vi hace poco), estas personas, si es que han fallecido, lo han hecho para volar más alto donde estaban y ahora deben convertirse en su forma más abstracta posible: un recuerdo, un aviso, y una oportunidad de repensar el camino de la sociedad (en este caso, global). No lo convirtamos en un estadística más, pues eso ni a nosotros nos ayuda.