Un hombre se levanta como todos los días a las cinco y treinta de la mañana para cuidar de su madre antes de irse a trabajar. Ella está en el epígrafe de su vida y solo él la tiene a su cuidado. Tiene hermanos, claro, pero ellos se fueron de casa y se pelearon con él. Su nombre es Marcelo. Él es homosexual. Y lidia con la presión de serlo en una ciudad donde cada día te enseñan a ser más homofóbico. Nunca le gustó salir a la calle. Sus vecinos lo señalan con el dedo. Cuando lo ven pasar exclaman: “mira, ahí viene el mariconcito”. Ve la televisión, la apaga inmediatamente. Solo ve hombres vestidos de rosa tratando de ridiculizar a los que son como él y escucha a un ministro hablar que el problema de la delincuencia es solo “percepción”. Sentado en su sillón ojea el periódico. Una ligera sonrisa se le escapa. Al fin una noticia por la cual pueda obviar todo. “Proyecto de Ley busca aceptar Unión Civil homosexual”. Después de tanto tiempo puede sentirse seguro. Una diabetes lo aqueja constantemente y solo tiene alguien que lo quiera: Luis. Su pareja desde hace más de dos décadas y uno de los motivos por el cual su familia lo repudia. Consiguió durante sus cuarenta y ocho años de vida suficientes ahorros para poder tener una vejez tranquila, al lado del hombre que ama. Sabe que si muere sus hermanos se quedarán con todo lo que él tiene. Las leyes peruanas no lo favorecen. Esos mismos hermanos que lo niegan ante sus hijos y que rechazaron cualquier vinculación familiar con él. Pero las cosas pueden ser de otra manera. Puede que si se aprueba este proyecto, él disponga de su patrimonio para poder cederlo a la persona que más quiere. Puede que si lo consiguen, los canallas aprovechados se alejen de él. Puede que  ya no seamos el último país en Sudamérica en aceptarlo. Puede que al fin le permitan tener un hijo y no lo tachen de mentalmente perturbado. Él quiere estar legalmente unido con Luis. Él quiere amar sin que lo condenen por hacerlo. Él confía en que su país no lo volverá a defraudar.