Nocturnal Animals, segundo título de Tom Ford, es un film sobre las apariencias. Un film sobre las distintas versiones que tenemos sobre nosotros mismos. Es un film emocional, no racional. No está interesado en contar una historia clásica, lineal, directa. Le importa jugar con lo impulsivo: ir de frente a los sentimientos, generar una visión fiel y por tanto caótica de cómo son las personas en el devenir de sus emociones. Juega con los recuerdos: cuenta la historia a retazos, en pequeños detalles; dice poco, pero dice mucho. De alguna manera, crea un puzle que no confunde, sino que atrae y que, en ocasiones, hasta ilumina.

La película, a pesar de lo que parezca, es bastante precisa. Tres historias que, en verdad, son la misma historia. En cada una, un hombre y una mujer. En el mundo “real”, Susan, una galerista deprimida y frustrada tratando de sacar a flote su carrera y su matrimonio, junto a su esposo, Hutton, hombre definido por su trabajo, anodino y sin inspiración. Ese mundo da pie al mundo “ficticio”: al recibir la novela inédita de su ex marido, Edward, Susan conoce la historia de Tony y su mujer, una pareja que sufrirá la desgracia. Tony, entonces, se verá obligado a enfrentarse a sus demonios y cobrar venganza de la manera que considere necesaria. De alguna manera, Susan cree que la novela habla sobre ella. Eso, a su vez, fuerza al recuerdo. El recuerdo es el de Susan y Edward, antes un amor juvenil, ahora, un matrimonio en ruinas.

Tom Ford elabora muchas películas en una sola: un melodrama de la vieja escuela -con colores brillantes y música de orquesta- sobre los sentimientos arraigados que quisiéramos olvidar; un misterio entramado sobre venganza y, a su modo, “justicia”; una historia sobre una mujer y su dejadez, su necesidad por regresar a un pasado que ya no existe. Y, para que todo quede entrelazado, Ford hila fino. Elabora un film elegante y cuidadoso, uno que plantea preguntas, demasiado difíciles, pero necesarias.

La escena inicial lo muestra: mujeres desnudas, siendo exhibidas como parte de una muestra de arte. Mujeres ancianas, desnudas, obesas: la carne remilgadas y excesiva se balancea. Ford sabe lo que hace. Él, desde el mundo de la moda, sabe lo que la gente quiere y lo que no. Sabe que se escandalizarán con ese intro. Y sabe que se sentirán mal al hacerlo. Es el problema, entonces, con la banalidad, la “falsa comodidad” que asumen las personas. Es de esa forma, cuando forzados por el miedo, la comodidad, que se dan las malas decisiones, aquellas irreversibles.

Y eso deviene en el arrepentimiento. Tener que, en retrospectiva, regresar atrás y darse cuenta de que aquello que uno quería no servía para nada. El arrepentimiento, entonces, implica la soledad. No poder compartir tus angustias con nadie. Tener que fingir como Susan: sonreír en las fiestas, saludar a la gente, besar al marido. Vivir la vida que debería vivir, más no la que uno quiere.

Todo esto se narra desde la dualidad. Tony y Susan. Isla Fisher y Amy Adams. La cruz en ambos personajes. Al final, en ficción y realidad, ambos personajes sugieren lo mismo: personas que, a su manera, parecen débiles y, en su debilidad, toman malas decisiones. De a pocos, la relación entre uno y otro se estrecha. El montaje y el guion así lo permiten: el sufrimiento de Tony -y su búsqueda de venganza-, se yuxtapone con la pasividad de Susan, un sufrimiento más sutil, muy propio.

Capas y capas de ficción. A fin de cuentas, todo sucede desde lo irreal. Susan sigue en la seguridad de su mansión, con la protección, el marido de película y el dinero que necesite. No sucede nada. Sin embargo, la sensación de inquietud se hace permanente. Quizás Susan quiera creerlo. Ponerse en peligro, a fin de cuentas, implica atreverse, y atreverse es algo que alguien como ella no hace. Quizás se trata de ponerse en nivel con Edward: sufrir por lo que él sufrió, expiarse, poder redimirse. Claro que, para ella, tal acto es sencillo. Puede cerrar el libro cuando le plazca.

Arte y morbo. De alguna manera, es cosa de la gente privilegiada: personas que se crean problemas -o se interesan por los problemas de otros- para hacer su vida más interesante.

Arte y violencia. Un diálogo incómodo, pero necesario. Como las piezas que rodean la galería de Susan: una violencia plástica, forzada, lo suficientemente superficial para que no nos afecte. Duele.

Por eso el libro cobra fuerza. Susan así lo siente. Lee sobre una hija en peligro y llama a la suya. Así entendemos qué implica una ficción: cómo es de universal, qué tanto se acerca al otro.

La clave está, por supuesto, en hacer que los distintos elementos se conjuguen de forma adecuada. Pensemos en el texto: diálogos sencillos, nunca estrafalarios; escenas que saltan de un tiempo al otro, aumentando el misterio y la expectativa en los espectadores. Pensemos, además, en el cast: en la forma en la que Ford filma el rostro contrariado de Amy Adams, la mirada de vergüenza en Jake Gylleenhaal, y básicamente cada actitud contenida y lastimera -cual cowboy en tiempos sin western- que tiene Michael Shannon como Bobby Andes, el controversial oficial que decide apoyar a Tony en su búsqueda de justifica.

Así, el resto. Colores saturados, directos, precisos. Locaciones suntuosas, exageradas, que refuerzan la soledad de sus protagonistas. La música a lo Bernard Hermann, ahora retratada desde las partituras descorazonadas de Abel Korzeniowski. El homenaje latente a al cine de los 50, a Hitchcock. Adams como el arquetipo de mujer de sociedad, de mujer herida. Cada detalle resulta igual de valioso.

El espectador los recoge y trata de entender las alegorías, la representación.

El final, por supuesto, te rompe el corazón. Con sutileza, vemos a Susan enfrentarse a su pasado. Suena la música, su rostro invade toda la pantalla. Para Ford, sin embargo, ya es tarde. Las oportunidades se desperdician. Las personas se alejan. Las historias se cierran. Para alguien que, luego de tanto tiempo sigue buscando, la realidad aliena. Pero no hay otra.

Edward no perdona. El libro, lejos de ser forma de acercarse, es una forma de cerrar con el pasado. Dejar a Susan abandonada.

Vivir sin ella.