“Cada vez que él me rozaba con sus partes íntimas, yo volteaba a mirarlo y él con la mochila quería hacerme creer que era esta la que me chocaba”, declaró una pasajera -según imágenes del canal de televisión Latina- quien fue víctima de acoso sexual callejero cuando viajaba en el Metropolitano. Por otra parte, el agresor manifestó a la Policía que si se masturbó sobre la pasajera fue debido a un “impulso”. Como han oído: ¡un impulso!

Así como esta joven, cientos de mujeres al viajar en hora punta en medios de transporte público, son presas de degenerados que aprovechan el tumulto de gente para hacer de las suyas. Es allí cuando se manifiesta, claramente, el acoso sexual por el que atraviesan miles y miles de mujeres en el Perú.

Se denomina prácticas de acoso callejero a los silbidos, besos volados, “piropos”, miradas lascivas, comentarios sexuales, directos o indirectos, aludidos al cuerpo, tocamientos (roces, manoseos), masturbación pública sin o con eyaculación, entre otros, los cuales generan un notable malestar en las víctimas.

El acoso callejero es violencia sexual y, por ende, es sancionable -en nuestro país puede ser castigado hasta con 12 años de prisión-, pese a que solo algunos gobiernos provinciales, regionales y locales hayan aprobado estas ordenanzas. Este tipo de violencia puede ser tanto física como verbal, debido a que las agresiones verbales, ya mencionadas, no son deseadas por la víctima.

Esto, en consecuencia, genera que las mujeres teman caminar solas por las calles, se limiten a vestir “recatadamente”, cambien sus rutas de tránsito y,  lamentablemente, tengan que depender de la compañía de hombres si desean salir a algún lugar -porque si estás en compañía de un hombre, no estas “sola”.

Pero ¿qué sucede con aquellas mujeres que, sin importar la edad, por temor prefieren callarse y solo escapar de un momento como este? Los espacios públicos se han convertido hoy en ajenos a las mujeres porque viven con el temor o la angustia de que algo les pueda suceder mientras recorren las calles, sin importar la hora y el lugar. Es así que, según el documentado presentado en el Plan Regional del Desarrollo Concertado en Lima de 2012-2015, se registró que el 63% de mujeres le teme más a la violencia sexual que se pueda acometer contra ellas.

Retomando lo mencionado por el agresor de la pasajera que sufrió acoso sexual callejero, Gabriel Alexis Grimaldo, el hecho de alegar que su acto de violencia sexual fue nada más que un impulso, demuestra la normalización de este tipo de actos. A partir de ciertas investigaciones se ha comprobado, pues, que muchos hombres -lamentablemente- opinan que son ellas quienes se buscan el acoso por provocarlos a través de la ropa que llevan puesta, o que solo se trata de un “inocente piropo”, puesto que esta es una manera especial de dirigirse a una mujer.

Claro, un “piropo”… NO, rotundamente, esto es violencia y no hay porqué callar, ni sentir culpa, ya que los únicos responsables de estas agresiones son los acosadores callejeros.

Es momento de manifestar nuestro sentir, ¿por qué quedarnos calladas cuando ellos rozan sus miembros íntimos hacia nosotras, o a otra persona, o cuando lanzan improperios hacia nosotras, diciéndonos: “mamita rica”, “peladita”, y tantas otras sandeces más que recuerdo haber escuchado en mi vida.

No callemos, enfrentemos y denunciemos, pues el acoso callejero, cómo bien expresamos, es penado. Y, a pesar de que las autoridades sigan sin hacer justicia ni escucharnos, no paremos de luchar para hacer valer nuestros derechos.