Las películas de Milos Forman, por lo general, son historias de un hombre y su memoria o, más que memoria, trascendencia. Si Larry Flint quería consagrarse como magnate de la industria pornográfica y Antonio Salieri quería que su música sobrepasase su época como la de su rival, Mozart, así los pacientes confinados en un psiquiátrico -sometidos a un encierro material e inmaterial- buscan liberarse y ser alguien, consagrarse, si tal cosa es posible. Quizás sea eso lo que motiva a R.P. McMurphy -un rebelde por naturaleza- a confrontar la férrea autoridad impuesta en el pabellón, decidiendo que, por una vez, las rejas no son excusa para vivir encerrado. Esa búsqueda por “ser alguien”, de hacer la diferencia, parece imponerse está impregnada en este consagrado -y atrevido- film.

Milos Forman adapta la injustamente olvidada novela de Rex Reed y la convierte en un clásico. Las razones, claro está, emocionan. Es un clásico porque, para la década de los 70, un film tan disruptivo como este -involucrando enfermedades mentales, prostitución, drogas, lobotomía y sadismo- no podía volverse tan exitoso. Es un clásico, por supuesto, porque presentó dos de los arquetipos mejor explicados en el cine: la represión y rectitud moral en la Enfermera Ratched versus la rudeza y el frenesí de McMurphy. Y sí, parece ser un clásico porque, luego de casi medio siglo de estreno, su mensaje de disrupción y choque social sigue estando vigente: la gente sigue hablando del film, las nuevas generaciones lo recuerdan y, con cada década, alguien sigue mencionándole al momento de seleccionar “lo mejor”, si tal cosa existe.

Lo que sorprende es que, si tomamos en cuenta cómo se ha hecho One Flew Over…, no vemos, a priori, razones para augurarle el éxito, menos en su estreno. Las causas para ello -bastante previsibles- parecen, irónicamente, la razón de su valor.

Tenemos, de arranque, las formas. El estilo de Forman es un estilo contemplativo, parco, en el que no hay prisas y, por tanto, tampoco omisiones. Las escenas en el psiquiátrico son extendidas -a veces, demasiado extendidas- y la parsimonia del lugar -la rutina de la prisión- se mantiene intacta en la pantalla. La contemplación, desde una cámara fija, la ausencia de música o por diálogos extensos, hacen que, de a pocos, nos veamos inmersos en el día a día de McMurphy y su pandilla, que veamos cómo se enfrentan a los prejuicios de su época, a su falta de aceptación y, ante todo, a las restricciones sociales. Aquí importa que estemos ante una visión reflexiva: Forman no quiere que nos pasemos el film distraídos por una secuencia rápida de escenas y confrontaciones; más bien, quiere que nos demos el tiempo para entender lo que sucede, procesarlo, y reflexionar sobre su significado. Vaya. Es sencillo pensar que el público, acostumbrando a la agilidad de Hollywood, no se acostumbrase a esta lentitud. Esto no sucede. Al parecer, por veces la sencillez puede resultar interesante.

En ocasiones, las escenas, para nuestra buena suerte, alcanzan cierto grado de imprevista brillantez. La clave está en tocar momentos cotidianos y darles algo de extraordinarios, de la misma forma en la que estos pacientes parecen ver el mundo. Una recreación del partido de béisbol se convierte en testimonio de pasión y creatividad; un paseo en bote sugiere la libertad que a ellos se les es denegada; un grito infantil y un lloriqueo son, vistos atentamente, símbolos de protesta.

El estilo, por otro lado, no es lo único que aliena. Los personajes en este film nos ponen en situaciones incómodas, sobre todo, a la hora de tomar posiciones. No es sencillo querer a R.P. McMurphy. Está acusado de meterse con una menor de edad, tiene inclinaciones racistas, homófobas y de estafa; es misógino, burlón e irracional. ¿Es ese nuestro héroe? ¿Cómo es que puede estar en el “lado correcto”? McMurphy, brillantemente interpretado por Jack Nicholson (que parece saber cómo hacer el mismo rol de formas distintas), no arranca gustándole a la audiencia. No nos sugestionan su “inocencia” o intenciones. Además, en una primera mirada, cuesta no empatizar con la enfermera Ratched. Vemos a alguien que sencillamente hace su trabajo. Alguien de orden. Ojo que, poco a poco, le atribuimos un poder indisputado: ella es autoridad, ella es la “sana”. Parece que así impone: asume un rol paternalista y restrictivo; atemoriza. ¿A quién apoyar, entonces? Tal contradicción la vemos reflejada en Billy: paciente joven e infantil que se debate entre hacer lo “correcto”, obedecer a Ratched, o seguir su instinto.

Podríamos ver a One Flew Over… de dos maneras. En primer lugar, como una ruptura de la clásica idea “bien versus mal”. Vemos como el cine estadounidense de los 70s (con filmes de Woody Allen, Martin Scorsese o Sidney Lumet) enfatiza que los personajes son todos conflictivos, todos manchados y ninguno “moralmente deseable”. Quizás eso quiere el film: que no tomemos posiciones. Claro que, para una audiencia atomizada de historias de Hollywood, ello no alcanza.

Entonces, incluso si todavía se mantiene la idea de “bien versus mal”, el “bien” ya no es ese concepto de pulcritud y sensatez que acostumbrábamos a ver en las películas de antes. El “mal”, por otra parte, ya no es esa fuerza amenazante, o ese “otro” que cuestiona los hábitos de las buenas personas. Parece, entonces, como si se hubieran intercambiado los roles: ahora el “bien” (en McMurphy) implica cuestionar y desobedecer; el mal, por su parte, implica ser parte del sistema, implica rectitud y “moralismos”, como lo hace contantemente la enfermera. Parece, quizás, que One Flew Over… es lo que es por servir de testimonio de cómo cambian los tiempos. Los roles ya no son tan impuestos; parecía que hacía falta locura para notarlo.

Todo esto, pues, se resume en la idea de libertad. “Estar loco” te permite, con sus limitaciones, cuestionar los estrictos fundamentos sociales y generar unos propios. “Estar loco” te da la excusa, la carta pase para no apegarte a reglas sin sentido y poder ser tú mismo. Enfrentarte. La rebeldía, en casos así, está justificada. O nos hacen creer eso. Eso suena mejor: el cine -como herramienta de manipulación- nos entromete en las travesuras de McMurphy y nos hace estar de su lado, nos hace abrazar la excentricidad, la expresión y la espontaneidad. Enloquecer libera.