Un joven chileno recuerda al cantautor asesinado durante la dictadura de Pinochet en un evento organizado por el círculo Javier Heraud. Con gran parecido -musicalmente hablando- al artista comunista y excelente voz, el joven del país vecino cautivó a la respetable concurrencia que se acercó a escucharlo a unos metros del Tinkuy.

Ese día había salido el sol. Se despedía el invierno. Unas luces tenues, demasiado tímidas, iban llenando el lugar. Algunos apretaban sus cuerpos, tiritando, pues el frío viento aún se hacía sentir. Sin embargo, pasadas las doce, se fueron viendo estudiantes menos enfundados. Y se empezó a oír una guitarra.

En un pastito, rodeado de una veintena de estudiantes que dejaban sus modernos celulares, que se juntaban a ver qué de bueno había, que se cuchicheaban cosas a los oídos, algunos miraban desafiantes, intentando decirse: “Este no la hace”. Camilo, un joven chileno con pelitos en la cara, nariz de loro y cejas alicaídas, con sweater azul marino, estaba sentado a la manera de un dandy en el pasto. Él, que llevaba la guitarra y cerraba el número de arte del evento que organizaba el Círculo Javier Heraud, decía unas palabras:

-Y gente, recordamos aquella tragedia del 11 en que nuestra democracia fue golpeada por la bota militar, fecha conmemorada en la que el presidente Allende fue asesinado y la sociedad chilena vivió una de sus peores épocas. Allende no solo fue muerto ese día. En aquel 11, un músico, un artista, de nombre Víctor Jara, también fue desaparecido…

Otro chileno, de polo negro y pelo parao’, asentía con la cabeza al escuchar a su compatriota. Cuando este hablo de Jara y hablaba sobre su asesinato, el chileno de cejas de color negro fuerte detallaba a un estudiante peruano del Círculo sobre cómo habían matado a Víctor Jara.

-Sí, loco, lo enmarrocaron, lo llevaron al Estadio de Santiago, le cortaron los dedos, loco, y le tiraron una guitarra los militares. “Toca” le dijeron. Unos conchasumare.

Yo había oído lo mismo, de boca de mi padre, cerca de diez años atrás.

Camilo, sentado con las piernas cruzadas, dirigía un micrófono al hoyo de la guitarra. Yo le ponía el micro en a la altura del rostro. Atrás, como agazapado, quien dirigía el equipo de sonido, observaba lo que sucedía en torno suyo, intentado que los cables y los audios suenen con suma precisión. Mirando serenamente al público, el guitarrista dijo: “Entonces… les toco una música de este cantor. A ver si les gusta…”.

Las cuerdas, con sutileza, empezaron a sonar.

En tu cuerpo flor de fuego tiene, paloma

Un temblor de primaveras, palomitay

Un volcán corre en tus venas

Y mi sangre como brasa tiene, paloma

En tu cuerpo quiero hundirme, palomitay

Hasta el fondo de tu sangre…

El chileno tocaba con sentimiento, como artista que vive su música. El sonido agradaba, movía, era pura vida. El público lo escuchaba encantado y varias sonrisas fueron mostradas. Que este haya aplaudido, al sentir que Palomitay finalizaba, no impidió que el guitarrista continúe y diera los últimos acordes que eran de difícil  percepción; era el sonido de la delicadeza.

Tras las palmas vino la memorable “Te recuerdo Amanda” que entre gritos de los oyentes, entre “Manifiestos”, “Cigarritos” y “Zambas del Che”, fue rescatada por el trovador. Una breve presentación de la canción que narra la historia de amor de los obreros y -nuevamente- la atmósfera íntima se apoderó del lugar.

El chileno tocaba, cerraba los ojos, dulcificaba su voz. Transmitía.

Un muchacho que había leído un poema frente a todos ese día y atendía al músico sentado en el cemento a una delgada distancia sostenía la hoja de una lectura que posiblemente sería tomada como examen en una clase subsiguiente. La llevaba en la mano y miraba el pasto, la nada, pero oía al cantor.

Te recuerdo Amanda

La calle mojada

Corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel

La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo

No importaba nada

Ibas a encontrarte con él

Con él, con él, con él

Que partió a la sierra

Que nunca hizo daño, que partió a la sierra

Y en cinco minutos quedó destrozado

Suenan las sirenas

De vuelta al trabajo

Muchos no volvieron

Tampoco Manuel…

La hoja blanca cayó. Los dedos de la mano iban juntándose. Los ojos, mucho más serios, iban descendiendo con pesar. Se recordaba, gracias al arte, el martirio del obrero Manuel.

13-08-14