Así como Dante iba por los distintos niveles del infierno mientras descubría seres impresionantes, al entrar a Galerías Brasil, se debe pasar por un proceso similar. En la puerta de las galerías, que tiene grabada el número 1275, generalmente se puede ver entrar y salir a personas con portafolios llenos de papeles y documentos –y de vez en cuando, a alguien vestido de negro–. Conforme uno va avanzando (descendiendo), encuentra puestos de escaneo, fotocopias, “impresiones a color” y venta de materiales de escritorio, sobre todo electrónicos. De pronto, mientras uno camina por uno de los dos pasadizos, se llega a una parte en la que se siente un vacío. A partir de este limbo, uno empieza verdaderamente a descender hacia el corazón de Galerías Brasil, aquel que, desde ya hace unas décadas, pasó a la inmortalidad.

Es una construcción de finales de los años ochenta que se encuentra ubicada en la cuadra doce de la avenida Brasil. Inicialmente, pero al igual que hoy en día, era un lugar ambiguo: contaba con tiendas de ropa, peluquerías y hasta un instituto de inglés. Actualmente, representa uno de los pocos lugares limeños que pertenecen a la cultura underground, de esos lugares que solo pocas personas (afortunadas) saben de su existencia. Me refiero a uno de los últimos reductos del rock y del metal, ya sea nacional e internacional. Al caminar por los dos primeros pisos de la galería, uno puede sentirse dentro de un universo que abarca tiendas de ropa, de discos o de vinilos. Asimismo, se puede encontrar puestos de tatuajes, videojuegos y accesorios diversos. Todo esto relacionado, como ya dije, a la cultura underground que a pesar de los embates del tiempo, sigue sobreviviendo.

Uno de los primeros puestos que abren nuestro pequeño viaje hacia el inframundo se llama Buho rock shop, cuyo dueño es René Díaz, quien dentro de poco tiempo, cumplirá diez años en las galerías. “La evolución de Galerías Brasil ha sido cíclica. No siempre hemos vivido buenos momentos”, me comenta. Luego agrega: “Nosotros vivimos del invierno. Es nuestra temporada favorita porque recibimos la mayor cantidad de clientes. En mi caso, mayores de treinta años”. Cuando René era más joven, recuerda que este era un lugar en el cual el centro de atención era el género metal. Ahora, en cambio, la propuesta de las galerías es mucho más variada. La cuota metalera, sin embargo, sigue vigente. En la tarjeta del puesto de ventas se puede leer: “Cuatro ruedas mueven el cuerpo. Dos ruedas mueven el alma”. La especialidad de su tienda es la venta de accesorios para motociclistas (junto a una gran selección de casacas de cuero), polos importados y figuras coleccionables de La Guerra de las Galaxias. R2D2 me estuvo observando durante todo el tiempo que hablé con René Díaz. Quizás lo considera un amuleto de la suerte, pero tarde o temprano se lo llevará un comprador.

Subo las escaleras al segundo piso y me encuentro con Alan Corpse.

—Qué paja tu apellido –le digo–. Como la banda, ¿verdad?

Se ríe.

—En realidad no es mi apellido. Todos aquí me llaman así, pues Cannibal Corpse es mi banda favorita desde que empecé a dibujar. Desde que conocí esa banda en el año 1995, me inspiró para mejorar mi arte. Cadáveres, muertos, suicidios, gore…Tú me entiendes, hermano.

Alan Corpse llegó a las Galerías Brasil en 1994 gracias a la influencia de sus familiares, quienes le comentaron sobre la existencia de dos lugares en los que la cultura rock era el pan de cada día. Uno de estos era La Colmena, en donde los vendedores de vinilo invadían las calles; el otro lugar era Galerías Brasil. “Mi curiosidad por la cultura del metal hizo que, poco a poco, mi contacto con este lugar vaya aumentando. Una vez que tuve el dinero suficiente, venía más seguido, hacía amigos, y nada. Pasaron los años y tengo mi tienda. Vinilos, polos, CD´s, tapes, por no hablar de los tatuajes. Solo metal”, me comenta.

La tienda, al igual que el seudónimo del artista, tiene un nombre extraño: “Necroplasma Tattoos”. Pero hay otros vendedores que también tienen sobrenombres, como el caso de Mortis, un vendedor que también pertenece a Galerías Brasil y que es amigo de Corpse.

— ¿Por qué Mortis? –le pregunto–.

—Seguro lo vas a ver por ahí. Es un pata que tiene cara de muerto. Y encima es demasiado flaco. Bueno, yo creo que es por eso que le dicen así; nunca le he preguntado. Es más, creo que olvidé su nombre real. Cuando lo veas, sacarás tu propia conclusión: Mortis.

Con respecto a su vida como artista, es uno de los dibujantes más influyentes en su campo, gore. Asimismo, realiza trabajos para bandas de otros países, como el diseño de portadas de discos, los cuales han sido difundidos en países como Tailandia, Singapur, China y Estados Unidos. También crea logotipos para las bandas nuevas que recién salen al mercado o que desean remodelar su imagen. “No les vas a dejar en manos de inexpertos”, concluye Corpse..

La última parada –o círculo del infierno de Dante– se llama AGH.

Antonio Gálvez (su nombre no tiene nada que ver con el nombre de la tienda), de 33 años, es uno de los vendedores más recientes, quien se asoció con otro que estuvo desde la inauguración de Galerías Brasil. Está a cargo de una tienda de vinilos y equipos de sonido.

—Salomón, mi socio, fue el que le puso el nombre a la tienda. Él me comentaba que un día, un cliente le preguntó: Maestro, ¿por qué pone usted A.G.H? Le respondió que no, sino que hay personas que pasan por acá, por la tienda y dicen “agg, ese tipo de música, de metaleros”. A nadie le gustaba la música que Salomón vendía

Antonio Galvez todavía no tiene un sobrenombre, pero es cuestión de tiempo para que le pongan uno. “Quizás ya tengo uno y aún no me doy cuenta”, me dice riéndose. Luego me cuenta la historia de un amigo suyo que lo visita seguido. Tiene tan solo 12 años, pero  tiene un conocimiento vasto con respecto a los discos y la historia de muchas bandas de rock. “Este caso, que hoy es considerado raro, era normal en la época de los noventa”, agrega. Lo que ha cambiado en esos veinte años ha sido, por un lado, el tipo de compradores. Hoy en día se venden productos variados y no solo ligados al metal. Se observan tiendas de skateboarding y reggae, por ejemplo. Por otro lado, está la tecnología, aquella que fue relegando el papel de los vinilos y los discos a un segundo plano. Pero aquello que no cambió, y todos los vendedores están de acuerdo en ello, es el carácter selecto de Galerías Brasil. Desconocido por la mayoría. Hogar de pocos privilegiados.

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El primer contacto que tuve con las Galerías Brasil fue en el año 2013, año en que asistí a mi primer festival de rock. Al salir del concierto, cerca de la una de la madrugada, observé, a lo largo de toda la salida del estadio San Marcos, a vendedores de polos de grupos musicales, discos y púas de guitarra; la idea de tener un polo del evento, aun después del festival, recorría mi mente. No se necesita ser un amante del rock para querer tener el polo de un festival de rock. En ese momento, escuché que los vendedores decían: “Pero si no puedes comprar ahora, encuéntranos en las Galerías Brasil”.

El lunes siguiente me encontraba parado en la entrada de Galerías Brasil. “Es una construcción bastante extraña”, pensé en aquel entonces. Con el paso de los años, fui descubriendo que detrás de la leyenda pintada de negro, había miles de historias que contar.