Recostado bajo las opimas poncianas,

entendí que sería esta, ante la frialdad del invierno,

la última vez que mi pluma erija en voz la risa en tu verbo.

Mis esfuerzos, todos, nacieron muertos. ¡Vaya!

nadó desde el vientre el cadáver frío.

 

 

Dos perros malditos me rodearon, meáronme cerca

en ese charco apacible de mi reflejo, la pena en mi rostro volvió.

El final esperando estuve

sacramentado y meado dos veces.

Las poncianas con sus dedos derramados

como lluvia estival cayeron:

juré que esta sería la última vez que te busco,

la última vez que por tu verbo escribo.

 

 

Panza de la Tierra, adentro caemos y buscamos

raíces endiabladas, hondonadas profundas: portaba la razón el viento.

Esparció la luz ceniza de esta ciudad incendiada

del humo infinito se abrió el perfil de una sombra, ¡era mi sombra!

llegó corriendo y mordió la cara, ¡mi cara!

Perros malditos, cansada memoria: dos, fueron dos.

 

 

Lloré al despertarme

lloré sabiendo que sería esta la última vez que tocaba tu nombre.

Vez última y el café liviano para dejar el vacío instalarse.

Esa vez, el momento, la mirada callada cercada por nuestros rostros cadáveres.

Ese instante colgado de tu pecho salpicado,

mucho he prometido con la sangre a punto fuego. ¡Vaya!

 

Pensé huir, negarte abrigo.

Caí profundo, he perdido.

De mis dedos sofocados, procuro la voz y digo:

Será esta la última vez, la última vez que yo te escribo.