I

Hay algo que se llama el “mal de ojo”. Se cree que sostener la vista por mucho tiempo y con innobles intenciones puede desencadenar un mal interno. Todo ello por mantener la vista hacia terceros. Es un maleficio producido en relación. Ello guiado por los ojos.

En la experiencia diaria, es común que no nos veamos a los ojos. Indiferencia cortés se llama a ese “hacerse el loco” para no conllevar una conversación o siquiera para identificar al otro. Si la modernidad es líquida, las relaciones, que a ella pertenecen, todavía más. Entonces, pienso cuando camino por la calle –pero sobre todo por esta universidad–, es normal que la gente rehúya a las miradas. No es seguro que sepan de qué trata la modernidad –pueden preguntármelo a mí–, pero sí que les fastidia mirar a alguien.

¿Qué diría de todo esto el filósofo lituano Emmanuel Lévinas? Para empezar, es menester decir que uno de los acercamientos filosóficos de este pensador europeo de la posguerra trata acerca del rostro. En escasas palabras, el rostro es como un poema. Insinúa toda la subjetividad de una persona. Es por medio de la visión por la que se capta todo el ser de la persona, toda su historia; todo lo que es, fue y será. Una vida entera puede verse, percibirse de alguna manera en el rostro. En sus labios, gestos, nariz, ojos; por sobre todo, los ojos. Una muestra fotográfica exponía los rostros de las mismas personas antes y durante una guerra. Antes eran más joviales, quizá inocentes; después, sus rostros patentaban, en diversos grados, el horror.

De alguna manera, voy adelantando el componente trascendental en la obra de Lévinas: la ética. La ética como encuentro con el Otro. Y hablamos de encuentro en el sentido de sorpresa. Y es que la vista intenta captar, hacer cognoscible algo, pero en tanto somos hechos del mismo barro –y de los mismos defectos– entenderemos que tenemos frente a nosotros a alguien con la misma condición volitiva que el Mismo –o sea, el Yo-, y eso nos sorprende. No podríamos concebirlo, por ende, en su totalidad. Es imposible. Claro que podemos, de otro lado, someter al Otro como se ha venido haciendo desde hace milenios, pero es esa capacidad de existir, esa gota luminosa que es nuestra alma –esa dignidad–, por la que encontramos esa extraña esperanza de no vernos sometidos del todo. Esa es la salvación de algunos, aunque pueda considerarse poca cosa.

De ahí que Lévinas hable de una ética de la responsabilidad. Podríamos concebir mejor su pensamiento si entendemos que él tuvo un esfuerzo muy demandante para rastrear los orígenes de tanta maldad hecha realidad en la Segunda Guerra Mundial. Por ello, sitúa su obra en la relación salvífica con el otro. Es así que al mirar el rostro, Lévinas propone una responsabilidad hacia él. Inclusive habla de una ética asimétrica. Hacer más. No esperar nada a cambio. La respuesta le compete al receptor. Diríase que hay que mirar así. Sin embargo, eso me suena a deber. Esto, claramente, nos lleva a otras discusiones en las que los sentimientos se involucran. En lo que me respecta, siento a esto muy paternalista. ¿Por qué en todo momento debería yo sentir responsabilidad hacia el otro? ¿Peco al cansarme? Una vez pensé, al leerlo, ¿cómo se habrá sentido Lévinas al disfrutar algo luego de proponer la “ética asimétrica”?

Puede que sus reflexiones se entiendan mejor en un contexto límite. Pero en el actual, en el que es un acto impracticable, a veces inútil, fijarse por el prójimo, tener una capacidad solidaria y responsable puede sonar trillado. En una entrevista que mantuve con el Padre Gastón Garatea, ese sacerdote de voz tranquila que fue convocado como mediador entre “antimineros” y el Gobierno durante el conflicto Conga, me decía respecto a su quehacer como padre que trabaja con los más pobres: “Somos raros. Lo más humano que puedes hacer es trabajar por el otro”. Pienso en la concepción del político de Max Weber, un tipo de dinero que al tener satisfechas sus necesidades materiales, puede dedicarse al ruedo de la polis. Sé que no es así; pero no puedo evitar pensar en eso y en la labor por los más necesitados. Será, en todo caso, que se trata de gente rara.

II

Estoy junto a unos compañeros antropólogos en una chifa de Huamanga. La comida está cara. Es la inflación impulsada por la economía del narcotráfico, a decir de algunos investigadores del lugar. En Huamanga conviven las sombras de la “violencia” y las celebraciones de sus muchas iglesias citadinas. Es una ciudad de muchos desplazados y con muchos traumas. Tiene, también, una economía bullente producto de la droga que se aprecia en los modernos carros que pasean por las estrechas calles haciendo de taxis. Hay, como en tiempos anteriores, pobreza. Al restaurante entra un niño a vender golosinas; noto que mis compañeros no lo miran (o quizá sí, sin que yo lo vea). No le compramos nada. Al rato entra otro; prefiero, en desesperado arrebato, pensar en que está bien en no comprarle nada pues debe pertenecer a una mafia que lanza niños a las calles. Se va sin compras. Luego de un momento ingresa una mujer mayor a este centro de comida. Ella habla en quechua. Luce muy pobre y con las ropas gastadas. Se queda parada a nuestro costado. Sigue hablando. No hace falta que sepa de quechua. La miro, y miro sus pupilas muy negras y profundas, sus cejas de petición, su boca de ayuda. Sus manos se vuelven hacia mí pidiendo algo.

Sus ojos negros, grises, me siguen; se me presentan como una lastimera pero agudísima presencia. La pena que siento es la necesidad de la señora.

De mi bolsillo saco una moneda. La pongo en su mano. Le agradece al universitario. La mujer se va… a otra mesa.

22-10-15