Colaboración de Adrián Risco Chang


El pasado 30 de abril amaneció con un suceso que a todos tomó por sorpresa, ya sea de manera esperanzadora o temerosa. Leopoldo López fue liberado y junto a Juan Guaidó, desde la Base La Carlota, anunciaban contar con el respaldo de un sector de las fuerzas armadas y llamaban al pueblo venezolano a sumarse para acabar con el gobierno usurpador. Sin embargo, y con la violenta respuesta por parte de Miraflores, el llamado intento de golpe no prosperó. El chavismo sigue aún en el poder.

Rusia es uno de los aliados y defensores más fuertes del régimen de Maduro. Esta alianza empezó a reforzarse hace más de diez años y abarca, sobre todo, dos sectores clave que van más allá de afinidades ideológicas. Por un lado, el interés ruso en las actividades extractivas en territorio llanero se evidencia a partir de los grandes préstamos que se le concedieron al gobierno chavista, la influencia cada vez mayor de Rosneft —empresa petrolera controlada por el Kremlin— en la producción y exportación de crudo venezolano, el posible control ruso sobre Citgo —la empresa petrolera venezolana radicada en Estados Unidos—, y el interés por la explotación del Arco Minero del Orinoco, que contiene minerales como oro, diamantes y coltán.

Por otro lado, Rusia y Venezuela han logrado un gran acercamiento en temas militares: muestra de ello es la provisión de armas ligeras, sistemas de defensa antiaéreos, artillería, avanzados aviones de combate y el envío de efectivos militares con la finalidad de asesorar al régimen. El grado de acercamiento es tal, que incluso se tienen avanzadas negociaciones para inaugurar la segunda fábrica de rifles Kalashnikov fuera de territorio ruso. Es así que las alianzas entre estos dos gobiernos se han ido forjando durante años; pero, sobre todo, resulta importante tener en cuenta que Rusia está defendiendo sus intereses, tanto económicos como políticos. Los préstamos ascienden a aproximadamente 100 millones de dólares y el país representa una excelente punta de lanza para demostrar el poderío ruso en una región tan lejana, sobre todo si se sigue la premisa de aquel patio trasero.

China es otro de los aliados clave con el que cuenta el régimen chavista; sin embargo, la defensa del gigante asiático hacia el gobierno de Maduro es un tanto más reservada. La relación sino-venezolana empezó a afianzarse a inicios del siglo XXI (con el fallecido Hugo Chávez) y al día de hoy abarca sectores como el de infraestructura, energético, minero, tecnológico, comercial y de producción; todo ello materializado en una serie de acuerdos comerciales y préstamos por parte del Banco de Desarrollo Chino. Es así que el país asiático se ha convertido en el principal acreedor del gobierno venezolano con préstamos de aproximadamente 67 mil millones de dólares, de los cuales están impagos alrededor de 20 mil millones de dólares, deuda que debe de ser afrontada independientemente del destino político interno.

Sin embargo, el apoyo chino debe de entenderse dentro de una agenda mucho más amplia: por un lado, China experimenta un rápido crecimiento económico que parece no detenerse y la necesidad de recursos, tales como energéticos y minerales, es apremiante para sostenerlo en el tiempo. Es por ello que lo mencionado anteriormente en cuanto a acuerdos comerciales es vital para Pekín, que busca reforzar y asegurar su presencia en sectores clave del país caribeño. Por otro lado, con la llegada del presidente Xi Jinping en el 2013, China ha defendido de manera más firme el llamado Peaceful Development”, el respeto a la soberanía y la no injerencia de asuntos internos, todo ello sumado a grandes iniciativas de cooperación en diversos sectores que buscan fomentar el desarrollo de una gran cantidad de países —una de las más destacadas es el proyecto One Belt, One Road.

China, entonces, busca asegurar su crecimiento, reforzar su soft power, mostrarse como un aliado confiable que impulsa el desarrollo respetando la soberanía, pero, sobre todo, desea cambiar el actual orden internacional. De esta manera puede entenderse la declaración tardía por parte de Pekín con respecto a lo ocurrido el pasado martes, ya que, si bien reconoce como presidente oficial a Maduro, sus intereses van más allá de quién ocupe Miraflores. No importa cómo evolucione la situación, la cooperación China-Venezuela no debería verse menoscabada (Geng Shuang, portavoz del Ministerio de Exteriores).

Estados Unidos es quizá el actor internacional más conocido y mencionado cuando se aborda la cuestión venezolana. Más allá de una explicación meramente ideológica, el rechazo por parte de Estados Unidos hacia una Venezuela chavista debe de evaluarse como una cuestión de poder. En primer lugar, en términos geopolíticos, América Latina ha constituido la zona de influencia estadounidense desde los inicios de la Doctrina Monroe y, luego de la afirmación de la Revolución Cubana, Washington no ha visto con buenos ojos la presencia de regímenes contrarios al suyo apoyados por potencias ajenas al continente que puedan cuestionar su poderío. Esto se ha visto acrecentado desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien fue el primer representante de una lista de más de 50 países en reconocer a Juan Guaidó como presidente encargado en clara oposición a Maduro.

Asimismo, el interés estadounidense en acabar con el gobierno chavista va más allá de asuntos económicos. El intercambio comercial de recursos energéticos ha descendido considerablemente en los últimos años, lo cual ha hecho que estos dos países dejen de tener una alta dependencia por la venta de petróleo; además, se debe tener en cuenta la presencia rusa y china antes mencionada en este sector de la economía venezolana, lo cual limita considerablemente el rango de acción de Washington en este campo.

En tercer lugar, Estados Unidos proyecta en la comunidad internacional la imagen de un país defensor de la democracia y los derechos humanos, por lo que necesita afirmar esa posición no permitiendo o sancionando regímenes que vayan en contra de los valores que pregonan. Por lo antes mencionado, es posible entender las acciones que la administración de Trump ha venido llevando a cabo. Y si bien la amenaza del uso de la fuerza es una mención más frecuente que real, acciones más concretas como el embargo comercial al petróleo venezolano y las declaraciones de Pompeo y Bolton respecto a lo ocurrido el martes tienen como objetivo principal limitar el ingreso de divisas al régimen chavista, asfixiar su economía y deslegitimar internacionalmente la participación e injerencia de sus aliados.

En conclusión, Venezuela se ha convertido en un tablero de juego por el poder que involucra a 3 potencias mundiales: Rusia, China y Estados Unidos. Cada participante de este ajedrez de la política internacional tiene un modo distinto de jugar. Rusia ha optado por un papel bastante firme, por lo que ha priorizado el control de la mayor fuente de recursos del país caribeño, ha logrado establecer una estrecha cooperación militar, apoya abierta y férreamente al régimen de Maduro, y desafía claramente la hegemonía de Estados Unidos en el continente. China ha preferido mantenerse mesurado, y si bien reconoce a Maduro como el legítimo presidente de Venezuela, actúa de acuerdo a sus propios intereses, tanto internos en materia de crecimiento económico, como globales en cuanto al cuestionamiento del actual orden mundial. Finalmente, Estados Unidos es quien ha optado por un papel más agresivo, ya que debe de afirmar su rol de superpotencia, mantener la hegemonía regional y limitar el rango de acción de potencias foráneas —mencionando incluso un poco probable uso de la fuerza.

Evidentemente, la situación de Venezuela sigue siendo incierta y lo será por un tiempo, ya que no solo la política interna es la que podría determinar su porvenir, sino también la participación de poderosos actores internacionales.