I

La quinua, nutritiva bebida reparadora de un domingo por la mañana, fue insuficiente. Creímos lo contrario, que nos haría el día, pero la subida al cerro nos reveló nuestra falta de físico. Grada por grada, nuestras extremidades inferiores sufrían. Yo sentía cómo se endurecían mis pantorrillas, resentidas por el ejercicio exigente. Un gallo nos dirigió una profunda mirada antes de cacarear con esfuerzo en el pequeño corral ubicado en el reducido patio de esa casa. Pasamos a su costado, con el cansancio matutino a cuestas, y una gallina de cuello impresentable movía las alas en señal de recibimiento. Habíamos llegado al Asentamiento Humano  “Integración Nuevo Perú” en la zona de Montenegro, en el populoso y extenso distrito de San Juan de Lurigancho.

Los habitantes del lugar se encargaron de darnos una lección a mi amigo y a mí. Antes, ya habíamos visto cómo escolares bajaban y subían sin disconformidad en el rostro; cómo mujeres jóvenes o de edad madura retornaban a sus casas con las bolsas de mercado en los brazos; cómo un niño de unos 12 años subía cajas de un mueble de madera para ordenar la casa; incluso –y esto fue uno de los hechos más extraños de la visita- cómo un hombre de veintitantos años cargaba un televisor LG plasma en sus espaldas. El peso de la cruz pasó a ser el peso del consumismo. Como sea, los vecinos mantenían una resistencia envidiable, producto de su difícil situación. Mi compañero y yo no tardamos en darnos cuenta de que nuestra flaqueza era ridícula en comparación a la de ellos. Por lo tanto, avergonzados, dejamos la bronceada baranda de metal y proseguimos el camino.

Las gradas municipales culminaron y dieron paso a los escalones barriales, los cuales son de diseño exclusivo de los habitantes de las diversas agrupaciones familiares-que suman 5- del cerro. Aquí es más complicada la escalada, pero eso no es obstáculo para que nueva gente vaya ocupando sus terrenos y echar a andar su casa y su futuro. Ellos no tienen impedimento alguno para hacer tal cosa pues las dirigencias, que alguna vez estuvieron en su misma condición, se lo permiten. “Si todavía hay espacio para más gente, ellos pueden seguir viniendo”, dijo un dirigente barrial. Lo que sí deben hacer los nuevos y los antiguos residentes es, como cabría esperar, que vivan donde han levantado sus casas. Algunos no hacen eso y residen en casas alquiladas en la pampa o en lugares cercanos, hasta que alcancen una estabilidad económica suficiente para mudarse permanentemente a las altas casitas que ocupan cada metro cuadrado del cerro. Esto genera molestia en los vecinos y dirigentes porque quita posibilidades a los que no tienen.

II

Otra razón para la molestia es que, ante la falta de vecinos, hay menor fuerza a la hora de exigir las demandas para cubrir servicios básicos. Luz hay en todo el cerro, pero agua todavía no. Sedapal ha construido un enorme tanque en la mitad del cerro, pero este solo satisface la necesidad de los habitantes de las faldas y la pampa del cerro. Los que viven en el cerro mismo no son tontos y han desarrollado un mecanismo que con el solo uso de una manguera, vivazmente instalada en el tanque, tienen agua para ellos. Esto no es suficiente y por eso camiones cisterna llegan con agua y los vecinos los reciben con varios baldes con los cuales tienen agua para varios días.

La falta de servicios básicos e infraestructura es una puntal que reúne a los vecinos. La participación vecinal es un activo en este lugar y la palabra “vecino” se utiliza para nombrar a residentes como a extraños. Todos son vecinos en este cerro de San Juan de Lurigancho. La política tradicional no ha tardado en llegar hasta la periferia de Lima. Carlos Burgos, el actual alcalde de SJL y sobre el que pesan varias denuncias de corrupción, ha hecho del populismo una consigna. Indudablemente, Lima está en cotas de crecimiento muy altas pues Burgos ha dejado de lado las menestras y fideos por electrodomésticos para ganarse electoralmente a los residentes. Lamentablemente, los habitantes de los asentamientos humanos suelen ser comprados al mejor postor.

III

El día domingo en que me acerqué con mi amigo para conocer la dinámica barrial de estos asentamientos, un candidato a la alcaldía de SJL hizo acto de presencia en una 4×4 todoterreno. Lo hizo al momento en que acompañábamos a los vecinos en la faena dominical, la cual consistía, ese día, en nivelar el terreno para hacer una trocha para mejorar el transporte y retirar enormes piedras del camino. Hombres y mujeres por igual se levantaron temprano aquel día para juntos  “hacer barrio”. Dos dirigentas vecinales se mostraban burlonas con el visitador. “A ver tanto que viene en su carrazo que ponga una pista, pues”, fue la exigencia.

Subimos camino arriba, con palas y picos al hombro, para escuchar el discurso del candidato. En una redondela lo suficientemente grande para que entren los sesenta o sesenta y cinco faeneros, el candidato se presentó. Dijo ser un emprendedor exitoso que conocía las falencias de cada vecino pues, inmigrante como ellos, había estado en la última rueda del coche. El candidato, sin mucho carisma de por medio, indicaba que iba solo a la alcadía y, mientras tanto, era grabado por un compañero suyo, probablemente, para un futuro spot publicitario. Vistiendo una camiseta deportiva, como quien se encuentra a punto de comenzar una pichanga dominguera, hablaba sobre las posibilidades de hacer un estudio técnico en el cerro para mejorar las condiciones de vida de los habitantes. Solamente, hacía falta que vendan las polladas que este les iba a dar y listo. También habló sobre cómo fue “apoyado” por varios pobladores de asentamientos humanos cuando de hacer valer sus derechos se trataba. Comentó que, en más de una oportunidad, una masa de personas beneficiadas con sus obras sociales (escaleras, losas y campeonatos deportivos, etc.) lo secundaron en su lucha contra fuerzas políticas que lo vieron como un peligro. Finalizó con su oferta del estudio técnico a precio muy bajo, un chiste sobre el arroz con pollo y se fue tan rápido como llegó.

-Y, maestro, ¿qué opina?-le pregunto a un señor que estaba parado como un centinela en una gran roca.

-¿Bonito, no? Pero todos dicen lo mismo.

IV

La reunión continúa y los vecinos y dirigentes intercambian opiniones sobre lo sucedido, sobre los apoyos a tomar y sobre la unidad. Culminan en que el siguiente domingo se hará nuevamente faena y hombres y mujeres enrumban a sus casas para tomar desayuno. Una señora va de grupito en grupito con una Coca Cola en mano para convidar.

Los dirigentes están sentados en la muralla de piedras que sirve de base a la tienda de la redondela. Se comunican varias cosas, entre ellas lo que piensan hacer a nivel de organización vecinal y eso revela que están cansados de Burgos, el cual solo recurre a los asentamientos para salvar su pellejo. Saben que es un corrupto, que trafica terrenos y construye colegios sin rendir cuentas a la ley. Sin embargo, reconocen que lo han apoyado por ese pragmatismo salido de la necesidad. Pero hoy, mal o bien, están disgustados con el alcalde y desean un cambio.

A lo lejos, un hilo de gente que se va desvaneciendo nos recuerda aquella imagen vital en que hombres y mujeres se juntaron para hacer, con sus propias manos, lo que deberían realizar  las autoridades.  El inmovilismo no tiene cabida en esta parte de San Juan de Lurigancho.

 

Foto: Luis Orlando Mori