Editado por Fiorella Germán Celi

El pasado viernes 20 de setiembre, distintas organizaciones, inspiradas por la activista adolescente Greta Thunberg, recorrieron las calles de casi 160 países al rededor del mundo. Con pancartas y megáfono en mano, vociferaron sus demandas a favor del planeta y dejaron en claro que la lucha por salvar nuestro hogar continua.

Desde que James Hansen, científico climatológico, dio a conocer su testimonio, en la década de 1980, sobre las causas antropológicas del cambio climático y sus efectos en la tierra, la discusión acera del devenir del planeta pasó de ser un debate científico a uno político. Múltiples autoridades de todo el mundo, entre líderes y funcionarios públicos, le prestaron especial atención a este tema. Aquella preocupación quedó registrada en el Protocolo de Kioto (1997) como el primer intento multinacional por disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, los cuales —en alta concentración— son principales causantes del calentamiento global.

No obstante, mientras la mayoría se preparaba para iniciar la lucha contra el cambio climático, existía una corriente escéptica —conformada por asociaciones “científicas”— que negaba la presencia de un problema climatológico. Ir contra la marea, en ocasiones, puede generar duda sobre tus verdaderas intenciones. Así fue como la revista norteamericana Newsweek, tras una exhaustiva investigación, descubrió en el 2007 que aquellos grupos escépticos se encontraban financiados por colosos industriales: uno de los grandes mecenas era la petrolera ExxonMobil.

No es de sorprender que aquellas industrias sean las mayores contaminantes a nivel mundial. La mezcolanza de información contradictoria, acompañada de una campaña de desacreditación, han sido sus principales herramientas para confundir a los ciudadanos sobre el verdadero estado de nuestro planeta.

Pero todas las acciones realizadas por estos grupos persiguen un fin: proteger el sistema capitalista de los ataques que puede recibir. Inaugurado en la Primera Revolución Industrial, el capitalismo conformó aquel sistema económico basado, especialmente, en la búsqueda del beneficio máximo de las empresas.

A pesar de sus múltiples detractores en sus casi doscientos años de historia, el capitalismo ha sobrevivido hasta nuestros días y es un modelo extendido en casi todos los países del globo. Ello se debe a que los prominentes capitalistas no quieren que el sistema, que tantos beneficios les genera, perezca y lo han defendido con uñas y dientes.

La razón es que, en la actualidad, distintas organizaciones han señalado a la industria capitalista como el principal responsable de la decadencia ambiental.

En este contexto, existen múltiples iniciativas esperanzadas en unificar las demandas ambientales con los objetivos capitalistas —lo que hoy se llama capitalismo verde o ecocapitalismo—. Pese a ello, la evidencia empírica parece demostrar que el capitalismo y el cuidado planetario no son lo suficientemente compatibles

Si el sistema no se adecúa a las exigencias ambientales, se presentan dos opciones: o se cambia a un sistema más adecuado que permita salvar al planeta o el capitalismo limita sus actividades con el fin de preservar el medio que nos rodea. Puede que sea una verdad incómoda, como se dice en el documental de Davis Guggenheim, mas es una verdad necesaria.