Rosa Chumbe no perdona nada. Es capaz de someter a la audiencia a una odisea inexpugnable por la Lima más demoledora, conduciéndoles, sin tapujos, por las mismas tribulaciones que su protagonista. No dura mucho -una hora y diez minutos, más o menos- pero su efecto da para rato. Sin pedirlo, estamos ante una peculiar introspección urbana, un vía crucis hecho a la medida de los tiempos modernos, un camino de expiación, culpa y, a su modo, fe.      

Una historia de milagros.

Rosa Chumbe es policía. Pasa sus días vigilando calles repletas de criminales de poca monta y bebiendo en lugares despreciables. No se habla con nadie. Parece extraña, ida, distante. Parece molesta, pero no sabe por qué. Tampoco nosotros lo sabemos. Pensamos en unas cuantas razones, pero nada nos satisface. Rosa Chumbe podría permanecer así toda su vida, en hartante parsimonia. Entonces, como en toda película -y también la vida, eso sí- una sorpresa: una hija a la que Rosa no le ha importado hace mucho, mayor de edad y con un recién nacido. La hija se escapa y la deja sola con el niño. Rosa Chumbe, que jamás había tenido un vínculo cercano con alguien -un vínculo de responsabilidad, ni menos- se ve forzada a hacer de madre. Y, cuando menos se lo espera, se le viene la tragedia. Porque un niño nunca es sencillo.

Notemos que, desde el arranque, todo es contradicción. Rosa Chumbe lo es. Mujer y policía, relación que, en un país de tantísimas tensiones de género como el Perú, se nos torna incómoda. Mujer policía y borracha: mujer que se masculiniza, que asume rituales propios de los hombres -como es apoltronarse en un bar de mala muerte y tragar cerveza hasta las últimas- y que no se avergüenza por ello. Mujer policía y borracha: una agente de la ley sometida al vicio y el caos. Mujer policía, borracha y agria de carácter: Rosa es hosca, solitaria, poco cordial; es todo menos una “buena mujer”, todo menos lo que se espera de alguien como ella, sin actitudes femeninas, sin delicadeza. Mujer policía, borracha, agria y creyente. Aunque no lo parezca -y no queramos creerlo, tampoco- Rosa Chumbe es una mujer de profundas convicciones. Veremos, más adelante, que al llevar a su nieto en brazos, lo único que quiere, que implora, es un poco de fe.

Tiene sentido que Rosa Chumbe, quien nunca ha asumido el rol hegemónico de mujer, ahora le cueste ser madre, ahora tenga que volverse responsable, devota, todo, de un tirón. Por eso, cuando la tragedia acecha, no hay mucho por hacer. A ella solamente le queda seguir con sus impulsos. Llevarse al niño con ella, subirse a cualquier bus y esperar por la parada indicada.

La historia parece, como mínimo, funcional. ¿Hay guion en Rosa Chumbe? ¿Necesita de uno? Cuando la cámara enfoca la realidad, cuando presiona un poco, cuando decide interpelar a personajes casi nunca vistos y filmar escenarios pocas veces filmados, la historia se construye por sí sola.  A pesar de eso, Rosa Chumbe tiene guion. Su historia es directa, lineal, simplona, pero, a su modo, poderosa. La historia cobra valor justamente por su ausencia de pretensiones, por la franqueza de lo que filma, misma franqueza enquistada su protagonista. Pero, sorprendentemente, lo que dota su historia de valor, además de las contradicciones, está en su turbulenta relación con la fe.

No es coincidencia que, detrás del escenario principal, a modo de fondo, esté la procesión del Señor de los Milagros. Como ya se ha evidenciado antes en el ideario cultural peruano -pensemos, nomás, en novelas como En octubre no hay milagros, de Reynoso- la procesión del Cristo Morado es uno de los pocos espacios en los que conviven ricos y pobres en Lima. Todos, desde recelosos burgueses hasta trabajadores pobres e informales, se reúnen en devoción. Pocos rituales tienen tanto poder (quizás también el fútbol, el cual, además, tiene el mismo componente espiritual) para forzar a esta contradicción social y hacerla relevante.

Por supuesto, cuesta creer. Ricos y pobres. Dominantes y dominados. Policías y ladrones. Allí, Rosa Chumbe se ve forzada a encontrar redención. Y al hacerlo, se da con una Lima frágil, resquebrajada en pedazos, herida de muerte. Como policía, su labor también implica enfrentarse a esos polares opuestos de Lima. Rosa Chumbe, siempre viviendo a espaldas de la realidad, en la crisis, se enfrenta a ella. La realidad, por supuesto, le explota en la cara.

Ya desde antes habíamos percibido esa peculiar radiografía social de la Lima contemporánea. Una Lima que, por una vez, es filmada sin tapujos. Los vemos en los huariques de siempre a los que asiste Rosa Chumbe. Tragamonedas y casinos, lugares de vicio, diseñados para endeudar a quienes no tienen. Restaurantes montados sin mucho formalismo, en los que la fritanga y la chicha en los parlantes definen ese ambiente caótico y espontáneo. Programas de TV basura y espectáculos en el televisor local, jugando al horóscopo y a la suerte, nuevamente, para tener a quienes más sufren -y los que más creen- totalmente a regla.

Y, claro está, eso a Rosa Chumbe le jode. Le jode ese sistema impuesto para ella. Le jode que no pueda cambiarlo. Le jode estar acostumbrada. Eso puede explicar la desidia permanente que se evidencia en los primeros planos de Liliana Trujillo. De alguna forma, a Jonathan Relayze le importa que a nosotros nos joda también.

Bueno: mucho se ha dicho sobre el trayecto, pero poco sobre su cierre. Rosa Chumbe no tiene un final feliz. No sabemos si es un final, siquiera. La historia termina de forma abrupta, incontrolada: nos toma por sorpresa. Pero eso no es necesariamente malo. No cuando, con el corazón en la mano, has seguido a la protagonista por esa Lima truncada, como purgando sus culpas, como pidiendo perdón. Relayze quiere que creamos. Quiere que pensemos que el final feliz es posible, que se cumple el milagro. Último plano medio de Liliana Trujillo. Sola, en el bus, con el bebé a su costado. Entonces, un sonido. Un hálito, una clave.

Bien. Muchas veces se necesita menos.