Protestar es un verbo que me gusta, pero no soy mucho de hacerlo. Me gusta más que muchos otros pues, en sí mismo, guarda un objetivo muy interesante: hacer realidad la voluntad de la gente. En un mundo mayoritariamente democrático –en sus varias formas–, el derecho de protesta es crucial, ya que quizá es una de las mayores muestras materiales de aquello que la gente desea. Por ejemplo, aunque la “tiranía de la mayoría”, en términos de John Stuart Mill, haya elegido a un presidente que decreta leyes que, finalmente, no están de acuerdo con el pueblo y sus intereses, este tiene el derecho a protestar, de forma pacífica, para llegar a una mejora que, finalmente, satisfará a la sociedad. Este es el momento en el que la población puede coaccionar al Estado para lograr justicia. Esta entrada tendrá como base, pues, una noticia de relevancia internacional en los últimos días, esto es, las multitudinarias protestas en Rumania, y un artículo muy bueno escrito para el New York Times, a saber, uno de nombre “The Art of the Protest” (“El arte de la protesta”), en el que la autora, Tina Rosenberg, analiza algunas protestas que consiguieron los fines que pedían y pudieron concretar sus voluntades. Los pobladores de Rumania, en su caso particular, han llegado a cumplir uno de sus objetivos; no obstante, sienten que falta aún algunos por concretar.

Más de un periódico le ha dado cámara al tema de las protestas en Rumania. No es para menos: estas protestas con un fin en específico son de las más intensas que ha habido en tal país desde el fin del comunismo. ¿Qué sucedió? Hace poco, uno de los políticos más poderosos de Rumania, Liviu Dragnea, quien estuviera enfrentando un juicio por corrupción (y que tenía que asistir a la Corte el 31 de enero, pero se pospuso para el 14 de febrero), se benefició con un decreto que el Parlamento de tal país aprobó apenas, con el cual los delitos de corrupción en los que se no se hayan hecho perjuicios económicos al aparato público por una cantidad mayor de 44000 euros no iban a calificar como un crimen. No solo se beneficiaba este tal Dragnea con esta medida aprobada, sino un gran grupo de corruptos menores. El pueblo simplemente no soportó tal injusto decreto. Durante los días siguientes, más de medio millón de personas salió a protestar pacíficamente en contra de esto. Era una falta de respeto, una falta de reconocimiento de derechos, de reconocimiento de dignidad. Era un abuso de poder. El nuevo parlamento rumano no está cumpliendo con su buena labor política; por esta razón, el pueblo ha hecho su contrapeso en tanto ha salido a demostrar su derecho político de protestar. Y su derecho sirvió. El decreto hace poco fue invalidado a causa de la presión de la población. Aquella que ha actuado, en su gran mayoría, de manera pacífica le ha jugado al Gobierno rumano una pieza de esas que solo uno saca cuando siente que le están “viendo” la cara. Estas protestas que han sido de todo menos de una actitud pasiva (sino más bien pacíficamente proactiva) no cesan ni parece que vayan a cesar tan pronto. El decreto ha sido el detonante, y el aparato público solo ha frenado el detonante. El pueblo quiere una salida o renuncia de los representantes de este Gobierno, como han manifestado varios protestantes. El problema se encuentra más hondo de lo que ha sucedido y el pueblo es consciente de eso.

Tina Rosenberg, que ha trabajado como editora y escritora –incluso, que ha ganado un premio Pulitzer–, escribió para el 21 de noviembre del año pasado un artículo en el que se analizaba el arte del funcionamiento de las protestas. Hacer protestas es, sin duda, un arte: requiere una técnica y un método que llevan a un fin determinado. La protesta en sí misma, como esencia, tiene siempre, según ella, una dinámica implícita con ciertas características que pueden hacerlas más efectivas. Algunas de las características que ella menciona en el artículo de opinión son, verbigracia, la importancia de un plan antes de la protesta, un plan que establezca parámetros para que ella se lleve no solo de manera pacífica, sino también para que conduzca directamente a un gobierno cualquiera a una presión insoportable; la provocación para que el aparato público muestre su peor cara y la opinión colectiva lo rechace (en tanto apoya a quienes protestan) es parte constituyente también de estas características; el hecho de tratar de “bajarse” las columnas del sistema, para que todo el sistema caiga, en la medida en que, por ejemplo, se busque convencer a las autoridades de que aquellos que están en el poder han cometido un grave error tampoco queda atrás como una característica importante; por último, para evitar mencionar todas las características que el artículo relata, el uso del humor es también siempre un buen método para enfrentar la tensión del momento y ridiculizar a los gobernantes. Este “Art of the Protest” ha tenido representaciones en países como Polonia, Serbia, Estados Unidos, entre otros, y han sido eficientes, es decir, han logrado sus cometidos. Lo curioso es que no hay patrón en estos países al cien por ciento. En cualquier país, el hecho y derecho de protesta significaron y pueden significar, a futuro, un cambio muy grande si es que cumplen, a largo plazo, de la mejor manera, la mayoría o totalidad de estas características. Este arte de la protesta, que está sobre la base de una nonviolence strategy (estrategia pacífica o de “no-violencia”), finalmente, llega a tener efectos duraderos, pues la presión puede ser constante y la represión se vuelve mínima. Si crece esta, no hay manera de que la opinión pública vea a un gobierno que ataca violentamente a un pacífico movimiento estratégicamente organizado. De ahí, podemos ver la importancia del ser pacífico. Llegar a esos objetivos, por ejemplo, como en Puente Piedra, con violencia, puede significar sí una solución rápida e inmediata, pero puede que, apenas la violencia y la situación se hayan calmado, el gobierno repita su accionar. Trabajar pacíficamente, en cambio, asegura una presión calma y efectiva de bloqueo, además de continua, porque es una coacción más que todo relacionada a un cambio mediato. En sí misma, puede servir más establemente en tanto garantiza la paz que el Estado mismo promete.

Las protestas en Rumania son, pues, un ejemplo para otros países tanto por su logro tan veloz como por su casi nula violencia. Depende de las características que use y cómo las use que Rumania consiga eso que la voluntad general tanto desea: un cambio político y poder representativo en el pueblo mismo.