Hace un largo tiempo, un personaje que salió de Cabana, Ancash para llegar a Stanford. Luego, regresó al Perú y pasó a convertirse en el abanderado anti-corrupción en la lucha contra el último gobierno fujimorista y, en ese trayecto, pudo representar a grupos tradicionalmente marginados de la sociedad peruana. Aquella figura, llamada Alejandro Toledo Manrique, auguraba una esperanza tras el autoritarismo del gobierno fujimorista, y logró aglutinar fuerzas políticas de izquierda y derecha para desfilar juntas en la hoy famosa “Marcha de los Cuatro Suyos” en contra del corrupto gobierno del momento. ¿Qué ironía, no? Que aquel que fúe la promesa política que creciera desde el 4% en el 1995’ hasta hacerse con la presidencia en el año 2001, termine siendo acusado por corrupción y se encuentre hoy prófugo en el extranjero.

Hoy sabemos que el expresidente Toledo nunca fue, sin embargo, más que una promesa electoral. Esa afirmación se sostiene en la decaída de su aprobación que empezó casi desde el momento en que entró al poder. La verdad es que como otras agrupaciones políticas nacidas tras la crisis de los 90’, Perú Posible no era más que una fachada para una camarilla política organizada tras la figura de Alejandro Toledo, que no contaba con una articulación ideológica clara. Por estas razones, su bancada se desconfiguró rápidamente; además, su alianza con el Frente Independiente Moralizador (FIM) de Fernando Olivera tampoco fue beneficiosa para su imagen mediática (por los continuos intentos de su líder para alejar a otras figuras políticas del gobierno). El gobierno de Toledo se manejó en la práctica como una corte, alrededor de su familia, parientes, amigos, miembros de su promoción universitaria, entre otros.

Su gobierno, además, tenía otras taras. La principal era quizá la personalidad del presidente. En una “democracia sin partidos” como bautizara el politólogo Martín Tanaka a este sistema, es muy importante la figura del líder, y es precisamente esta la que llegó a desvanecerse durante su gobierno. Toledo tenía una imagen fuerte para el inicio de las elecciones. Logró elevarse en las encuestas con una combinación entre su imagen indígena y reivindicativa, que aumentaba gracias a la retórica indigenista de su esposa y antropóloga, Eliane Karr; y su discurso de apoyo al libre mercado, lo último siendo la razón por la que ganó el apoyo de la élite empresarial. Empero, el líder era claramente un inexperimentado en política, y exhibía una actitud frívola y despreocupada ante la gravedad de su cargo en diversos momentos. El haberse duplicado el sueldo, el consumo excesivo de licor, sus viajes veraniegos al norte del país y, sobretodo, el escándalo de su hija no reconocida, persiguieron a Toledo durante todo su mandato y fueron motivo de su rápido desprestigio.

Estas variables se cruzaban con su mayor baza de imagen, que a la vez era su más notorio hándicap: el hecho de ser el primer presidente indígena del país. Si el serlo le permitía juramentar la presidencia en chullo y poncho, durante una ofrenda a la Pachamama en Machu Picchu (una gran estrategia de imagen para un pueblo que tradicionalmente ha menospreciado esa parte de su cultura, al menos en el escenario de la gran arena política) también significaba que cualquier vicio o atributo cercano a los que usualmente se han achacado a este grupo en un país racista como el Perú, iban a pesar doble sobre él. Si a un presidente blanco le gustaba el whisky, no era lo mismo que si le gustaba a Toledo. La imagen de ebrio del expresidente llega hasta la actualidad y ha sido blanco de diversas burlas, aunque esta refiera a incidentes reales como su detención en Estados Unidos por desorden en la vía pública, no deja de ser pertinente recordar todas las variables del caso.

Al final, Alejandro Toledo decepcionó a más de uno. En primer lugar, su retórica indigenista y su imagen de reivindicación no correspondieron con sus medidas sociales en el gobierno. Asimismo, su promesa de lucha anticorrupción se debilitó con el pasar del tiempo y él mismo quedó envuelto en nuevos escándalos; y su meta de fundar la institucionalidad a partir de un gobierno de ancha base (el Acuerdo Nacional[1]) y crear políticas de Estado, también se entrampó en un pantano de disputas políticas, cerrazón al diálogo y gobierno cortesano. Así, Toledo solo le cumplió a la élite empresarial que lo llevó al gobierno, al resto que votó por él o que sufrió las consecuencias de sus acciones en mandato, hasta ahora nos debe explicaciones; las cuales esperemos logremos obtener cuando sea traído de Estados Unidos vía extradición. 


[1] El Acuerdo Nacional es un foro en el que las principales fuerzas políticas del país discuten y señalan una suerte de “hoja de ruta” para las políticas de Estado. Fue conformado el año 2002.