Parecía ser el fin del mundo cuando me encontraba caminando por el malecón de Pimentel, reconstruido y más hermoso que nunca,  acompañado de mi hermano y un grupo de perfectos desconocidos que habíamos conocido horas atrás. Sabia que para el final de la noche, doce años de mi vida morirían sin más, por lo que no podía evitar sentirme inundado por la nostalgia, mientras seguía a ese grupo que nos prometía una noche para no olvidar.  Para mi suerte, la briza del mar y los restos de pólvora en el aire, seguían mejorando mi humor, recordándome que, ante todo, era día de fiesta.

La noche aún se mantenía joven. Los chicos del improvisado grupo recién acababan de reventar los infaltables cohetones para la ocasión, usando únicamente los que, en un breve descuido, podían volarte uno o dos dedos con facilidad.  En un principio, parecía que se iban a tomar toda la noche,pero bruscamente terminaron aburriéndose del asunto cuando se sintieron repitiendo las  mismas viejas costumbres familiares que hacían desde los cinco años.  Así que se decidieron por juntar todo lo que les quedaba en una bolsa, alejarse cuatro pasos ,y prender la bolsa entera para terminar con el asunto.  Lo hicieron tal cual, excepto por el que creyó ver su vida al momento de correr y tropezarse cerca a la bolsa, en el momento en que esta reventó.

Tras esto, mientras descendíamos por esa única calle que conformaba el malecón, pude sentir como la noche parecía estar del lado de esos chicos.  Expertos. Se manejaban con total calma por la costa que era su segundo hogar de verano,  viendo pasar las casas de chicos y chicas que sabían que verían más tarde; como todos los años.  Tras años de veranear en esa playa, se sentían los únicos dueños del malecón.  Sin embargo, a uno de los costados de esa calle vacía, un grupo muy parecido al nuestro, sentado en una  banca con botellas y música a todo volumen, estaban dispuestos a romper con su fantasía.  Comenzó con un pequeño murmullo. A medida que nos acercábamos a esa banca que se iba incrementando junto a una repentina tensión donde se comenzaban a rescatar palabras como “gringuitos” y “que se creen”. A esto, se le sumaron silbidos y besos lanzados a la nada que, entre inseguros y orgullosos, querían dar a aclarar que eramos una suerte de extranjeros afeminados.

– Nada tío, estos resentidos siempre nos gritan asi – dijo el más alto de los desconocidos que nos acompañaban -. Tu has como si nada.

En ese momento, mi hermano y yo nos cruzamos las miradas, nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos, y seguimos caminando.  Tras haber vivido entre Chucuito y Lima toda nuestra vida, nos conocíamos peores comentarios de ambos lados, aunque igual era decepcionante.   Mientras tanto, el mismo chico nos siguió explicando que esos chicos ya los conocía de hace años.  Algunos incluso también vivían en Pimentel, pero del otro lado del malecón, razón suficiente por la que debían odiarse los unos a los otros.

-Algunas veces hemos terminado bronca con ellos- continuo aclarando- pero que se jodan.  Hoy es día de fiesta.

Como fuese, recorrido unos pocos metros, la briza del mar y las canciones aisladas en una que otra casa,  bastó para llevarse la tensión del aire, dejándonos de nuevo con esa humedad incrustada con restos de pólvora.  Hasta que finalmente nos encontramos con el final de la calle, donde pude ver por un segundo la gran fiesta  que se estaba llevando en la playa esa noche. Era una fiesta sin invitaciones, ni entradas, ni muros que impidieran la entrada. Solo habían puesto algunos parlantes improvisados, que estaban puestos sobre la arena sin más, para que quienquiera entrara a esa zona donde la música resonaba fuertemente con canciones cuyas letras cruzaban la fina linea entre discoteca y burdel. Decenas de chicos festejaban el final, de una manera que habría indignado a los antiguos residentes de Chiclayo.   Pude apreciarla ese breve momento,  manteniendola en mi memoria hasta ahora, antes de tuviéramos que desviarnos hacía la izquierda.  Porque claro, esa no era nuestra fiesta. Nosotros teníamos que cruzar una cuadra para llegar a donde por fin me enteraba que se daba nuestra fiesta:  Un palacio privado, de grandes puertas selectivas, de aquellas que solo se abren con una billetera abultada (O, en nuestro caso, gracias a un amigo que nos había rebajado la entrada).

-Es el regatas de Pimentel- escuche  decir a alguien del grupo.

Y mientras entrabamos al club, me di cuenta que ya solo faltaban unas horas para el fin de una vida, pero la noche recién empezaba…