A estas alturas, Arctic Monkeys es una banda consagrada. Con el peso de 16 años de carrera musical, este cuarteto británico se ha convertido en uno de los máximos referentes de la música “indie” en todo el planeta. Un reconocimiento que, sin embargo, no fue del todo gratuito. La banda se manejó por sí misma regalando discos, colmando pequeños y medianos bares, y difundiendo su música en redes sociales, como MySpace, hasta que firmaron con Domino Records, un sello discográfico independiente.

 

Lo demás es historia ya conocida: su presencia reiterada como headliners en grandes festivales, los múltiples brit-awards recibidos y su inolvidable presentación en la inauguración de los Juegos Olímpicos. No obstante, es interesante cómo el grupo no ha perdido su representatividad a pesar de las transformaciones. Y no me refiero solo al cambio estético de su frontman, Alex Turner, pues entre “Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not” (2006) y “Tranquility Base Hotel & Casino” (2018) existe una mayor distancia sonora que cronológica. Por eso, un resumido y nostálgico paseo por el pasado musical de los monos árticos será útil para comprender qué pasó con su última producción.

 

Juventud, divino tesoro…

 

En octubre del 2005 y enero del 2006, los sencillos “I Bet You Look Good on the Dancefloor” y “When The Sun Goes Down” ocuparon los primeros puestos de las listas del inglesas incluso antes de que su disco debut vea la luz. Pero, más allá de su repentino éxito comercial, la característica fundamental de la banda era su peculiar musicalidad. Una que, al contemplar al new wave, el punk y el garage rock, fue catalogada por la prensa como “post-punk revival” o simplemente como “indie rock”. Añadiendo su enérgica entrega en el escenario —y sobre todo la de Matt Helders, su baterista— al aquel peculiar sonido británico, el cuarteto comenzó a ser reconocido en el Reino Unido.

 

Su segundo disco, “Favourite Worst Nightmare” (2007), fue, en líneas generales, una segunda parte de su predecesor. Aunque con un sonido más variado, veloz y con una innegable presencia de las guitarras distorsionadas, el disco mantuvo la esencia juvenil y hasta amateur del grupo. De aquí se desprenden los éxitos “Fluorescent Adolescent”, “Brainstorm” y “Teddy Picker”, cuyos vídeos rotaron constantemente por las principales cadenas televisivas. Este álbum creó altas expectativas respecto al futuro de la banda, pues no hizo más que incrementar el número de corazones que acogieron el consistente y peculiar sonido de los chicos de Sheffield.

 

 

Una prematura madurez

 

Tras dos grandes producciones con excelente recepción comercial y teniendo los músicos solo 23 años en promedio, la banda decidió modificar su sonido. Lo propuesto en “Humbug(2009) estaba teñido de una imprevista madurez, tanto lírica como musical. Lo cierto es que la influencia de The Last Shadow Puppet, banda alternativa de Alex Turner junto a Miles Kane, redirigió el destino de los monos árticos hacia la madurez instrumental. Disminuyendo las revoluciones y explorando las maravillas de los reverb pudieron ser concebidos tétricos temas, como “Crying Lightning” y “My Propeller”, o baladas con atisbos de luz, como “Cornerstone”.

 

Pero, luego de tejer una densa capa grisácea con Humbug, Arctic Monkeys decidió volver a reinventarse en el 2011 con “Suck It And See”. Este álbum, mucho más luminoso que el anterior, contiene sin pudor, en un solo disco compacto, su incursión en la balada pop y en el estridente rock & roll con harta influencia sesentera. Una áspera masterización de estridentes guitarras asalta tímpanos en potentes temas como “Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair” y “Library Pictures” antes de enfriar nuevamente los motores con las baladas “The Hellcat Spangled Shalalala” y “Suck It And See” o destruir sensibles corazones con Love Is A Laserquest”.

 

 

El éxito de la renovación

 

Como dejó suponer el constante cambio de la banda, para el 2013, las cartas ya se encontraban puestas sobre la mesa. Era evidente que el cuarteto se rehusaba a reconsiderar su sonido original. Sin embargo, con “AM” (2013) bajo la manga, los ingleses lograron calar la atención de una nueva generación de seguidores que abrazaron el sólido rugido de las guitarras de Turner y Cooke. Temas como “R U Mine?” y “Do I Wanna Know” se convirtieron en indispensables y traspasaron las fronteras británicas para alcanzar el éxito en los Estados Unidos. De igual manera, “Why You Only Call Me When You Are High?” y “One For The Road” alcanzaron una admirable recepción a pesar de la lentitud de sus composiciones.

 

 

Tranquility Base Hotel & Casino

 

Sin embargo, a pesar de las conocidas aptitudes de los músicos y de su afán por la mutación, pocos esperaban que, tras 5 años de su último lanzamiento, transformen radicalmente su sonido. “Tranquility Base Hotel & Casino” (2018) es una ópera lounge extrañísima y de un solo autor: Alex Turner. Más que “el nuevo disco de Arctic Monkeys”, parece ser el siguiente paso de su carrera como solista o como parte de The Last Shadow Puppets.

 

Este álbum nos presenta una historia de ciencia ficción. Su argumento se basa en la gentrificación de la luna por parte de una nueva generación de humanos en crisis que preservan las mismas obsesionas banales terrestres, como se escucha en “American Sports”. También se manifiestan críticas a la política terrícola —con claras referencias a Donald Trump— y al comportamiento ensimismado de los nuevos habitantes por el consumo masivo de las nuevas tecnologías.

 

Sin embargo, es un álbum difícil de digerir no por su contenido lírico, sino por las formas musicales. Además de tener una narrativa cargada de referencias, el nuevo sonido, que sustituyó a la protagonista guitarra por los teclados, no llega a conectar con la naturalidad de producciones pasadas. La gran influencia que David Bowie otorga, según los protagonistas, se ve nublada por pizcas de rock psicodélico, jazz y lounge que generan una atmósfera demasiado tranquila para ser de los Arctic Monkeys. No obstante, parece que Jamie Cook tuvo razón al declarar que este disco requiere que sea escuchado unas 30 veces para encontrarle el hilo, pues, con el debido esfuerzo, canciones como “Four Out Five”, la homónima “Tranquility Base Hotel & Casino” y “Batphone” se convierten en rescatables.

 

 

Lo cierto es que los Arctic Monkeys tienen el atrevimiento y la convicción para siempre renovarse con éxito. Las miles de ventas durante las primeras semanas son evidencia de que el mercado se adecúa a ellos y no al revés. Sin embargo, queda una pregunta al aire: ¿cuál será su siguiente paso?  Es difícil aproximarnos cuando el espectro de su música entre el 2005 y el 2018 cada vez se vuelve más complicado de adivinar.