Una pequeña novela arequipeña que, a más de 50 años desde su publicación, aún merece ser revisada con filo crítico.

Edmundo de los Ríos no volvió a escribir. Publicó su novela, la llevó a Cuba, se cargó con el “Casa de las Américas” y volvió al anonimato. Estuvo años publicando artículos y corrigiendo estilo, pero no retornó a la panacea literaria ni a sufrir por el tortuoso proceso de hacer novelas. Su nombre pasó al olvido y su novela se volvió poco más que una anécdota en empolvados estantes que nadie visita.

¿Existe acaso peor destino que la irrelevancia? ¿Hay un castigo más cruel, un mayor arquetipo de injusticia que una obra maestra condenada a la ignorancia? Probablemente no. Lo más curioso es que “Los juegos verdaderos” no es una novela que, a priori, debería pasar desapercibida: una historia de un estudiante formado guerrillero -en plena efervescencia política latinoamericana- que se enfrenta a la opresión estructural de un sistema monstruoso e injusto.

Es, a su vez, una novela disruptiva en su estilo: involucra tres planos temporales – todos entrecruzados entre sí- que, a su vez, son representación de procesos con los que todos nos asociamos (infancia, juventud, adultez temprana). Pero el punto trascendental en la novela -y quizás la razón que más indigna- es su atrevimiento: un lenguaje simbólico, alegórico, y, a fin de cuentas, un lenguaje sucio. La primera página así lo demuestra: un hombre en un receptáculo limitado -una cárcel- rodeado de enormes ratas de ojos brillantes. El factor de “realidad cruel” sin embargo, no se detiene. Escenas de despertar sexual sin dificultad en la explicitez. Momentos nauseabundos, en los que los personajes, sometidos a la peor situación y a una inmensa presión, hacen lo que pueden por sobrevivir: defecar unos al lado de otros, hacerse el muerto, tomar el fusil para acabar con un enemigo invisible. Sí. Cosas que incomodan.

Dentro de la anomalía de “Los juegos verdaderos”, sin embargo, reside una vocación por reivindicarla. Por encontrar en ella el eslabón perdido de la nueva novela latinoamericana -si tal cosa existiese- y un impacto inconsciente que es identificable en nuevas propuestas literarias. Suena pretencioso. Sin embargo, la realidad parece decir algo contrario. ¿Qué tan sencillo pudo haber sido para autores sin censura como Oswaldo Reynoso escribir textos impúdicos luego de estrenada la novela de los Ríos? De alguna manera, se abrió la puerta a una literatura más belicosa, más “revolucionaria”, como dijo Juan Rulfo al referirse a la novela.

Podemos decir, en todo caso, que, si Edmundo de los Ríos no influenció abiertamente a la nueva literatura latinoamericana, bien que sirvió para anunciarla: la obra sirvió, entonces, como pistoletazo de entrada para la confrontación, lo desvergonzado y lo experimental. Ahora leemos textos cargadísimos de experimentación, violencia y sexo como las novelas de Bolaño como si fuese cosa de siempre. En tiempos de los Ríos, tal cosa era inadmisible. Hoy todo eso no nos parece relevante. Releer la novela, someterla a un análisis moderno, anacrónico, ayuda a que lo sea.

La clave, por supuesto, está en las contradicciones. Una prosa bella y repujada narrando lo impensado. Un libro solemne y político contado desde la vista de un don nadie. Una alegoría política atrapada en la mente de un joven cualquiera, quien se debate entre su amor por amigos y mujer o su pasión por el país.

De los Ríos ofrece, con su estructura de racconto, un testimonio lastimero y marcado por el arrepentimiento, una especie de epitafio a una revolución que todavía no comienza. La prosa de los Ríos tiene momento conflictos: busca ser thriller, novela de romance y novela política, todo en uno. La historia, entonces, acoge muchas historias: historias de amigos, de jóvenes marginados, de mujeres enamoradas, de padres decepcionados y pobres armas al hombro.

Hay, entonces, un cierto valor de humanidad: un acercamiento a lo más escabroso de nuestro espíritu, a nuestra maldad, nuestra venganza. Es una novela que se permite los sentimientos: escenas de despedida, momentos de enfrentamiento, la muerte, tanto física como simbólica, de un idealista, socavado por un gobierno férreo en su crueldad. Mientras el protagonista sufre las penurias de la cárcel, los lectores tratan de armar las piezas perdidas, de entender qué significan estos retazos sueltos en las páginas, qué significan estas historias amontonadas. La experiencia, para cualquiera, abruma. Permanece.

Resulta curioso. La novela que pocos leyeron. La novela que influencia sin que los influenciados lo supieran. Quizás algo de ello nos pueda decir algo de los 60 años que han pasado desde el estreno de “Los juegos verdaderos”. La vida, luego de tanto, sigue siendo incierta, sigue siendo danza de ratas. Una cárcel.

*Recientemente se publicó una nueva edición de “Los juegos verdaderos” por Cascahuesos editores, (Arequipa), originando conversatorios y relecturas.