Por Luis Gavidia

No tengo de qué escribir, y ya son cerca de las cinco de la tarde de este sábado. Fumo dos cigarros tratando inútilmente de comenzar una línea. Escribo tres palabras, tomo el papel manuscrito, lo hago una bola y trato de tirarlo a la canasta de basura. Fallo debido a lo lleno que está de otras bolas de papel hechas previamente. Me levanto frustrado cuando escucho a un grupo de niños jugar a las escondidas. En vista de mi actual ineptitud para desarrollar un buen artículo, subo a mi cuarto y desde la ventana veo cómo juegan esos niños. Me da risa cómo el más gordito y cabezón se pica por no querer llevar la cuenta. No saben cuánto hace recordarme cuando tenía su edad. Me concentro tanto en la discusión que no escucho que mi celular suena. Veo a la gente del barrio, aquellos con los que jugaba a las escondidas al igual que ese niño, y escucho gritar “Mateooooo”, volteo y eran ellos. “Baja pe, huevón” me dice uno de ellos. “¿Qué hay?” respondo, con un tono distraído. “Vamos a ir a la loza para ver los partidos”. “Voy en un rato pes, voy a cambiarme sigo en pijama”. Así ellos continuaron su rumbo y los vi perderse por la calle Abraham Valdelomar rumbo al complejo.

Cada verano, en mi barrio de Surco, se juega un campeonato de menores en donde los fines de semana la urbanización se paraliza. Se vive una fiesta. Se venden picarones, anticuchos, gaseosas, raspadillas. Desde hace un par de años se prohibió el consumo de alcohol, así que la gente se va hasta la puerta y brinda con cerveza “Cristal” para refrescarse del sofocante calor. Las tribunas se llenan, son dos tribunas en oriente, bancas en occidente, en sur hay un mini-gimnasio y una pequeña tribunita. No hay tribuna norte, a pesar que la zona sea hincha de la “U”, debido a que para el lado de la tribuna norte se encuentra la cancha de básquet y vóley. No tenemos palcos, sin embargo, los salones parroquiales están en el segundo piso de la iglesia que está detrás de la loza, así que también hay gente que de ahí ve los partidos.

Me terminé de vestir, agarre mi llave, algo de dinero y salí de mi casa. El juego de escondidas ya había terminado. Los niños también se dirigían a las losas a ver el partido. Al entrar, pido unos picarones. “Tía, bien servido ah” le digo a  Doña Jimena, quien lleva vendiendo picarones todos los veranos desde el 87. “No te preocupes, sobrino”, amablemente. Le faltan dos dientes de la parte frontal de su boca, y pese a ello es de las sonrisas más cálidas que he visto en mis cortos años de vida. Busco en la tribuna a mis amigos. Uno de ellos alza la mano. Me dirijo a la tribuna cuando de pronto escucho: “¿Mateo?”. Pensé que la vida me jugaba una broma. Es imposible. Sin embargo allí estaba ella. Renata.

Renata Bocanegra Fajardo, qué mujer. El amor de mi vida desde que tenía uso de memoria. Era de contextura normal, con cabello ondulado, piel morena bronceada por el verano hacían que la inocencia  de su personalidad se perdiera en su seductor atractivo físico. Tenía las piernas contorneadas, pero no por estar en un gimnasio. Eran esas piernas por haberlas usado para jugar los juegos de niños, por el teatro, por los deportes que practica. Sus ojos perforadores hacían entorpecer a cualquiera, especialmente a mí. De sus labios salían palabras gentiles y amables.

“¿Hola, cómo has estado?”, le pregunte, regalando una sonrisa de asombro y felicidad. “Bien, todo tranquilo… ¿podemos hablar?”, me preguntó algo preocupada. “Claro, desde luego, vamos al primer parque, nos sentamos en la banca y hablamos”. Con sus ojos penetrantes notó mis intenciones, me miró de pies a cabeza como examinándome y sin responderme se dirigió a la entrada del complejo. Alzando las manos e indicando “espérenme” les señalé a mis amigos y estos me devolvieron con un dedo medio, luego rieron y me hicieron el signo de “chévere”.

El parque que está por mi casa es diferente. Cuenta con una virgen y muchas tiendas. Decido sentarme. “¿Una gaseosa?”, le digo. Ella asiente. La traigo y le pregunto: “Dime Renata, hace dos años que no sé nada de ti. De hecho ha sido una sorpresa verte”. “He venido a pedirte perdón y a perdonarme a mí misma, si es posible”. “¿Que estás hablando?” “¿Te acuerdas cuando tenías 15 y yo 18?” “Claro, como voy a olvidarlo… esas épocas, tantos recuerdos.” “Te quiero pedir perdón”. “¿Perdón de qué?” “No fui justa contigo. Fui una mala persona, y he venido a pedirte perdón”. “Sigo sin entender”. “¿Te acuerdas de tu fiesta de promoción, y todo lo que pasó?” “No quiero hablar de eso”. “¿Ya ves?, fui injusta contigo, te ilusioné”. “Me ilusionaste… ¿Me ilusionaste? (con lágrimas entre los ojos)… No, tú me enamoraste. Ese día te ofrecí todo, algo juntos, algo estable, me dijiste que lo dejarías todo por mí pero tú (con ira) me abandonaste en el cuarto del hostal y a la semana te fuiste a Estados Unidos con tu enamorado. ¿Sabes lo que me costó? Ese verano no iba a la academia porque me la pasé en la embajada intentando que me dieran una visa, falsifiqué la firma de mis padres para que me la dieran. Pasé dos años de mi vida intentando comunicarme contigo, rogándote que volvieras… (No pude más, solo un llanto).” “Mateo, tienes que saber lo que pasó. Cuando estuve en Estados Unidos me casé. Al cabo de un año pasamos por una crisis económica y Diego se metió en negocios turbios. Un día llegaron a la puerta de la casa, me golpearon y me violaron. Ahora tengo un hijo fruto de mi matrimonio con mi Diego, que en paz descanse, pero mi problema es que tengo SIDA y voy a tratarme con mi familia en Guadalajara.” No pude contestar, tenía ira y pena a la vez. “Sé que es difícil y vine a Lima a llevarme unas  últimas cosas pero sobre todo para despedirme. Me he enterado que has tenido otra enamorada hace varios meses, una chica súper linda, hablé con Gino antes de venir y me recordó mi responsabilidad contigo. Quiero pedirte que me perdones y que me olvides. Lo nuestro es imposible. Quiero que seas libre, libre de poder estar con quien tu quieras. Tienes 18 años y tienes toda la vida por delante, no te ensañes, esto no puede ser.” “Sabes que siempre estaré dispuesto a cuidarte, y a tratar a ese hijo como si fuese mío…” “No, putamadre, ¿que no entiendes? Lo nuestro jamás podrá pasar, solo quiero que me perdones por todo.” Solo pude asentir. Ella se acercó y me besó. Su celular sonó, “Es mi hermana, mi vuelo sale en cinco horas”. Agarré valor y dije: “Reharé mi vida pero te juro que no habrá día en que te deje de amar, y si llega el momento y tú ya no estás aquí, buscaré a tu hijo y lo cuidaré como si fuese mío. Estudiaré muy duro para que nada le falte”. Me dio otro beso, pero este fue especial, diferente a otros, con labios fríos me dio un beso cálido y una sensación  extraña.

Me quedé una hora sentado solo en el parque, y luego volví y la gente ya se estaba retirando del estadio. Saqué un cigarro de mi bolsillo y comencé a fumar. De pronto, cuando estaba entrando por una estrecha calle que daba para la puerta de mi casa, escuché desde al fondo, con un dejo muy norteamericano, “Mateo Adrianzén”. Volteé, se me acercaron, me rodearon. Vi un arma de fierro, me apuntaron en la cabeza y me dijeron “¿Dónde está Renata?”. “No lo sé, ya se fue.” “En dónde esta Renata, carajo, ella tiene algo que nos pertenece y nuestro jefe nos ha mandado a buscarla.” “No lo sé, ella ya se fue.” “¿En donde está Renata?”, preguntó por tercera vez. “No lo sé.” De pronto en la calle se escuchó un estruendo, los gringos salieron corriendo de la calle. Yo solo sentía cómo rápidamente mis ojos se cerraban.

El sonido del estruendo fue reemplazado con la bulla de niños jugando, y me levanté sobresaltado. ¿Dónde está Renata?, me pregunté. Y con ironía me respondí: “No lo sé, ella ya se fue.” Tomé una hoja del cuaderno y comencé a escribir mi artículo.

Pd: Si alguien sabe en dónde puede estar Renata, o Renata si logras leer esto, ponte en contacto con la web. Ya pasaron cuatro años y te sigo buscando.

 

Nota del editor: Luego de haber editado este artículo muy conmovedor, se lo pasé a una amiga que conocí en Miami hace un par de años, en un proyecto de ayuda social al que fui como clown de “Médicos sin fronteras”. Ella lo leyó y solo atinó a decirme que conocía la historia (la respuesta fue una sorpresa para mí) y que Renata, clown también,  ya había partido hace un año. No sé si se refirió a que había regresado al Perú o si se fue más allá de la imaginación de Luis.