El arte interviene las almas. Según su contenido, se será feliz, o se verá la sombra. No siempre cumple el cometido. La responsabilidad, siempre será así, les compete en exclusivo a los artistas.

I

Llego con las justas, son ya las 7:06 pm. “La pucha”. “Su mochila, por favor”, me dice el guachimán desde su dominio en la puerta de vidrio. No lo hace por molestar. Otro joven, alumno, que pasa por mi costado ya viene preparado: su mochila abierta funge de pasaporte. “Pase”, le dice el guachimán del ICPNA; yo ya entendí. Mira mi mochila, la tantea, y con la cabeza dice que puedo. Yo puedo.

Camino hacia el fondo del hall. Veo una puerta tapizada, tan pensada en el tapiz que no veo ningún asa desde donde empujar para mi ingreso. Al final, me inclino sobre una parte, cede la puerta y entro. Hay otra, pero esta vez más fácil de discernir la manija. Ahora sí accedo. Penumbra.

II

Ya adentro, la parte baja está toda oscura, doy unos pasos, intentando confiar en mi intuición para encontrar asientos. De nada vale. Se me va el pensamiento rápido pues realmente me siento como en el cine. La película ya empezó. Se ve a Buster Keaton cabizbajo, de cara de expresiva tristeza. Le dice a su chofer, después de haber recibido una mala noticia, que prefiere caminar. El chofer se queda absorto, pero al final quien manda es el aristócrata Keaton. De unas cuantas zancadas, cruza la calle. Ya tuvo su caminata para pensar.

El público expone sus risas. Me detengo en una, la que está frente a mí. Es una risa que se toma sus pausas, a ratos lenta, pero natural al fin y al cabo. El carácter de su cabello lo señala: es la risa de un anciano. Hay otras risas similares, de las que pueden decir más sus cabellos. El público de hoy de Keaton está conformado principalmente por ancianos. Sus risas me acompañarán durante toda la noche. Si yo pienso sobre la película, ellos, menos zonzos, la viven. Si yo sonrío, ellos exploran la risa. Así durante el largo de menos de una hora.

III

Estamos viendo El navegante (1924), una película redonda del referido actor norteamericano y que fue una de las que más le gustó a él y a sus seguidores. Cuenta la historia de un joven rico que al ver una escena de matrimonio, desde su ventana y de la nada, decide contraer matrimonio. Así, simple. Empiezan los preparativos, va a pedir la mano, le dicen que no. Apesadumbrado, igual debe tomar el barco que anticipadamente programó para su supuesta luna de miel. La historia da un giro completo pues el barco, al ser uno de los que sería dirigido a una guerra, es apartado del muelle al que ha sido amarrado producto de un boicot operado por una banda de agentes del país enemigo. Hay una mujer dentro, la hija del armador del barco. A su padre la banda de malhechores lo ha secuestrado cuando este va a hacer unas revisiones. La hija va a buscarlo al oír sus auxilios. Dentro, se da cuenta que el barco se separa del muelle. Ella y Keaton solos en un barco en alta mar y a la deriva. Por cierto, ella es la dama que le negó el casamiento al “joven burgués”.

IV

Los gags –o episodios de comedia- de esta película muda de los años 20 la recorren de palmo a palmo. No solo empiezan hilarantemente entre la joven pareja ni bien esta se sube al inmenso barco, momento en el que ocurren los sucesos más absurdos pero también los más creativos (atractiva la forma en que el aristócrata Keaton ve volar su sombrero por la fuerza del viento y se las ingenia para recuperarlo mientras va en rápida búsqueda de su amada –y ella también- a lo largo de los tres espacios del barco; de igual manera su disparatada y tenaz pelea en el fondo del mar contra el pez espada), sino al inicio. Apenas de empezada la película, Buster Keaton ya dio la “eficaz” caminata. Su rostro que denota pena, a nosotros nos provoca risa. Es ese el rasgo principal de este actor norteamericano de inicios circenses y teatrales: el gesto.

V

La luz de la linterna aparece como luz intrusa. Su mensaje es claro: ya acabará la película. En efecto, la mirada perdida de Buster Keaton nos despide desde el submarino salvador. La última escena es otro momento cómico más. Antes de levantarse, el respetable da obsequiosas palmas. Los focos se prenden y una chica del ala derecha del auditorio me mira como bicho raro: entre la mayoría de ancianos, ella se cree la única joven, pero mi presencia le hace saber que no es así. Nos miramos, pronto le quito la vista para seguir el movimiento de los viejitos. No se retiran en colectivo, algunos sí, pero otros individualmente, como es el caso del señor de mi costado, como es el caso de ese señor de saco, chalina y sombrero caído que camina con las manos en los bolsillos.

VI

– ¿Siempre vienen así?

– Siempre, siempre. Es también por ser el cierre del ciclo de cine mudo.

Quien responde mi pregunta es el portador de la linterna. Él me dice que cada lunes el ICPN reproduce en su auditorio películas de cine. Si bien ya culminó el ciclo de cine mudo, se dará inicio pronto a otro ciclo, igual de gratis e igual de masivo. Lo que es seguro es esto: de entre el público, siempre habrán sus viejitos.

– ¿Siempre vienen los viejitos?

– Siempre, nunca faltan.

VII

Voy al baño y ahí están los sujetos de mi curiosidad. Entro y se conversan. Hay críticas de la película, “Buena la película”. Hay críticas a la organización, “50 minutos… ¡Antes duraban más!”. Sigo siendo el bicho raro. Pero no importa el contraste, igual se sigue hablando de la película. Salen, entran, uno se queda en el espejo más del tiempo promedio: es el señor de saco, chalina y sombrero caído.

VIII

Realmente, lo que más me ha sorprendido de esta noche son los grupos de viejitos, que no son homogéneos. Puede verse al señor de vestuario sobrio pero elegante, pero también al señor de casaca deportiva descuidada y jean raído. La señora del cabello desarreglado que camina torva, como también al señor de pretendidos aires juveniles, con canas eso sí, que va a casa para ver al nieto. Estética y clases sociales.

Se va un grupo en dirección a Emancipación; de ellos, un puñadito se detiene. Parece que se quedaron con las ganas del entretenimiento audiovisual. Metros a la derecha del ICPNA, en una tienda de dvd’s y cd’s refugiada en una antigua casona, de esas que hay en el Centro. Paran la marcha para ver cómo Juan Gabriel les arroja alcohol a la platea a la hora de interpretar una canción. La edición es buena, y el sonido y la teatralidad de Juan Gabriel invitan a quedarse. Hay unos que se resisten, como el señor de saco, chalina y sombrero caído. Arrojado el trago, este se va.  Se aleja despacio, despreocupadamente. De pronto se voltea, instintivo, para verme. “Me ha pillado”, pienso, pero le conservo la vista. Nos miramos, Dios sabe qué pensará. Regresa a su nocturna rutina. Pero se vuelve a parar. Ya no voltea, solo se queda estático, ni tienta el regreso o la media vuelta. Solo se para. Segundos después, su figura se pierde, lenta, despreocupadamente.

IX

Quedan un grupo de viejitos. Juan Gabriel es un espectáculo, todos lo sabemos. Termina la canción, nos preparamos: “Cuando tú estás conmigo, es cuando yo digo…”, entona Juan Gabriel. La melodía habla del sufrimiento, del encuentro, del sueño o la realidad, pero siempre de la compañía, del amor que se merece, de la felicidad que se logra cuando este se tiene. La melodía pide por eso un abrazo, como símbolo de la unidad, pero también refiere a Cronos. “Nada es como ayer…”.

“Abrázame que el tiempo pasa y él nunca perdona

Ha hecho estragos en mi gente como en mi persona

Abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo

Abrázame que el tiempo es oro si tú estás conmigo

Abrázame fuerte, muy fuerte, más fuerte que nunca

Siempre abrázame…”

Se ha hablado del tiempo, pero también de la compañía. ¿Qué compañía es esta? ¿Por qué no se celebra? ¿Por qué tiene rasgos nostálgicos? ¿Por qué se pide mirar al cielo, ver esa palabra “te quiero” en el firmamento? ¿Por qué no pide las miradas propias? ¿Por qué el abrazo? ¿Por qué la herida? ¿Por qué llamar al cielo como testigo del crimen? ¿Por qué ese maldito rechazo al tiempo? ¿Por qué la necesidad de mencionarlo? ¿Por qué su crueldad? ¿Por qué su “a nadie quiere”? ¿Por qué su falta de piedad?

Las preguntas, que no pueden mantenerse serenas pese al objeto del violín, son enfrentadas y vencidas por la fuerza de la percusión que retumba, que aparece de la nada con fuerza inmisericorde, de impacto; por las trompetas, por las eficaces órdenes del director de orquesta, por el coro de mujeres que nos desplaza a regiones religiosas. La música nos ata, una joven pasa y canturrea una parte de la canción.

Los abrazos como signo de supervivencia, la gratitud por lo dado, la correspondencia por los actos cotidianos, de resolver el dolor mediante eso, de resolver ese dolor permanentemente oculto en nosotros por la confianza rota, por el juramento vano, por la entrega de la vida a manos sucias, blanqueadas por la nada, la entrega, el castigo de la no correspondencia. Los abrazos por la abstinencia del mañana, por el pronto fin, porque no hay marcha atrás y estamos no obstante. La canción nos martillea a todos: ¡Abrazos, abrazos… solo quedan los abrazos!

“Abrázame que el tiempo pasa y ese no se detiene

Abrázame muy fuerte, amor, que el tiempo en contra viene

Abrázame que Dios perdona pero el tiempo a ninguno

Abrázame que no le importa saber quién es uno”

Como si sintiera que la letra es suficiente para él, uno de los ancianos se retira. Otro se queda.

“Abrázame que el tiempo pasa y nunca perdona

Ha hecho estragos en mi gente como en mi persona

Abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo

Abrázame muy fuerte, amor…”

Se aprovecha el suspenso, el que queda se va con un rostro que no me dice paz. Las letras han sido látigos; los receptores, lívidos. El vendedor se encarga de devolvernos a lo nuestro. Cambia el video. Rompe el hechizo.

– “¿Cuánto está?” – pregunta una compradora.

No quedan rastros de los viejos, apenas un par, apoyado en un poste cercano a la pista.

24-07-15