03:17 pm. La imagen habla por sí sola.

Fue la primera vez que esperé el inicio de un conversatorio con una hora de anticipación. Fue la primera vez que vi el auditorio de la Facultad de Humanidades completamente lleno, tan repleto que incluso los pasillos servían como butacas: “Dos personas en cada escalón, por favor”, escuché decir a los organizadores mientras silenciaba mi celular y alistaba mi libreta de apuntes. La mayoría de personas presentes fueron estudiantes de primer ciclo que, por un aviso de sus profesores del curso de Historia del Siglo XX, separaron en su agenda el día jueves 6 de abril a las 4 de la tarde, incrédulos, para poder escuchar la historia de un ex soldado peruano que luchó en la Segunda Guerra Mundial.

Jorge Sanjinez (Moquegua, 1917) es su nombre y es una de las pocas personas que pueden darse el lujo de decir que vivieron en tiempos de José Carlos Mariátegui, Marilyn Monroe y Winston Churchill. Podríamos concluir, desde un principio, que su vida fue de aquellas que estuvieron cargadas de grandes hazañas, historias que un abuelo puede contar a su nieto mientras lo escucha atento con las manos en el mentón. Siendo él muy pequeño, se mudó a Bolivia junto a sus familiares; a los 12 años, Jorge huyó de casa, para luego pasar tres años de su vida en La Paz y, por fin, volver al Perú. Luego, su vida entró en una etapa muy difícil: sin el apoyo de sus familiares, recorrió la ciudad de Lima alternando entre pequeños trabajos que le ayudaban a sobrevivir. Pero todo cambiaría unos años más tarde. En 1942, se enlistó para pelear en la Segunda Guerra Mundial por el bando belga. Participó en la campaña de Normandía y -afortunada o desafortunadamente- no apretó el gatillo el 6 de junio de 1944, conocido como Día D. Sin embargo, pudo participar en la liberación de Bélgica y Países Bajos. La Cruz de Guerra belga fue su
condecoración, una merecida condecoración.

Llegó al campus universitario de la PUCP en una silla de ruedas y acompañado de hombres de traje. Inesperadamente, el silencio invadió el auditorio de Humanidades cuando lo pudimos ver entrar minutos antes de las cuatro de la tarde. Esperé unos cuantos segundos y todo el mundo empezó a aplaudir, dándole la bienvenida. En el momento en que le tocó narrarnos su experiencia, sentí que sus palabras me transportaban a un lugar que nadie en el auditorio conocía, pero que podía ser recreado con un poco de imaginación.

Quien hizo todo esto posible fue José Ignacio Mogrovejo, alumno de la PUCP que se encuentra en quinto ciclo de EEGGLL y que no se arrepiente de haber dedicado unos cuantos años de su vida a contactar con Jorge Sanjinez y elaborar una profunda investigación -cargada de un sinfín de datos divertidos y conmovedores- que plasmó en un libro llamado Yo no me perdí: memorias de un voluntario peruano en la Segunda Guerra Mundial.

“Me siento muy orgulloso de revelar esta historia al mundo, porque eso me demostró que si algo te gusta verdaderamente, no habrá obstáculo que te detenga”.

Mientras observamos cómo las personas rodean al ex soldado, José Ignacio agrega: “Todo esto fue una prueba para mí, y la mejor remuneración que pude recibir fue el saber que mi esfuerzo ha valido la pena”. Paciencia, tiempo y perseverancia son tres palabras que le pedí elegir en unos pocos segundos. Sus padres y su hermano, quienes estuvieron apoyándolo en las buenas y en las malas, también estuvieron presentes.

La importancia de los testimonios

“Los testimonios no deberían estar subvalorados, pues te pueden dar una perspectiva de los hechos históricos que no encuentras en documentos o libros, son anécdotas que solo pueden ser detalladas por quien vivió el suceso en carne y hueso. Aquellas experiencias reales -por más particulares que sean- son las que construyen, poco a poco, la historia”, aseveró Jesús Cosamalón, historiador y profesor de la PUCP que asesoró a José Ignacio en su investigación. Asimismo, afirmó que es muy probable que nuestra universidad sea la primera en el Perú que invite a un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial a dar su testimonio en un conversatorio. Mientras converso con Jesús Cosamalón, la voz de una profesora se filtra entre las palabras intercambiadas: “La historia la están viviendo; no la están leyendo”. Ahora que lo pienso, tiene razón. No hace falta ir al pasado para poder entender que cada acción que hagamos constituye una pieza importante de ese rompecabezas llamado historia de la humanidad.

Al finalizar el evento, un hombre desconocido, alto, con unos cuantos kilos otorgados por la edad, de aproximadamente unos setenta años, se acercó a hablar con Jorge Sanjinez. Lo que debería ser una simple conversación se extendió por varios minutos. Sin embargo, nadie, ni el tiempo, se atrevió a interrumpirlos.

— ¿Qué es lo que sentiste? -le preguntó-. ¿Qué se siente encontrarte rodeado por enemigos y jalar el gatillo?

Pude sentir cómo la expresión de Jorge Sanjinez cambió, tratando de recordar aquellos momentos de soledad y amargura por los que tuvo que pasar. Quizás se le vinieron a la mente los cascos rotos, las armas pesadas que cargaban los soldados o la sangre que se confundía con la suciedad de los trajes aliados. Es difícil leer la mente de un hombre de cien años, no porque sea imposible encontrar pensamientos, sino porque son infinitos.

Alzó la mirada al hombre y le respondió:

—Tú solo disparas. No estás seguro de si acertaste el blanco, pero tú solo disparas; te encuentras en medio de la oscuridad y no sabes si el enemigo está allá escondido. No te voy a mentir, creo que maté a unos ciento cincuenta soldados alemanes. Pero así es la guerra.

 

Para este momento, el hombre desconocido había sacado un pañuelo de su bolsillo. En un primer momento, pensé que se lo iba a entregar a Jorge, pero no fue así; lo utilizó para limpiarse las lágrimas. “Los soldados no lloran”, pensé en ese instante. Pero quién sabe. Esos son secretos que solo soldados como Jorge Sanjinez conocen.