El agente topo es la inusual historia que cada año refresca la cartelera de cine. Dice ser de no ficción, pero sus detalles y narrativa parecen definitivamente montados. Se muestra como una ligera comedia, pero deja a la audiencia repleta de lágrimas. Afirma que se trata de un misterio, pero el misterio deja de ser el enfoque principal una vez que conocemos a su protagonista. Como vemos, no estamos ante contradicciones, sino pequeñas sorpresas, pequeños matices que, de una forma u otra, hacen de esta historia una experiencia trascendente. Veamos.

El agente topo parte como una misión. Se reclutan personas de 80 años a más para que se infiltren dentro de un geriátrico e investiguen si es que una de sus residentas está sufriendo abuso. El elegido es Sergio, amable y picaresco, abuelo y padre, quien acepta el trato. La cámara sigue a Sergio día a día en su misión, en sus reportes a la agencia de detectives privados y en sus interacciones con los variopintos residentes del lugar. Es el agente topo, con lo que ello implica.

El agente topo es el tipo de experiencia reconfortante que tanto necesitamos ahora, con todo lo que estos tiempos deparan. Puede ser artificiosa, pero se siente genuina, y eso es lo que importa. Las idas y venidas del espía más particular del mundo son filmados con cuidado y atención. Es un film atmosférico, de escenarios antes que trama, de contemplación antes que reacción. Digamos que no es muy fácil criticarla. Resulta pícara, entrañable y memorable, igual que su protagonista. El estilo, a medio camino entre la comedia y el misterio -y uno tan elegante como el champán- nunca desentona. 

Para nuestra suerte, la historia no es complicada de seguir. Eso hace que pongamos más atención en el agente y sus deducciones. A veces parece irse por las ramas, pero ese estado libre y caótico es parte de su encanto, representando verídicamente la perspectiva de su protagonista. Esta no es la historia jovial y cambiante que contaría un agente en sus 30, sino la versión reflexiva y serena de alguien que ya superó esa etapa hace mucho. Eso, sin embargo, no es igual a aburrimiento. Ya hablamos de las sorpresas por montones. De su impacto. 

El personaje principal, leal y afable, no puede aburrirnos. Es el abuelo que la audiencia desea tener, aún con sus manías y deslices. Quizás se trate de uno de los personajes del año, y buenas razones tiene para serlo: por una vez, la pantalla se enfoca en la tercera edad, en alguien poco cínico y mucho más confiado, en un agente que es todo lo que un arquetipo del cine noir no. En tiempos en los que el cine cuestiona lo establecido, el film noir también necesita  una relectura, más cuando ha promovido numerosos discursos impositivos: masculinidad dura, personalidad fría, en conflicto. Pero nuestro inspector es todo lo contrario, demostrando que una buena labor de investigación puede hacerse con humor y gracia, con respeto y soltura. Otro mito derribado. Será eso lo que mantiene el misterio relevante.

Y es que, a pesar de los jugosos detalles sobre la rutina el geriátrico, el misterio atrae. Simple y preciso. La idea de una clienta anudada en el lugar se hace cada vez más disruptiva conforme avanza el film, ya que la imagen del lugar, de descanso y esperanza, se enfrenta a la idea del abuso. ¿Sería posible que alguien estuviese siendo abusado en silencio, mientras el resto disfruta inocentemente? No nos convence. Pensamos, entonces, en la alternativa. ¿Será todo este misterio una simple excusa para culpar del abuso a un tercero? ¿Será que la madre de la clienta, avergonzada por no tener suficiente tiempo para ella, necesita delegar la responsabilidad a alguien más? Suena razonable. 

Este punto se ve constantemente reforzado por la empatía. La humanidad del film, hecha a partir de la rutina y los detalles, es impresionante. Cada diálogo sirve en su favor. Cada personaje dentro del geriátrico, con sus chismes y chifladuras, tiene algo qué contar. Y lo hace bien. La coqueta residente que se enamora de nuestro detective estrella. La mujer silenciosa que parece guardarse un muy buen secreto. La confiada residente que espera pacientemente por una visita de su familia. La residente cleptómana. Y, por supuesto, quizás la más entrañable, la residente poetisa, cuyas rimas apaciguan los nervios de sus demás compañeros y compañeras. Cada una de estas historias vale la pena por sí sola. Conocerlas todas, en un periodo corto de tiempo y de forma natural, es bastante agradable.

Si el film funciona como una caja de sorpresas, eso se traslada fuera de la narrativa y se mantiene en los detalles. Sorprende su lado técnico. La fotografía es brillante, abierta y bastante cálida: complemento perfecto a la historia La música, con un marcado sentido neo noir y mucho camp. El montaje, igual que su protagonista, se toma su tiempo, resulta meticuloso y correctamente pausado. Con tanto detalle, seguimos dudando de la premisa de un documental encubierto. De todas formas, conviene creerlo. Nos gusta pensar que algo podría ser certero, que la ficción no se entromete en todo. Bueno. La complicidad con el film es más sencilla cuando su protagonista parece incapaz de mentirnos.

El film nos dice algo que ya sabíamos, pero que, como otros tantos tabúes, no queremos aceptar. Bueno. El inspector lo hace. Y de frente. La sociedad se ha olvidado de sus mayores. La edad se vuelve un medio de cambio, el capital social que define el valor de un individuo. Y así se hacen comunidades como esta, intentando sobrevivir a un sistema de dejadez y rechazo, de excusas y desidia. La comunidad y sus rituales -pequeños, pero necesarios- son lo que los mantiene en pie. El filme también se da el espacio para filmarlos: bailes y carnavales, conversaciones cotidianas, relaciones y alianzas entre los miembros del lugar con sus cuidadores. Entender este microcosmos ayuda a empatizar.

El film cierra así, con la despedida. Sentimos nostalgia por algo que todavía no experimentamos en carne propia, pero que, cuando lo hagamos, seguro será mediante el lente de este agente topo. Mejor.