Desde pequeños, las palabras ‘’bien’’ y ‘’mal’’ han funcionado como unas de nuestras principales direccionales al momento de decidir cómo actuar y comprender el mundo. Muchas veces hemos escuchado que es tarea de los mayores educarnos en ‘’ser personas de bien’’. Y hasta ahora, por más que sepamos que nada en este mundo es blanco o negro, o querramos pensar que hemos tocado el fondo filosófico del universo al decirle a quien se aparezca con un problema que todo es absurdo y nada realmente importa, terminamos recurriendo a estas dos palabras para decidir nuevamente. Mientras la vida pasa, las personas entran y salen de nuestro pequeño espacio-tiempo del mundo y, especialmente cuando ocurren conflictos, tendemos a preguntarnos ‘’¿estoy actuando bien? ¿soy una buena persona? ¿es la otra persona quien está mal?’’. Usualmente, relacionarnos, sin mucha consciencia de ello, el tener la razón con el ser buenos. Pero de nuevo, en este mundo en el que todo parece mezclarse y nada sale a relucir como una única respuesta correcta ¿se puede ser bueno y nada más? y, por consiguiente, ¿se puede tener la razón y nada más? Curiosamente, en las series que muchos de nosotros vemos, si bien la escala de habilidades, posibilidades y emociones se encuentra muy distorsionada de la nuestra, también el mundo gira en torno al bien y el mal.

Uno de los pensamientos sobre este tema de Platón -un individuo griego cuyo pasatiempo principal era sentarse a pensar- era que ningún hombre deseaba realmente el mal: quienes deseaban el mal era porque o creían que eso era el bien o creían que el mal les iba a proveer del bien. Por esto, la razón -facultad esencial del ser humano- siempre guiaba a la persona hacia el bien, por más que este se muestre ante nuestros ojos de distintas maneras. Ciertamente, esto parece cobrar mucho sentido cuando examinamos ciertos casos desde una perspectiva de tercera persona, cuando nosotros  no somos los encrucijados por las circunstancias pero, tal vez triste, tal vez mejor- ‘’verdad’’ es que nuestra vida solo la sabemos nosotros.

En realidades distintas a la nuestra -donde nosotros sí somos espectadores externos a ellas- también vemos desplegarse esta humana dicotomía del bien y del mal. Los bandos de héroes y de villanos son marcados desde el inicio, desde la narrativa, siendo el protagonista y su grupo de compañeros los héroes, hasta la estética, ya que podemos reconocer solo por su imagen el lado que va a defender el personaje en ese universo. Así, nosotros podemos claramente diferenciar entre el bien y el mal, entre qué deberían hacer, y qué acciones o planes solo guiarán al caos o la destrucción de su mundo.

Naruto y Boku no Hero Academia, dos de los animes shonnen más famosos de la última década, son dos claros casos de que tanto villanos como héroes persiguen el bien a pesar de tener una brecha enorme que los separa en dos grupos. En el primero, todos los ‘’villanos’’ de turno -Pain y su grupo Akatsuki, Madara Uchiha– creían que el mundo shinobi se encontraba en la perdición total, y que prueba de eso eran todas las guerras entre naciones que habían ocurrido a través de la historia. Razones no les faltaba para creer eso: claramente el mundo shinobi sentaba sus bases sobre el dolor y la muerte de personas no tan importantes como los ninjas de élite o los comandantes de cada nación. Por esto, el plan maestro de cada ‘’villano’’

era lograr la paz auténtica, y así alcanzar la verdadera armonía que se había perdido hace mucho tiempo. Nosotros estábamos de lado de Naruto cuando pequeños, pero al ver toda la historia del niño del zorro de las 9 colas de nuevo, caemos en cuenta que las cosas no eran tan claras. Si bien quiénes representaban el bien y quienes el mal no era difícil de ver, nos damos cuenta que la razón puede dar muchas vueltas confusas y así perder el camino.

El mundo de Izuku Midoriya y All Might sigue la misma estructura: los héroes son nuestros compañeros en esta historia, a quienes queremos ver

desarrollarse y triunfar. Los villanos, por otro lado, manchan de oscuridad y maldad cada escena en la que aparecen. Sin embargo, de nuevo, aparece un villano –Stain– cuya causa de acción es la recuperación de un verdadero ideal de héroe que, debido a la mezcla de este cargo con un salario y el reconocimiento social, se ha desvanecido. Así notamos que hasta los peores villanos son los que creen seguir el verdadero camino del bien.

Uno puede criticar más o menos esta construcción de historia. Puede señalar que es muy poco realista, que es cliché, que es monótona, y tal vez tenga razón, pero una historia no necesita ser siempre adecuada a nuestra realidad: los clichés pueden disfrutarse si se trabajan con excelencia, y las historias monótonas dependen mucho de los personajes en ellas. Sí se puede decir, en todo caso, que esta forma de concebir el eterno dilema del bien y el mal es la más idealista y la más fácil para asegurar que el lado del mal no caiga es lo absurdo. Este punto de vista de Dios en torno a esta constante lucha moral que se maneja en las series de este tipo asegura que el panorama parezca muy claro y que podamos distinguir las formas correctas e incorrectas de actuar. Pero no hay regla ni filosofía que aplique para todos los casos.

En el mismo arte, también, encontramos ejemplos que tratan desde una perspectiva más interesante y, de cierto modo, humana, este insoluble tema. Tokyo Ghoul es un manga y un anime de los últimos años que alcanzó una fama, si bien no tan alta como los dos anteriores casos, y reconocimiento no solo por su alta estética técnica de dibujo de Sui Ishida, sino porque nos

envuelve en una perspectiva fuera del canon en este tipo de historias. Protagonizada por Ken Kaneki, Tokyo Ghoul nos muestra un mundo en el cual la humanidad está amenazada por estas criaturas llamadas ghouls que devoran a nuestra especie y poseen algunas otras habilidades especiales; sin embargo, dejando de lado la fantasía, son iguales a los humanos en lo físico y espiritual. Uno de los pilares de esta historia es la compleja e interesante conducción de los hechos, lo cual provoca que nuestra mente no categorice instantáneamente quiénes son los buenos y los malos: su protagonista se convierte en un ghoul y convive con estos enemigos de la humanidad, ganándose a la vez nuestra empatía y cariño. El brindarnos una vista a esta situación, en la cual no sabemos si los personajes se encuentran actuando bien o mal o qué deberíamos desear

que ocurra, o a quién deberíamos desearle la victoria, genera que Tokyo Ghoul se diferencie mucho de otras historias en las cuales los dos grupos también se encuentran claramente marcados. Y es que nosotros, en nuestra realidad -sin problemas como los del protagonista- muchas veces nos encontramos en el mismo lugar que Kaneki y sus amigos: no sabemos más ni quiénes somos, ni a donde ir ni cómo actuar. El hecho que Kaneki posea un pasado humano -y cariño hacia personas ‘’normales’’-, pero que haya perdido su ‘’humanidad’’ por una serie de eventos,  provoca un natural lazo emocional con el espectador. A veces nos encontramos tan alejados de nosotros mismos cuando miramos en retrospectiva, que llegamos a dudar de si continuamos siendo nosotros, si seguimos poseyendo los rasgos humanos básicos -o si sabemos cuáles son estos-, como si hubiéramos perdido toda orientación en este mundo. La humanidad de nuestros antagonistas brindada por esta historia, sin duda expande el territorio del dilema moral. 

Otro caso es el del anime y manga ‘’Monster’’ de Naoki Urasawa. Esta historia es un poco más madura y sobria que las anteriores, pero la manera en que retrata el paso del individuo en distintas etapas de su vida,  y cómo el dolor y las tragedias pueden hacer que uno no solamente malentienda el bien, sino que desconozca ya el significado de esas palabras y se encuentre

totalmente perdido, es totalmente memorable y muy bien lograda. El protagonista de este misterio es el Dr. Kenzou Tenma, un joven médico japonés que vive en Alemania. Al comienzo, el protagonista se encuentra en un muy buen lugar y tiempo de su historia: está comprometido con su novia, su reconocimiento en el hospital crece cada vez más, y se encuentra muy seguro del camino que ha escogido al convertirse en médico  y salvar vidas todos los días.

Sin embargo, un día le toca afrontar un dilema que a cualquiera le causaría un colapso moral: tiene que elegir entre operar al alcalde de la ciudad y a un niño que recibió un disparo, ya que ambas operaciones tienen que darse simultáneamente. Así, aprendiendo del pasado, decide salvar al niño quien primero había ingresado a emergencias, dejando en otras manos la vida del alcalde. Este hecho desemboca en consecuencias que cambiarán totalmente la vida del Dr. Tenma y que lo atormentarán por mucho tiempo, perdiendo completamente su identidad en el paso del mismo. Vemos un cambio paulatino pero radical en el protagonista, que al mismo tiempo cautiva por su sensación tan realista. De una figura de médico con un gran futuro a alguien desconocido, en fuga del presente buscando remediar el pasado, Tenma es un protagonista que deja de ser simplemente un héroe, y comienza a ser sumamente humano hundido en las circunstancias. Asimismo, el antagonista de esta historia, Johan, es la personificación del lado más oscuro, oculto y que tanto nos esforzamos por negar del ser humano. No genera empatía, pero tampoco odio: al ser él el centro de los hechos o en sus icónicas apariciones, Johan genera miedo, estrés e incluso culpabilidad a quién esté siguiendo la historia.

Walter Benjamin decía que la historia es, en realidad, el relato de los ganadores y que todo el conocimiento humano toma la forma de interpretación. Y es que en un mundo ideal, en donde todos tenemos la certeza de que estamos en el camino del bien, los ganadores siempre van a ser los héroes. Sin embargo, existen otros relatos, más reales, más humanos que nos encuentran en universos diferentes al nuestro. En ellos, la rígida estructura se rompe y nos libera. Tal vez, el abrirnos a aceptar lo complicado que es ser humanos, es el primer paso para una dirección de vida, para un sentido de todo. El bien y el mal son conceptos que ninguna otra criatura maneja como nosotros lo hacemos. No podemos percibir el mundo fuera de nuestro humano punto de vista que pretende, tal vez por angustia, universalizar el universo mismo, como Dios lo haría. Tal vez solo así, se podría distinguir en todo tiempo y circunstancia lo que es, lo que no y lo que parece, pero no es nunca el caso. Como leí una vez, solo Dios sabe y no existe. No sé si lo último sea cierto, pero es cierto que nosotros desconocemos otro mundo aparte del humano. Incluso los universos más irreales son creados por nosotros y entendidos a nuestra manera, por lo que el bien y el mal siempre estarán presentes, en esta realidad o en cualquier otra.