Es triste un país en el que  las personas que fueron elegidas para representarnos sean completamente repudiadas, salvo honrosas excepciones. Es triste un país en el que se reclame por un mínimo de decencia y respeto a personas que – por su cargo – deberían ser las más honestas y correctas del país. Es triste un país en el que los ciudadanos no tengan otra opción más que salir a las calles llenos de tanta indignación, coraje e impotencia. Es triste.

Es triste un país en el que las personas destinadas a velar por nuestra seguridad y bienestar como ciudadanos sean las mismas que no te dejen caminar y reclamar en tu misma ciudad, que te lancen ordas de gases lacrimógenos, que no te respondan cuando les preguntas porque lo hacen, si no se ha agredido a nadie, no se destruye inmobiliario, no hay vandalismo. Es triste un país en el que las “fuerzas del orden” no te respondan, no te miren a los ojos, que no tengan argumentos para impedirte ejercer tu derecho como civil, que sepan que tu reclamo es justo, lleno de la indignación que sentimos al enterarnos que se reparten el Estado cual  botín. Es triste un país en el que la única respuesta que tengas es “Así es, estos siempre han sido así”. Es triste, en verdad.

Es triste, increiblemente triste ese país. Ese país es el Perú. Nuestro Perú. Ese Perú del que tanto se enorgullecen algunos porque de aquí salieron diversos conjuntos de ingredientes  que combinados sabían bien. Ese Perú es un país triste. Hoy lloro por ese Perú. Lloro de pena, rabia, cólera e impotencia. ¿Cuándo cambiaremos este triste país que es el Perú? Pero ningún policía supo ni quiso responder esto. Ni el policía, ni el serenazgo, ni el loco tirado en la calle. Tal vez la respuesta se perdió entre tanto interés, coima y mentira.

Por Arturo Portal