A pesar de que la mayoría de medios de comunicación hayan insistido en calificar a la última movida política en el Ejecutivo como un “cambio de gabinete”, lo que realmente aconteció fue apenas la salida del premier y el ministro de la cartera de Educación. Contrario a lo que el sentido común nos podría indicar, el flamante presidente del Consejo de Ministros, Cesar Villanueva, llega al cargo sin llevar a gente allegada a su entorno con la finalidad de reemplazar a ministros ya desprestigiados; desaprovechando esta suerte de “oxigenación” justa y necesaria.

La idiosincrasia típicamente centralista que suele primar en los medios de comunicación, nos podría sugerir que Villanueva es un outsider, casi un desconocido que emergió de la nada. Nada más lejano de la realidad. El nuevo premier posee un perfil altamente político, relativamente hablando, si es que lo comparamos con antiguos agentes como Valdez y Jiménez, quienes estaban más relacionados a ámbitos académicos y empresariales. En tal sentido, Villanueva es un operador que ha logrado conseguir un sitial reconocido en política regional, dado que ha ocupado exitosamente la presidencia de la región San Martin en dos periodos consecutivos. Su capacidad de negociación se vio reflejada cuando actuó como un importante agente articulador para lograr que los presidentes regionales le brindaran apoyo político a Humala durante la época de mayor crisis del proyecto Conga. En efecto, el oficialismo ya llevaba semanas entablando conversaciones con Villanueva, y así lograr que este integre las filas del Ejecutivo. Por lo tanto, las últimas desafortunadas palabras que tuvo Jiménez, que precedieron su salida, deben ser entendidas como la gota que rebalsó el vaso, la excusa perfecta para decirle a un premier que apestaba a muerto desde hace meses: “Gracias por los servicios prestados a la Nación, pero ya no te queremos”.

Desde esta tribuna, consideramos que es prematuro descalificar al nuevo presidente del Consejo de Ministros; sin embargo hay elementos que generan desconfianza. Tal y como ya se indicó anteriormente, Villanueva liderará un equipo ya antes elaborado, el cual no posee ni una cuota de relación previa con él. En gran medida, tal factor se debe al hecho de que su “partido” regional Nueva Mayoría no alberga, al parecer, a técnicos y políticos que puedan dar el gran salto hacia un sillón ministerial. Si a ello agregamos que el actual gabinete se encuentra claramente dividido en sectores influenciados por diversos agentes, tales como Castilla o Nadine; la posibilidad de un real peso político y de convocatoria a nivel interno, se perfila como poco factible. El cambio de esta situación se hará posible solo si el talante de Villanueva difiere al de su predecesor, quien siempre tuvo vocación de felpudo humano y de “ministro semáforo” (parafraseando a Nadine Heredia); y de que Humala(o quién realmente gobierne) le otorgue un espacio de acción y relativa autonomía.

A la mitad del camino y a solo dos años y medio del fin de la gestión nacionalista, Villanueva debe tomar en consideración que el tiempo cada vez apremia más, y aun este Gobierno no ha realizado ni una minúscula parte de las reformas que se comprometió a realizar en campaña. En tal sentido, los grandes problemas del oficialismo radican en su poco temple político, el cual se ve reflejado en los continuos retrocesos ante la presión de ciertos medios de comunicación, o aún su apatía en el proceso de generar nuevos nexos con otros partidos y organizaciones. Aquello ha devenido en un dañino solipsismo de la pareja presidencial, la cual parece no confiar absolutamente en nadie, y, asimismo, fomenta la concepción de que todos los males son el producto de una conspiración. Si Villanueva fue el hombre indicado para cambiar esta tendencia y así retornarle la importancia política que siempre tuvo la figura del premier, o si simplemente fue un secretario más del Ollanta-Nadinismo, solo se sabrá en los próximos meses.