La habilidad de un periodista argentino. Una conversación sobre figuritas. Un Nene intacto. Barraza y sus “amigos de hierro”. Temblor de manos y memorias prodigiosas. Un recuerdo que no se irá. Conversando con Pelé después del entrenamiento. Sabato.

Jorge Barraza es un periodista argentino que publica sus columnas deportivas los fines de semana (o los lunes) en la sección de deportes del diario El Comercio. Aunque, para ser sinceros, deportivas es un decir. En honor a la verdad, Barraza es un enamorado del fútbol, un prosista que escribe solo sobre este deporte. Así, dependiendo del torneo que se juegue, el periodista de nacionalidad argentina realiza verdaderos análisis del panorama futbolístico latinoamericano o europeo. Si bien es una certeza que actualmente el nivel de las selecciones se ha equiparado y que por eso difícilmente volvamos a ser testigos de prominentes goleadas como las que le propinó Hungría a El Salvador (10-1) en el Mundial de España 82 -la excepción a esta tendencia sería la tremenda masacre de Australia a la inubicable Samoa Americana (31-0) por las eliminatorias al Mundial del 2002-, también es una realidad que el gran escenario del fútbol sigue siendo Europa y, en menor medida, la región latinoamericana. Barraza, por lo tanto, es un gran conocedor de los entretelones futbolísticos de los clubes teutones, italianos, ingleses, españoles, uruguayos, argentinos, brasileños, colombianos, etc., así como de sus selecciones. Lo que diferencia a Barraza de cualquier otro periodista es, no obstante, el magisterio con que maneja la pluma, las descripciones épicas que realiza de los partidos y de los jugadores, y, la carnecita de este cronista, las bellas anécdotas que conserva de sus tempranas temporadas como corresponsal de medios deportivos en su natal Argentina. Tales atributos lo han catapultado a la cima de las letras latinoamericanas del periodismo deportivo, llegando incluso a ser parte de la pléyade de figuras que acompañó a Gabriel García Márquez en los talleres de otra de sus ambiciosas creaciones latinoamericanas: la Fundación por el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Seleccionado como estaba en el área de deportes, donde daba cátedra a jóvenes estudiantes de periodismo, de más está decir que Barraza vivió esa experiencia de manera sumamente gratificante junto a ese gran cultor caribeño de las letras del hablar hispano.

Ha sido larga la trayectoria de Barraza en el mundo del periodismo. Extensa como su afición por el fútbol. En calidad de testigo, Jorge Barraza ha visto distintos cambios de épocas en el mundo del fútbol. La parsimonia de los 70 no puede compararse con los motores/piernas del día de hoy ni los reglamentos condescendientes con la violencia que va  contra la cultura del fair play. Por ello, y por otras razones más, Barraza se propuso escribir Fútbol de ayer y de hoy, un recuento histórico de los cambios ocurridos a nivel mundial en las esferas futbolísticas, en el cual, a juicio del autor, prevalecen las modificaciones reglamentarias desarrolladas por la FIFA para hacer más ofensivo el juego. La empresa llegó a oídos de Jaime Carbajal, accionista mayoritario de la cadena de librerías peruanas Crisol, quien de inmediato le dijo que lo publicaría. De esta manera, Barraza terminó presentando su libro en la sede de Crisol del Jockey Plaza un jueves cinco de junio.

Convención de periodistas deportivos en el Jockey

La cita convenida era a las 11 a.m. A esa hora, los 42 asientos de plástico estaban debidamente distribuidos en un pequeño espacio de la librería, el cual estaba flanqueado por libros de liderazgo, marketing, negocios y la vigilante mirada de Steve Jobs, por la derecha; y, por la izquierda, libros de historia mundial en su mayoría. La conversación de dos jóvenes sobre el juego del Barcelona de ese momento o del juego peruano de los 70 fue interrumpida por una voz conocida: la del “cabezón” Daniel Peredo. El emblemático periodista peruano, recordado por la narración que hizo del gol de Johan Fano a Argentina en el último minuto en el 2008, se encontraba en las afueras de la librería departiendo amenamente con algunos colegas y, posiblemente, alumnos de periodismo deportivo. Peredo acompañaría a Barraza en la presentación del libro. Lo secundaría también Umberto Jara, periodista peruano, autor de investigaciones sobre los paramilitares peruanos del régimen fujimontesinista. Daniel Peredo lucía desde atrás una semicalvicie franciscana, además de un porte muy serio, lejos de la pinta de ratón de biblioteca que podría dársele tras la pantalla del televisor.

Además de Peredo y Jara, se encontraban otros hombres de prensa. Si la vestidura en corto de los futbolistas trata de chimpunes, medias, short y camiseta, el grupo de periodistas reunidos coincidía en el pantalón de vestir, camisa, buen reloj y saco. Impecables.

La llegada del gaucho, las figuritas y la sorpresa de un nene

Otra voz sonó, pero esta vez distinta: era de un ‘dejo’ rioplatense. Había llegado Barraza. El tipo era alto, de piel clara y de cabellos que ya perdieron su color original. Como sus colegas peruanos, también vestía formal. Quien esté atento y revisa cualquier edición de fin de semana o de lunes de El Comercio, verá que está exactamente igual a como sale en la foto de rigor de columnista: cara sonriente, camisa blanca, corbata de color verdusco y el saco crema. Idéntico y no se sabe si por cábala. Rápidamente, se estrechó en abrazos de quienes conocía y comenzó su plática previa a la presentación.

Junto a dos o tres señores, hablaba sobre ese fenómeno funcional al Mundial que ocurre cada cuatro años: la colección de figuritas. Que no era lo mismo en su infancia, opinaba con chistosa resignación Barraza y los otros lo apoyaban. Hasta Neymar paraba la oreja atento desde la tapa de su autobiografía: Me llamo Neymar. La magia de ese momento casi infantil -pues a su alrededor solamente había libros de fútbol y de cómics de Marvel- fue rota de la manera menos pensada: “¡Neneeeeee!”, dijo con algarabía Jorge y al instante fue al encuentro del Peter Pan del fútbol peruano: Teófilo “el Nene” Cubillas, quien, conservadísimo y sin una cana, llegó exclusivamente para la presentación del libro. Un muchacho de barba y polo de colores psicotrópicos titubeó a mi costado. “Qué ha-blas”, fue lo que dijo y en un santiamén iba a buscar a su amigo para que le tome una foto con el crack peruano de los 70 y 80. Lo mismo hizo un agente de seguridad que se acercó a Crisol. Todos querían foto con el Nene”.

Los encargados del evento, dos economistas egresados de la PUCP, convinieron con Barraza y Jara para quedar sobre el orden del evento. En un dos por tres, coordinaron para dar comienzo a otra tanda de saludos: Francisco González, ex dirigente del Alianza Atlético y reciente integrante de la mesa directiva del Banco Central de Reserva del Perú (BCR), llegaba a la librería y se saludaba con Barraza. Eran las 11:30 a.m. A los tres minutos, Peredo, Cubillas, Barraza y Jara, en ese orden, arrancaban con el evento.

 

El Nene bueno

Antes de saludar al público y a sus “amigos de hierro”, Barraza envió un saludo al ”pelado” Ricardo Montoya, periodista de deportes. El argentino contó sobre cómo Montoya pudo soslayar a los editores de El Comercio gracias a los comentarios críticos que este último le hacía a sus columnas desde Canadá. Con la anécdota como sello personal de Barraza, empezaba la presentación.

El “Puma” Carranza debería ver videos de Cubillas. No de sus goles ni de sus bailes, sino de sus entrevistas, pues Cubillas se expresa muy bien (una cualidad con la cual coincide Julio César Uribe). Presentado como “el hombre del tiro libre a Escocia con los tres dedos”, fue muy conciso en su participación y, sin mucha modestia, cerró: “Todo aquello que yo hacía con los pies, Jorge lo hace con las manos”. No ajeno a esta analogía, Barraza exclamó que la belleza latinoamericana del fútbol que vio y que ve es como el efecto que causa Cien años de soledad en la literatura: maravillas de la creatividad.

“Él es un periodista”

Expresado con sinceridad y seriedad, el máximo elogio- en palabras de Barraza- que se le puede dar a un futbolista correcto, entregado y disciplinado es el de “ese es un jugador de fútbol”. Del mismo modo, fue presentado Umberto Jara. “Él es un periodista”, dijo categórico Barraza.

Umberto narró que desde los ocho años de edad leía El Gráfico, la memorable revista argentina de deportes. Con ella, tuvo sus primeras lecciones de periodismo, gracias a los trabajos de figuras periodísticas como “El Veco”, Oswaldo Ardizzone, Julio César Pasquato y, más adelante, un novel periodista llamado Jorge Barraza. Las lecturas lo animaron a la vida periodística. Jara se decía a sí mismo, casi inconscientemente: “Algún día estaré con ellos”. Llegado Francia 98 y algunas Copas Américas después, el sueño de Jara se hacía realidad: compartía oficios con Barraza.

Bajo los efectos del nerviosismo, o no se sabe si de algún tic, con mano temblorosa, Jara destacaba las virtudes prosísticas del autor argentino, hincha a muerte de Independiente. El estilo ágil, ameno y sencillo, a ojos de Jara, hacían del libro un objeto de lectura obligatoria.

El que las recuerda todas

Un “comentarista muy esclarecido” tomó la palabra. Ese era Daniel Peredo. Este, al igual que Jara, creció junto a El Gráfico. El seguimiento juvenil que Peredo le hacía a Franco Navarro, cuando este militó en el Independiente de Avellaneda, fue el pretexto para hacer gala de su asombrosa memoria: Peredo, en menos de 20 segundos, nombró  el once del Independiente de los 80, el equipo con el que el otrora técnico de la selección alguna vez le marcó cuatro goles a Estudiantes de La Plata. Parte de los visitantes no tenían otra que rendirse ante la memoria del buen periodista de CMD. Peredo, hablando ya del contenido del libro, apuntaba la realidad de los cambios en el fútbol, aunque encontraba difícil hablar de un ayer y un hoy: simplemente, el fútbol cambió. Para él, bastaba un ejemplo: Cubillas, con las zapatillas de ahora y con los balones de ahora, le hacía el mismo gol a Escocia, pero desde la media cancha.

La nostalgia de Barraza

Hubo algo que al parecer le disgustó a Barraza. Algo normal para él en realidad, pues, como dijo al iniciar la conversación, “de los disensos se aprende”. “Yo vi épocas”, dijo con la seguridad de quien ha sobrevivido a un momento difícil. Si bien empezó a ver fútbol desde el 63,  Barraza ha visto cómo el fútbol ha evolucionado (“todo mejora”). Eso le da ánimos para establecer diferencias entre, digamos, el fútbol de los 70 y el actual.

Cacho Heredia, un zaguero como le gustaba, que salía a cortar, “tiempista” y que le llenaba los ojos, ¿era realmente maravilloso? Mirando al auditorio como quien descubre una mentira de pura obviedad, el argentino respondía: “No era tanto, era bueno. Pero no un fenómeno”.

Ese empeño por resaltar el pasado como lo hacía Barraza  era una defensa de la nostalgia, del pasado. Y a Barraza no le faltaban argumentos. En su familia, su viejo era de Rosario Central, pero Jorge de Independiente. Su viejo, un demócrata, aceptó al apóstata. Algo que no repetiría Jorge con su familia: “Son de Independiente so pena de no comer…”, decía a sus hijos.

El primer viaje al estadio de Avellaneda para un pibe solo con el hermano es algo que se queda en la memoria. Para colmo, ¡¿cómo no enamorarse del fútbol de ese tiempo si su equipo solo le regalaba triunfos y buenas jugadas?! Así nace el sesgo de la nostalgia, apunta Barraza. Ese gusto fanático quedó en evidencia cuando, como queriendo competir, rompió el récord de Peredo al nombrar el once de su Independiente querido dos veces. “Y lo puedo decir más rápido, eh”, dijo sin remilgos.

Una mundial  entrada criminal

Año 1982. Sevilla. Alemania y Francia juegan la segunda seminifinal del Mundial de España 82. En el minuto 62 del partido que va empate 1-1, Francia roba el balón a Alemania y su número diez, Platini, lanza un pase en profundidad a la boca del área alemana. Es un tiro dirigido al central Battiston que ha salido disparado de su área dispuesto a anotar. El arquero alemán, Harald Schumacher, en vista de que su defensa no puede contener a Battiston, decide hacer el trabajo sucio: con una carrera mucho más vehemente que el defensor francés, Schumacher se lanza sobre él, pese a que este ya logró impactar sin resultado alguno el balón. Es un choque durísimo que deja como resultado un grave diagnóstico: conmoción cerebral, mandíbula fracturada, dos dientes menos y lesiones en las vértebras. La hinchada y los televidentes temen lo peor. Cuatro policías y un médico llevan en camilla al francés que sigue inconsciente. Una jugada salvaje la del alemán.

¿Cómo estará la madre del francés?, se pregunta Barraza. Lo peor de todo no es la lesión de seis meses que se llevó el jugador, indica Barraza, ni que Alemania haya ganado el partido. ¡Lo peor de todo es que el criminal arquero alemán ni siquiera recibió tarjeta amarilla!

De similar canallesca actitud eran los dirigentes de los clubes de fútbol cuando jugaban de local. Antes, el equipo visitante podía encontrar sus vestuarios roseados de kerosene o recibir el minúsculo pero efectivo castigo de tener una cama de masajes llena de pica-pica. Antes, el equipo local no asumía la responsabilidad de las condiciones del visitante. La FIFA, con un sutil cambio administrativo que consistía en que los locales ahora sí debían hacerse cargo (y en caso de que no lo hicieran pagarían multa), hizo posible que los duelos entre locales y visitantes fueran más parejos. El fútbol se veía beneficiado. Otros cambios ejecutados como el de amonestar los tiempos muertos de los arqueros (o sino que lo diga Dino Zoff, arquero italiano que en el Mundial del 90 retuvo en sus manos el balón un total de 11 minutos) o el de aumentar el número de recogebolas iban en esa dirección.

Algo que aprecia Barraza de los nuevos cambios, además de un fútbol menos especulativo, es el de la rapidez del mensaje. Contaba Barraza que, en el mundial italiano de los  30, un colega periodista debía  hacer las notas mundialistas día por día. Llegando a un promedio de 8 o 9 notas periodísticas por día, las enviaba por barco a Argentina. El viaje duraba cerca de 15 días. Una vez llegado el material a la casa editorial, se publicaba en el mismo orden que el periodista había ordenado. Ni qué decir de los rollos de video de los campeonatos. ¡Han sido inmensos los cambios!

El lugar donde todo tiempo pasado fue…

Pero hay tiempos que no volverán más. La sencillez en el fútbol ya pertenece a otra época. Lejano es el tiempo en que Vicente de la Mata, jugador y figura de Independiente, se iba a los entrenamientos de su equipo en colectivo. Bajaba no a dos cuadras del estadio, sino a veinte para caminar, para encontrarse con los hinchas. A veces, iba con su familia, pero conforme se acercaban al estadio, la esposa y los hijos recordaban que compartían la vida con un ídolo y se alejaban unos cuantos metros para dar paso a la multitud que se acercaba donde de la Mata y lo vitoreaba hasta que este entrase a los vestuarios.

Eran tiempos en que Barraza tenía que trabajar mucho la empatía y hasta entraba a los cuartos de ducha para obtener una entrevista. Tiempos en que la joda estaba presente entre los periodistas y los jugadores, en donde había confianza y esta no podía ser rota a riesgo de perder la amistad y de tirar por la borda, viéndolo pragmáticamente si se quiere, fuente verídica para el trabajo.

Antes a Edson Arantes do Nascimento, Pelé, lo podías pillar en un entrenamiento, gritarle desde las verjas del estadio: “¡Eh, Edson, deseo falar con voce!”. “Claro, claro, após o treinamento”, respondía este. Y cumplía. Una hora hablando con Pelé después de un entrenamiento con el Santos en la cafetería del equipo. A ese grado de confianza y sencillez se llegaba.

“Esa maravilla –va finalizando con bárbara nostalgia Barraza- es algo que se murió y que no volverá más”. Eran tiempos donde la vida era sencilla. Que si bien no había tanto dinero, sí habían esas cosas que hacen a uno disfrutar de la vida como la idolatría generada por de la Mata o que te hagan un canto propio (el escalón más alto de la idolatría”), como le ocurrió a nuestro compatriota Julio Meléndez en Boca. Esas pequeñas grandes cosas. Esas historias del potrero.

Pero ocurre algo que hace que el autor convoque a Ernesto Sabato, el escritor y existencialista argentino fallecido ya. El autor de Sobre héroes y tumbas decía que mejora la tecnología, mejora la salud, mejoran las cosas, pero… que no mejora el hombre. Y ese es el diagnóstico que se cierne también sobre el deporte de los once contra once: un fútbol más vistoso que no alza en hombros a ídolos cualquier día de la semana.

06-06-14