Gran parte de la coyuntura nacional de la última semana estuvo centrada en el accionar del ex presidente Alberto Fujimori y el fujimorismo. Ante la falta de respeto hacia una  institución estatal por sus representantes como, por ejemplo, impedir deliberadamente el paso de las autoridades del INPE durante la famosa entrevista a  RPP; se debatió sobre la posibilidad de evolución del fujimorismo en torno a sus recurrentes y tradicionales actitudes autoritarias. Por lo visto en los últimos días, todo indicaría que por el momento las condiciones (luego explicaremos este término) para que tal hipotético cambio se realice, aún no están presentes.

Es evidente la constante coordinación entre el fujimorismo y Alberto Fujimori en la actualidad. Hasta ahí, nada nuevo. Desde la renuncia vía fax, los representantes del fujimorismo en el Parlamento han empleado un discurso que reivindica el gobierno de su líder, atribuyéndole  la solución del problema generado del “aprocalipsis”, el cual se plasmó en el fin de la amenaza terrorista e inflacionaria. No obstante, durante la campaña presidencial del 2011, hubo un claro intento de mantener cierta distancia con Alberto Fujimori (de manera relativa, claro está; mientras que su hija Keiko negaba la posibilidad del indulto, diversos candidatos al Congreso realizaban constantes visitas al penal de Barbadillo) y así captar los votos del centro político durante la segunda vuelta. A pesar de que la mayoría de representantes de la bancada fujimorista pueden ser consideradas independientes, luego de que Ollanta Humala le denegara el indulto a su líder, se han convertido en una maquinaria (que luce oxidada e ineficiente durante la mayor parte de veces) de defensa del septuagenario reo.

Un caso paradigmático sería el congresista Julio Gagó. Pues de salir en televisión promocionando, durante la medianoche, la venta de máquinas fotocopiadoras, se ha convertido en un acérrimo vocero del fujimorismo más tradicional. En este marco, procedemos a explicar a qué hacíamos referencia con “condiciones”, es decir, ¿qué tan factible es un fujimorismo sin Alberto Fujimori? Este último, con una estrategia más agresiva y confrontadora que nunca. He relegado a un segundo plano a su hija, la cual se encuentra manteniendo un perfil bastante bajo a pesar de ostentar un promisorio primer puesto en intención electoral en algunas encuestas de opinión.

Por lo general, algunos analistas asumen que el voto del fujimorismo se caracteriza por ser “duro” (léase no volátil, es decir, con una tendencia a mantener constante los índices de preferencia en el electorado) y ostentar un promedio del 20% en las preferencias, lo cual sería de vital importancia en contextos como el peruano, donde las elecciones se definen durante la última semana de campaña. No obstante, desde esta tribuna consideramos debatible tales afirmaciones, y más bien planteamos la pregunta sobre si al fujimorismo como tal, sin algún tipo de moderación o aggiornamiento, le correspondería el 8% que tuvo Martha Chávez en las Elecciones Generales del 2006.

La figura de Keiko Fujimori suele ser menospreciada por ciertos analistas, dado que consideran que solo cosecha los aspectos positivos o negativos de la gestión de su padre. Sin embargo sería mezquino no reconocerle cierto grado de mérito en el proceso de “limpiar”, en cierta medida, la figura del fujimorismo. Como lideresa, Keiko se muestra más prudente y llana a la negociación, si es que la comparamos con personajes como Martha Chávez o Luz Salgado, y, asimismo, ha emprendido una serie de iniciativas relacionadas con  muchas ONG que protegen los Derechos Humanos.

Por otra parte, el tratar de impulsar candidaturas de independientes busca dar la imagen de cierta renovación. Al igual que el inicio de la consolidación de un partido permanente llamado Fuerza Popular (todo lo contrario a su padre, quien despreciaba tales organizaciones, lo cual se tradujo en el cambio de plataforma electoral durante cada proceso). Y es que al parecer, el fujimorismo suele albergar una serie de movimientos esquizoides en su interior, donde se enfrentan dos posiciones. Una parte pretende fomentar una nueva imagen más respetuosa de la institucionalidad y menos dependiente con el líder inicial, a pesar del temor ante la posibilidad de perder el apoyo del núcleo más duro por una supuesta pérdida de identidad; mientras que la otra busca mantener la imagen tradicional autoritaria del fujimorismo, aún si esto los condena a perder en las siguientes elecciones. Mientras que Alberto y Keiko sigan manteniendo tal actitud(conformacional y relegada, respectivamente), todo indicaría que la renovación del fujimorismo, ergo, una derecha más democrática e institucional, solo se trata de una hipótesis inaplicable en la realidad.