I

La avenida Huánuco tiene dos vías que conducen a un mismo lado: a Gamarra y a la violencia sexual. Una mujer espera que pasen los carros. Tiene una sombrilla que la cubre del sol. A unos metros, desde el asiento de un camión, el chofer le manda besitos de una manera procaz. La mujer sigue su rumbo, cruza la pista. Otra mujer camina por un restaurante en el que hay puros trabajadores de ropa con sudor. Tiene un vestido corto, atrapa las miradas. Un hombre, a unos centímetros de sus pasos, le insinúa algo: la mujer no reacciona. El hombre sonríe.

–¡Habla! –le dice a un amigo que acaba de pasar.

 

II

En un pequeño parque, hay una biblioteca a la que van los niños. Juegan, dibujan, leen, mienten que leen y utilizan todos sus recursos para poder entrar al ansiado artefacto: la computadora. Dicen que harán sus tareas. Las hacen, pero también entran a jugar o a ver videos de sus artistas favoritos. “Tumba la casa, mami”, canta un niño de apenas tres años mientras colorea una figura. Alrededor, el pasto es áspero. Los niños no se echan, pero los adultos sí. Una pareja, en el colmo del amor, duerme con colcha incluida. Les dicen –a ellos y otras compañías– “los vagos”. A otros les dicen “jóvenes de mal vivir”. Son del lugar, fuman hierba a vista y siniestra de todos y algunos, cuando roban, huyen hacia una casa deshabitada pero grande ubicada en una esquina cercana al parque. La policía, en esta micro versión del país, también tiene su lugar: hacerse de la vista gorda desde su cubículo ubicado al lado de la cancha en donde solo juegan hombres.

 

III

Una madre camina despreocupada llevando a su hijo en su carrito. Tiene un vestido mostaza con detalles de flores negras. También tiene puestos audífonos blancos que le impedirán oír cualquier ruido: el de los carros que pasan a su costado, también la risa o los sonidos del bebé. Un padre, joven y de ojos inseguros, ve a sus hijas realizar lindos dibujos pese a sus cortas edades. No les dice que están bien, no se los demuestra, espera que el profesor de la biblioteca del Estado lo haga.

 

IV

Cuatro niñas de un colegio estatal han ido a la biblioteca a hacer su tarea. Se pueden sacar copias e impresiones de lo que se quiera. Se viene el Día de la Tierra y hay que presentar un papelógrafo con el día en mención y qué mejor: ¿para qué dibujar si se puede sacar el material de una impresora? Siempre es mejor lo fácil.

–Oigan, ¿y por qué no lo dibujan?
–Es que no sabemos… –dicen y se ríen.
–¿Pero lo han intentado? –les pregunta el inexperto profe.
–Ay, profesor…

El profe, veinteañero, accede a dibujarles intentando ganarse la confianza de las niñas; pero estas, una vez que vieron el dibujo empezado, se van para afuera riendo. Total, hay quien se encarga de sus quehaceres.

Cuando regresan, siguen riéndose entre ellas. Una de ellas, algo cansada, reacciona ante la inmovilidad de sus amigas. Se produce un diálogo. De una de las integrantes se oye algo así:

–Qué futuro tendremos nosotras –en su simple rostro se ve el acelerado tránsito de ser niña a ser mujer.

 

V

A unos metros de la biblioteca, pisando los jardines apagados, tres niños juegan entre sí. Uno patea un balón entre la estructura de cemento de la banca, otro se pasa por el rostro un billete de diez soles recién encontrado en Gamarra, el tercero habla con propiedad cuando le preguntan cosas. Si les preguntan “¿Por qué no leen?”, él responde:

-Oiga, pero deberían saber que ya los niños no leemos en estas épocas. Eso es pasado. Es aburrido y largo. A los niños nos gusta el internet, ¿sí o no, chicos? ¿Ve? Por eso no vamos a la biblioteca, nosotros queremos internet, ya los libros son de antes, no importa. Deberían ser más modernos. Nadie lee ya.

Sin ambages, el niño ofrece la verdad del tamaño de un templo.

Algunos ateos, sin embargo, niños de unos meses menos, responderán en coro: “¡La lectura sirve para ser mejorar nuestra mente!”.

-¿Y para qué más? –les anima el animador.

-¡Para ser libres! –responderán.

 

VI

Es de noche. Y la gente del lugar dice que por México, por Huánuco, por Isabel la Católica, está picante. Difícil creerle a las percepciones. Si uno está acostumbrado a caminar de noche, es presumible que un poquito de valentía se le haya cimentado en los pies y en la intuición. Sabrá moverse, pero también sabrá caer más redondito. En Lima, nunca se sabe.

Sentado al costado del conducto, hay que mandar un mensaje. El celular es felizmente antiguo y da calma cuando con él se sale a la calle: nadie te roba, aunque te pueden quiñar si no tienes nada. Hay que mandar un mensaje. “Sergio Fuentes 9643…”, teclea. Una morena, cuando el carro está parado en Isabel la Católica, a unas cuadras de Paseo de la República, sale de la noche oscura, se acerca como intentando pedir la hora y ¡fua!, va su mano directo al celular. Bajo no se sabe qué leyes, la mano del propietario se cierra con velocidad y lo que la mano morena simplemente hace es dar un golpecito. En el acto se retira, desafiada en sus costumbres. El afectado ni se sorprende, ha aprendido algo en la calle. Pero la mira. Todo es cuestión de segundos. Decide sermonearla:

–¿Para eso creces…

La morena, niña delgada, agraciada, con mochila negra, espigada, lo mira.

–…para intentar robar?–

“Calla, conchetumadre”, replicará, con un gesto, la morena. Ni siquiera son las 8.

 

14-04-16