Último aliento

Hoy estoy aquí para contar mi historia antes del final, antes de que todo se ponga oscuro.
Todo empezó hace dos generaciones de humanos, cuando el abuelo apenas era un joven de 20 años. Recuerdo que en un día caluroso, de esos días húmedos en los que el sol hace que a las personas se les pegue la playera al cuerpo, él, de entre tantas prendas similares a mí, me miró, me probó frente al espejo y, después de un cumplido casi forzado por parte de la señora que me vendía, decidió comprarme. 2 pesos le costé.
Inmediatamente ese día me estrenó, para una fiesta familiar si no me equivoco, se casaba una prima lejana o algo así, sin embargo no fue el fin de mi ciclo con el abuelo, pues cada vez que quería cortejar a una dama, me utilizaba para hacerlo ver elegante.

Pero en fin, mi tiempo con el viejo terminó cuando murió por cáncer de pulmón. Puedo decir que ese día toda la familia lloraba, nadie estaba de ánimos para nada, quizá lo que más dolía era que tan solo tenía 50 años.
Su hijo, su único vástago, tenía la misma edad que cuando él abuelo me compró: 20 años. La tarde del funeral, las horas más dolorosas de su vida y nuestra despedida del anciano, decidió vestirme e ir conmigo al funeral. Fue difícil ver como se hundía el viejo en un hoyo de tierra.

Sin embargo, después de eso y eventualmente, todos regresaron a la normalidad aunque en navidad y fiestas parecidas (que era cuando me sacaban del cajón), no eran lo mismo sin él, se extrañaba su sentido del humor.

El siguiente acontecimiento importante que recuerdo, es cuando Ernesto, aquel joven de veinte años que lloraba de tristeza y desconsuelo tras la pérdida de su padre, ahora lo hacía de alegría y satisfacción, pues en su quinta fatídica entrevista de trabajo a la que lo acompañé al fin consiguió un puesto.

Recuerdo haber llegado a la casa de su madre y sufrir, en medio de ambos, un fuerte abrazo de emotividad, casi no podía respirar.

Aunque, ¿saben? También fue algo triste, es algo confuso, pero podría jurar que fue el último día que me utilizó, y fue el primer día en el que empezaron a llegar otros igual a mí al cajón y nunca más me vistió.

Ya podrán imaginar mi alegría cuando después de unos ¿20 años? 25 tal vez, que pasé de un cajón a otro, de un rincón a otro, un joven, con la misma sonrisa que portaba el abuelo, me tomó entre sus manos.

Acto seguido le pregunto a Ernesto, un Ernesto cansado, canoso, con el tiempo reposando debajo de sus ojos y casi irreconocible, que si me podía utilizar. Él, su padre, ahora me entero, se limitó a gemir lo que tanto el joven como yo, entendimos como un sí.

Ambos emocionados, yo por ser desempolvado y al fin ser usado, él por una reunión con sus suegros, ahí, me enteré que también rondaba los veinte años.

Justo cuando yo trataba de asimilar lo raro que se volvía la exactitud de la edad para cuando me usaban, Ernesto murió, un infarto fulminante dijeron los médicos.

Otro funeral, otra pérdida y más lágrimas.

Esta vez no tuve que esperar mucho para volver a ser utilizado, el hijo de Ernesto, el nieto de aquel viejo que me comprara hace casi setenta años, me utilizó por penúltima ocasión.

Lo que supe es que no supo lidiar con la muerte de su padre y cuando su agotada madre entró al cuarto de Ernesto hijo, nos vio a él y a mí con un nudo muy raro unido a una viga y haciendo juego con una silla en el suelo, presenció cómo su hijo, bueno… ustedes saben.

El final de mi camino, así como el de aquel joven, el de su padre y el de su abuelo, fue dentro de un ataúd, esta vez con el nudo bien hecho y bastante cuidado. Claro, después de todo, nadie quería ver aquella marca que involuntariamente formé en su cuello mientras le arrebataba su último aliento.

Nombre: Alfredo Fuentes
Carrera: Comunicación y Periodismo
Universidad: FES Aragón (UNAM)
Forma total, sin sentido de sí
que aparece al final
cuando más lejos está,
y tal vez así sean las memorias

Fantasma irreal, tan fuera de sí
Una voz transversal
De lo que hay que contar
Pero no se quiere decir

Yo te estaba soñando
Sin saber por qué soñar
Me estabas esperando
Un error disfrazado de bondad

Estoy perdiendo el tiempo
Pensando, soñando
Estás llegando lento
Se sienten tus pasos
Nombre: Yazmín Mezarina Salazar
Carrera: Comunicación Audiovisual
Universidad: PUCP