Una semana atrás, a la par que escribía sobre la normalización del terror, Turquía estaba viviendo el inicio del detonante del caos. Claro, habían aparecido varios atentados y desesperaciones múltiples. Sin embargo, hace una semana, pasó algo que podría ser predicho: una desestabilización política o, dicho de otra manera, un intento de golpe de Estado. Guste o no guste, el intento solo quedó en eso, en nada más que un intento. De todas maneras, ya se ha convertido en excusa suficiente para poner al país, por fin, en un “estado de emergencia” temporalmente. Turquía está en crisis, Europa está en crisis.

Repentinamente, el país que resultaba ser un buen lugar para vacacionar, y de donde estaban saliendo telenovelas bastante vistas en diferentes países del mundo, se está convirtiendo en un infierno. La intención por parte de un grupo de militares de provocar este golpe de Estado es un hecho histórico, sí, pero que no sorprende más.

No sorprende más, colijo a simple vista, por dos razones: en primer lugar, porque fue una intención fallida, no hubo un cambio radical en la situación política de Turquía por el lado contrario al de su actual mandatario, R. T. Erdoğan, sino que, más bien, hubo una reacción del lado del mismo: introducir un estado de emergencia y, además, suspender la Convención de los Derechos Humanos. En segundo lugar, al igual que Alemania, Francia, el resto de Europa y el mundo, Turquía está viviendo una crisis desesperada y desesperante; por ello, decisiones como esas, por más que a mí no me parezcan correctas ni sensatas, no son ningún fenómeno aislado, sino un fenómeno totalmente normal. Turquía está en una zona privilegiada turísticamente, pero históricamente complicada, ya que es uno de los puentes entre Europa y Asia (sobre todo, entre Europa y Medio Oriente), y viene de un pasado de dinámicas difíciles de superar. Hoy vive entre problemas con el Partido Kurdo, la crisis de los refugiados, ataques-vaivén con el país vecino de Siria, aparte de tener a un presidente que muchas personas consideran relacionado al autoritarismo. Sin duda, es atemorizante.

Al respecto, recordé las palabras que surgieron en un conversatorio relacionado a la filosofía y la vida digital. En un momento, uno de los presentes mencionó el concepto de “fármaco” tratado por Platón. El “fármaco” significaba la idea de veneno y medicina en un solo término. Era dañino pero benigno. Era terrible pero salvador. Actualmente, las únicas soluciones a las que se está recurriendo son las mismas: poner estados de emergencia, iniciar vulneración de Derechos Humanos, atacar a los países que atacaron antes de los últimos atentados (por ejemplo, Francia a países islámicos) y hacer pagar a la gente que no tiene culpa de nada.

No es increíble, para concluir, que siga una idea de la Antigüedad en la cabeza de enormes cantidades de culturas. En efecto, todo (cada parte) tiene su contraparte, pero atacar a la contrario no es beneficiar a la parte. En dinámicas actuales, en momentos de tanta diversidad y, me es menester repetirlo, cantidades de culturas, pensar en la teoría de que todo tiene incontables matices en sí mismo, posiblemente dé una idea de que existen incontables soluciones que se están echando de lado. Mi grano de arena es informar, o al menos hacer un escrito que mencione la palabra Turquía y todas las desgracias, para incentivar la investigación de la información acerca, pues, de lo que sucede. Tiempos cambian, conceptos también.