Distancia de rescate es una exploración poco convencional de la maternidad y la feminidad en estado de tensión, un experimento fílmico sobre los vínculos emocionales que construimos y las ramificaciones que los sostienen. Escrita, filmada y protagonizada por mujeres, la punzante nueva película de Claudia Llosa se permite indagar en los rincones tabú de la memoria con poca censura y muchísima atención a los detalles. A medio camino entre un thriller feminista y un drama social, la inusual apuesta de la peruana lleva la crisis de la maternidad a niveles exponenciales, provocando un estado de confusión permanente en la audiencia y forzando a los espectadores a lidiar con emociones conflictivas, pero necesarias.

Los primeros minutos de Distancia de rescate son limitados a la hora de establecer su trama. Una mujer delirante conversa con un niño que parece saberlo todo, pero que limita significativamente sus palabras. Sabremos más adelante que la mujer no es su madre, aunque bien podría serlo: se trata de Amanda, recién llegada al pequeño pueblo argentino de su infancia, devota a la crianza de su pequeña hija, Nina. En su delirio, Amanda recuerda el día en que conoció a Carola, madre de David, el niño con quien ahora conversa. Amanda recuerda el vínculo cercarno que formó con Carola, el cual fue violentamente quebrantado por una inquietante confesión. Entre lágrimas, Carola revela la tragedia de su hijo a su amiga, lo que desata el miedo y la incertidumbre. Sin saber qué hace recordando, Amanda tratar de unir las piezas de su memoria, como si fuese la única forma de encontrar el sentido de las cosas y deducir su futuro.

De plano, creemos que unaa película como esta no debería funcionar. La historia es confusa y demasiado enrevesada para la audiencia. El misterio y el horror se exploran de forma sutil, casi sin mencionarse. La cámara evoca la tensión permanente de sus protagonistas, pocas veces manteniéndose del todo quieta. Aun así, la propuesta de Llosa termina impactando de forma irreversible en quien la observa. Nuevamente, la cineasta usa a su favor los elementos mágicorrealistas de América Latina, capaces de relacionar lo fantástico -en este caso, los fantasmas y las maldiciones- con aquello que aqueja a la región -la crisis política y social- en una narrativa coherente y sugestiva.

Lo primero que consigue Distancia de rescate es detallar adecuadamente lo que implica ser mujer en contextos como estos. Claudia Llosa ya había la explorado los ritos de pasaje de la feminidad en Madeinusa (2005), a través de la elección de las “vírgenes”, y en La teta asustada (2009), a través de los rituales sexuales. Aquí, sin embargo, las protagonistas no son adolescentes, sino adultas en conflicto. Con una vida preconfigurada, vemos cómo la culpa y la vergüenza se afianzan a Amanda y Carola cuando esta se incumple. Carola mantiene una relación tormentosa con su hijo, quien es, finalmente, el único testimonio de su falla como madre, por tanto, como mujer. Amanda, por más que mantiene una genuina amistad con Nina, reconoce su fragilidad como cuidadora, aceptando que el “hilo” que mantiene con Nina sigue siendo frágil y amenazado por el mundo de afuera.

Podríamos decir que Distancia de rescate es un film sobre América Latina en sí misma. Este es un film que dialoga constantemente con las contradicciones de la región, capaz de indagar sobre la mistura entre lo tradicional y lo moderno, y concentrado en validar el eterno conflicto emocional presente en sus habitantes. Podríamos decir que, hasta cierto punto, el film se construye alrededor de mitos fundacionales del continente. La crisis de los recursos naturales y la sobreexplotación de la tierra. La culpa asimilada por las mujeres al sentirse fallidas en su rol como madres y cuidadoras. La lejanía del estado y el ascenso de lo alternativo, lo informal, como respuesta natural a la dejadez. La presencia de lo espiritista y lo místico, y su correlación con lo cotidiano. Estamos ante elementos que al entrelazarse dan pie a la identidad colectiva de la región. Tiene sentido, entonces, que Claudia Llosa filme a través de fragmentos, a veces sin narrativa líneal y sin claridad en sus intenciones, desde la única forma en que se puede filmar genuinamente a América Latina y a sus emociones.

Este es un film que privilegia el estilo por sobre el texto. Llosa prefiere un estilo atmosférico y penumbroso, que dilata la esperanza de la audiencia y la atrae a través de la tensión. A diferencia de filmes anteriores, su mirada ya no es contemplativa o estática, sino que parece haber cobrado un cariz diferente, más transgresor y atrevido con lo que filma, menos subliminal y más explícito con las emociones que busca evocar.

Naturalmente, la primera vez que vemos Distancia de rescate sentimos que algo está fuera de lugar. ¿Dónde están la cámara en mano, los planos generales, las tomas fijas y la narrativa lineal que solemos ver en películas así? Para bien o para mal nos hemos encariñado demasiado con un “nuevo cine latino” socialmente comprometido y metódico en su composición, un cine que descarta el exceso técnico y prefiere la mesura y la rigidez. Llosa echa mano de una variedad de recursos cinematográficos que incluso rompen con la composición visual de sus filmes anteriores. Los planos medios y close-ups permiten una cercanía mayor con los personajes, lo que hace que la audiencia se inmersa en los desvaríos de las protagonistas. El montaje ágil interseca las distintas líneas temporales de forma efectiva, dejando espacio a la imaginación de la audiencia para terminar de reconstruir la historia.

Los fragmentos, como cualquier recuerdo, pueden ser contradictorios entre sí superponiéndose y hasta enfrentándose constantemente unos a otros. Están llenos de aclaraciones y palabras que no se dicen, que a veces no se necesitan. Llosa es fiel al filmarlos como son. Los colores son brillantes al evocar días soleados y grisáceos al mostrar el presente. Los colores pierden su saturación mientras aumenta el drama. El juego visual permite a la audiencia seguir una línea coherente. La clave de la confusión y disputa está en el texto. A modo de racconto, somos testigos de las extrañas circunstancias que llevaron a la tragedia. Existen, por lo menos, cuatro líneas temporales Si bien por momentos el texto falla -ya sea porque revela demasiado o porque revela con palabras forzosamente lejanas-, las imágenes no defraudan.

¿Qué implica imaginarnos la tragedia del otro desde nuestra propia mirada? Cuando Carola cuenta la tragedia de su hijo, David, Amanda parece recrear su horror al fijarse en Nina, y preguntarse qué haría si tuviera que perderla. La audiencia, pegada al relato evocado por Dolores Fonzi, también es capaz de recrear en su cabeza lo sucedido, cambiando los actores por las personas que componen su rutina. Diseccionar el pasado del otro, entonces, supone una mirada más empática y profunda del dolor ajeno y el propio. Tiene sentido que sean dos mujeres, criadas en América Latina bajo mecanismos de culpa y sumisión, quienes encuentren el espacio seguro unas en otras para poder confesar sus pecados y buscar, si acaso es posible, la expiación.

El final de Distancia de rescate, trágico y memorable, parece ser la consecuencia natural de un sistema en decadencia. La parábola de la crisis ambiental se ve representada en el drama individual, como una espiral de dilemas que resulta incontenible, y conmovedor.

¿Debería haber esperanza? Quizás no. De todas maneras, queda la memoria, como mecanismo para preservar las emociones o el legado maternal. La memoria, caótica, pero resiliente.

Distancia de rescate actualmente se exhibe en algunos cines de Lima con motivo de su estreno oficial en Netflix. Actualmente, la película está disponible para su consumo online en Perú -qué hubiera sino, sino- a través de la plataforma de streaming.