Cuando te marchas y cuando conviertes tu vida en viaje e incertidumbre, creces. Enfrentas nuevos retos, descubres cosas acerca de ti que hasta ese momento desconocías, te dejas sorprender por el mundo y aprendes y amplías tus perspectivas. Desde el momento en el que decides marcharte, tu vida se convierte en una avalancha de emociones, de aprendizaje y de improvisación. Es probable que seas tan libre como antes, pero la sensación de libertad, ahora, es distinta. Cuando escapas de la comodidad y logras que funcione a cientos de kilómetros de tu hogar, sientes que puedes hacer cualquier cosa. Cuando vives en otro país y te sumerges en otra cultura y otra sociedad, tu concepto de normalidad se resquebraja. Aprendes que hay otras formas de hacer las cosas y, al cabo de un tiempo, tu también adoptas aquella costumbre que antes pensabas que nunca adoptarías. De paso también te conoces mejor a ti mismo, en todo el sentido amplio de la expresión, descubres cuales son las cosas en las que de verdad crees y cuáles, en cambio, son aprendidas.

Sin embargo, a la vuelta, todo sigue igual. Unas veces se te escapa una palabra en otro idioma, otras veces solo se te ocurre una manera de describir algo con aquella expresión perfecta que no está en el idioma adecuado, pero más allá de eso, todo sigue igual. Tu vida ha cambiado a un ritmo frenético, llegas cargado de vivencias y anécdotas que contar, pero en casa todo transcurre a su ritmo habitual.

Vuelves a casa, pasas tus primeros días o semanas viendo a familia y amigos, se actualizan, cuentan historias, recuerdan, etc. Las primeras semanas todo se trata sobre ti, todo es nuevo y emocionante, todos quieren saber acerca de tu viaje y cada vez que lo cuentas vuelves a sentir esa misma emoción que sentiste  la primera vez que lo viviste. Hasta que después todo simplemente se desvanece. Todos se vuelven a acostumbrar a tenerte de vuelta en casa, ya no eres la novedad y aparece de nuevo la misma pregunta: ¿y ahora?

La parte triste es que una vez que ya hiciste todas las visitas que tenías que hacer y te has puesto al día con todas las personas que lo tenías que hacer, te sientas en tu cuarto y te das cuenta que nada ha cambiado. Te sientes feliz de que todos estén bien y sean felices, pero una parte de ti grita: “¡¿Cómo no se dan cuenta de lo mucho que he cambiado?!”

Y no, no me refiero al cabello, a tu ropa o nada que tenga que ver con cómo te ves. Me refiero a lo que pasa dentro de tu cabeza, la forma en que tus sueños han cambiado, la forma diferente en que ahora percibes a las personas, los hábitos que perdiste y que probablemente no extrañas, y las nuevas cosas que ahora son importantes para ti. Quieres que todos reconozcan esto, quieres compartirlo y discutirlo, pero no hay forma de describir la forma en que evoluciona tu espíritu cuando dejas todo lo que conoces atrás y te obligas a usar tu cerebro a su capacidad real, no en una prueba escrita en la escuela. Estás consciente de que piensas distinto porque es algo que te sucede cada segundo dentro de tu mente pero, ¿cómo comunicárselo a los demás?

Te sientes un poco enojado, y a lo mejor también un poco perdido. Tienes momentos en los que te pones a pensar y sientes que nada valió la pena porque nada ha cambiado, pero luego sientes que es la única cosa importante que has hecho porque cambió todo. Es como aprender un nuevo idioma que nadie de los que te rodea puede hablar, por lo que no hay forma de hacerles saber cómo te sientes en realidad. ¿Cuál es la solución para este ‘problema’ del viajar?

Es por esto que una vez que has viajado por primera vez, lo único que quieres hacer es viajar de nuevo. Algunos lo llaman “el bicho del viaje”, pero realmente es el esfuerzo de volver a un lugar donde estás rodeado de personas que hablan tu mismo idioma. No es inglés, español, francés o portugués, sino que es el idioma donde el resto sabe lo que es abandonar un lugar, cambiar, crecer, experimentar, aprender y luego volver a casa, donde te sientes más perdido en tu ciudad que en cualquier lugar nuevo que hayas visitado.

Creo que es la parte más dura sobre viajar y vivir en otro país, y es la razón por la cual todos seguimos escapando. Al menos yo lo hago.