Es miércoles, 10:00 am. Estoy en la isla 3 de edición de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación con mi grupo de Realización de Vídeo y Audio y nuestro jefe de práctica. Caro, una compañera del curso, se encuentra frente al monitor recortando y acomodando clips de vídeos para darle forma y sentido al cortometraje que estamos intentando construir. Mientras ella avanza a su ritmo, G-V, el jefe de práctica, se encuentra al fondo de la isla sosteniendo una conversación amena con algunos integrantes del grupo para hallar la respuesta al porqué deseamos, con tanto ahínco, realizar el  cortometraje con el tema de los trastornos psicológicos.

Mientras la conversación fluye, yo también voy recortando y acomodando clips para la intro y los créditos de nuestro producto audiovisual desde mi laptop. Con el cansancio cargado y asentado en las ojeras, miro a G-V e interrumpo su charla para que ponga toda la atención en la previsualización de mi Premier. Cuando el marcador de la línea del tiempo llega a su fin, él, con la misma peculiaridad de siempre, deja de sonreír y detiene fijamente sus ojos en los míos:

– ¡Me han vuelto a fallar y solo han pasado unos minutos! – comenta mientras, graciosamente, se coge la cabeza y da media vuelta.

Entre risas para esconder ese miedo voraz que habita en mí, solo atino a decirle: ¿Ahora qué hice? ¿Tan mal está?

– Está pajita, pero ¿en cuántos fotogramas por segundos lo estás trabajando? ¿Qué es lo que le acabo de decir a Carolina hace unos minutos?

Comienza a sonar un “tic toc”, “tic toc” en mi cabeza. Se oyen melodiosamente y viene a mi mente, como si de un puñetazo en el abdomen se tratara, lo que otro de mis docentes me había reprendido hace unas semanas. Yo seguía en blanco mientras G-V no me quitaba la mirada, esperando que le diera la respuesta.

– Bueno, te dejaré pensar… Nos quedan unas 8 horas más de edición. – G-V coge sus auriculares mientras camina a su lugar favorito: el rincón izquierdo del pasadizo final de la isla.

Asustada por su comentario, no dudo en pedir ayuda a mi compañero de al lado, quien, para desgracia mía, tampoco sabe la solución. ¿En qué momento G-V dijo la respuesta a la interrogante que ahora me sucumbía por la cabeza? Lo más importante: ¿por qué no estuve atenta? O peor aún: ¿por qué justamente ahora no recuerdo cuál fue la solución exacta que me dio el otro profesor?

– Si no se acuerdan, al menos miren los ajustes que tiene la secuencia de Caro. -G-V abre la puerta de la isla y antes de salir agrega otro comentario más- Ya regreso, espero que al volver ya esté todo Ok.

El cruce de preguntas, la pierna izquierda que no me deja de temblar, el “tic toc, tic toc” que ambienta el vacío de mi cabeza y la agitación de mi compañero mientras corre hacia el monitor de Caro para hallar la respuesta, solo se convierten en fracasos tras fracasos. Comenzamos a jugar con los números de la base del tiempo como si de unos niños que recién aprendían a sumar se tratara. Al creer -erróneamente- que ya contamos con la respuesta correcta, aceptamos todos los términos que el programa nos rebota… Y oh, ¡Sorpresa!… La pantalla de la laptop solo nos dio una palabra angustiante: ¡¡¡Error!!!

Decepcionados de nuestros vanos esfuerzos, decido -como una niña ingenua- cerrar el programa con la tonta esperanza de que, al volver a abrir el proyecto, todo se encuentre perfecto, sin error alguno. Y volvimos a fallar: la viñeta de error no quería irse, seguía ahí, vacilándose en mi cara. G-V entra a la isla, se para delante de mí, yo levanto lentamente la cabeza y solo atino a sonreírle tímidamente. Mira la pantalla de mi laptop y se le escapa una risa burlona.

– Y ahí van de nuevo, decepcionándome otra vez. Eso les pasa porque no me oyen, no me escuchan. – vuelve a reírse – Y… por qué no decirlo: no me sienten.

El ambiente de estrés se esfuma con su comentario. Todos ríen. El “tic toc, tic toc” que retumbaba en mi cabeza logró esfumarse cuando él se acercó a mi sitio y me explicó detalladamente el porqué mi decisión había sido equívoca. Tuve suerte, hubiera podido salir mal. Pudo haberse amargado o exaltado. No lo hizo, prefirió usar el humor para regañarnos. Lo mejor de todo es que el número de fotogramas por segundos con el que siempre debo trabajar quedó tatuado en mi memoria. Solucionado todo, le agradezco por la ayuda y él solo comenta:

– Ahora escríbelo para tu crónica.
– ¿Sobre? – digo dubitativa.
– Eso… Da los tips de cómo decepcionar a tu jp en unos minutos… No los escuchan, no los oyen, no los sienten…

A pedido de G-V.

  • ArdillaMirona .

    ya se me creó la duda, con cuantos fps se debe trabajar??? :O

    • Bubu Arlim

      De acuerdo a mi jefe de práctica, el fps estándar es 23,976 fotogramas/segundo!! Y el tamaño del fotograma con el que se debería trabajar es 1920 x 1080!