Han pasado dos años y medio desde que una tal Nessie Vargas, con el cabello arruinado por las celebraciones de su ingreso, cruzó la entrada de Estudios Generales Letras en su primer día como estudiante oficial de la PUCP. Aquel 15 de agosto, éramos yo, mi blusa a cuadros, mis fieles Converse y una mochila llena de cosas que no me servían y que mi hermana me regaló porque tenía miedo de que fuera hecha un desastre a la universidad. Puedo recordar el miedo, la emoción y el aire frío de esa mañana tanto como la cara de “¿Qué rayos?” que pusieron los chicos a los que saludé al entrar a mi salón y que probablemente pensaron que estaba loca.

En ese entonces, no sabía todo lo que me esperaba, no tenía idea de las ojeras de oso panda que me cargaría cada cierta cantidad de semanas ni que rompería mi récord de 7 tazas de café en un día. No sabía que podría llegar a jalar algún parcial, no tenía idea de que, en alguna ocasión, pasaría con apenas un 11 un curso ni que podría llegar a gustarme la filosofía. ¿Qué idea tendría yo de que la compañera que se sentaba detrás de mí en el Taller de Textos estaba en todas mis clases del primer ciclo y que llegaría a ser la persona con la que más compartiría tiempo en la universidad o que mi habilidad para meterme en problemas se desarrollaría hasta límites insospechados a pesar de que respeto las reglas al pie de la letra?

Y ahora todo eso está tan distante que casi es imposible creerlo. Me toca cruzar aquella misma entrada, pero en una dirección completamente diferente porque el tiempo en Letras se ha agotado. Letras me ha dado todo lo que podía darme: las buenas y las malas experiencias, los cambios necesarios, el conocimiento indispensable y una confianza que nunca pensé que podría llegar a tener en mis capacidades.

Si debo ser sincera ahora, cuando comencé mis estudios, no estaba ni siquiera tan segura de si debía estar aquí. No estaba segura de mi carrera, no estaba segura de la universidad y ni siquiera sabía quién era yo. Sin embargo, las cosas han cambiado. A veces, me gusta decir que si mi ”yo” de diecisiete años se cruzara con mi ”yo” actual, no se reconocerían como la misma persona. Hay algo sencillamente diferente ahora, algo que este tiempo en Letras me dio y que estoy segura de que ningún otro lugar podría haberme ofrecido.

Va a sonar muy cursi (¿Qué más da? Soy cursi, adoro lo cursi, aunque mi maquillaje negro diga lo contrario), pero creo que en este tiempo me he encontrado a mí misma. Letras me dio las armas suficientes para descifrar quién era yo y cada curso, cada profesor, cada libro, cada examen, cada amigo nuevo y cada tropezón accidental, mientras caminaba por los pasillos o la rotonda, me han convertido en…mí.

Pasar a facultad sigue sonando como algo aterrador, tanto así que los relatos sobre lo que me espera me están comenzando a causar pesadillas, pero sé que estoy preparada para lo que venga. No soy invencible, está bien, pero estos años me han enseñado que si logré pasar Matemáticas y Lógica, entonces nada es imposible.

Y ahora le toca a Nessie Vargas dejar lugar para que otros indecisos se encuentren a sí mismos, para que otros puedan hacer sus propios recuerdos en Letras. Fiel a mí, me quedaré con todo lo bueno que he vivido y recordaré sus pasillos, salones y escaleras como un gentil camino que me llevó un poco más cerca de mi objetivo. Me caí algunas veces transitándolo, pero nada nunca se comparó a las asombrosas aventuras que me ofreció. Ya es tiempo de decir adiós.

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