Les ruego que me disculpen, lectores y encargados de esta revista, por mi injustificada ausencia. Decidí inscribirme en cursos realmente pesados este ciclo. Estoy aquí de nuevo para tratar de hablar de un tema que me parece de suma importancia, que es ineludible y que, al menos en el campo material, está, en todo lugar, presente. Quiero hablar, con algunos ejemplos y a modo reflexivo, sobre esta locución latina que pareciera eterna: “Tempus fugit” (“El paso irremediable del tiempo”).

Comenzaré esta entrada en la medida en que deje en claro el porqué de la misma. Hace algunos años, vi, en mi barrio en Chorrillos, una pequeña frase en la vereda, muy cerca de la entrada de una casa, que decía: “This used to be my playground” (“Este solía ser mi patio de juegos”). Esa vereda gris, tan gris como Lima la de todos los colores, parece haber sido, hace ya varios diciembres, una zona de entretenimiento para una persona. El hecho que estuviera ahí me dejó mucho por pensar. Decidí tomarle una foto.

Hoy, después de haber acabado el ciclo que parecía interminable, después de 57 años de que el hombre llegó a la Luna, después de casi dos años del asesinato del fiscal argentino Nisman y después de largos veranos de que comenzó la guerra civil siria, que ha sido espejo no solo de incontables muertes, sino también de la controversial crisis (todas lo son) de refugiados, me acuerdo de la imagen que tomé. Es innegable que, así como esa vereda grisácea fue en algún momento un patio de juegos para una persona que sabe escribir en inglés, el tiempo pasa irremediablemente. Nada lo puede detener.

Ese tópico del latín tiene en sí mismo la regla eterna: a todo le pasa esto. El tiempo, esa construcción humana que ha facilitado en muchos sentidos nuetras tareas, no se puede detener, pues, incluso, los libros o películas de ciencia ficción- en los que la eternidad es ley- son efímeros. Incluso, con la tradición judeocristiana que concibe al sinfín de lo existente en el campo ideal, llegó a su auge y mayor influencia la concepción lineal del tiempo en el campo material. Aquello mínimo que somos en este pequeño puntito de color azul dentro del ilimitado universo, parafraseando a Carl Sagan, está correlacionado con nuestro límite del tiempo que no se acabará en sí mismo, sino para nosotros en particular.

La reflexión que puedo sacar de aquí es realmente simple y de sobria deducción: la vida necesita ser vivida intensamente. No es el hecho de vivir cada día como si fuera el último, sino vivir cada día con la idea en la cabeza de lo bien que se sentiría disfrutar así la posibilidad (que no tenemos) de ser eternos. Y, sobre todo, en esta entrada breve de validez internacional y nacional, tanto en problemas de crisis de inmigrantes y de censuras de prensa libre, como en deforestaciones por minería ilegal o derrames de petróleo, hay que tomar como parte de la felicidad propia toda la posibilidad que tenemos de hacer felices a los demás. Esa es mi propuesta.