Es un proceso tortuoso, además de incierto, el tener que confiar en el otro. Depender de un hermano, de su lengua, de su encuentro con nosotros. Vivimos, pues, atados a esa contradicción: buscamos no depender de terceros —lo lamentamos— pero, en el fondo, sabemos que es inevitable. Sucede desde toda perspectiva: nuestro instinto de supervivencia hace que nos resguardemos en comunidad; nuestra identidad depende de la cultura colectiva; nuestra sociedad hiper globalizada necesita, y con urgencia, lazos fuertes, que trasciendan espacios, creencias y lenguajes.

Babel parte de esa tesis. Nos presenta, de forma caótica y no lineal, historias en tres países distintos: Marruecos, México y Japón, como azulejos que componen un mosaico intercultural, una sola figura humana, entrelazada de forma sutil. Esto permite la confrontación: ¿son aquellas conexiones intrínsecas a las personas, independientemente de dónde se encuentren? ¿son, más bien, forzadas por la interacción moderna? Alejandro G. Iñárritu, a su estilo -pretencioso, largo, solemne- busca respondernos.

Al principio de la historia —lo que, para el espectador, supone casi el clímax de la misma— podría parecer que la resolución está en el azar: un rifle, poseído por un cazador japonés, ha generado un accidente en Marruecos, al ser mal utilizado por un niño local. El accidente impacta en la vida de dos turistas americanos con un matrimonio en ruinas, lo cual, a su vez, afecta a la “nana” de ambos turistas, una mexicana devota a los niños que cuida. La historia vuelve a Japón. Vuelve y retorna. El ciclo se mantiene, pero no por la suerte misma, sino por temas de común, que traspasan los continentes; asuntos que, inevitablemente, les pertenecen a todos.

Pensemos, por ejemplo, en la sexualidad. Para el film, la sexualidad —ya sea por tabúes, por imposición cultural o por relaciones familiares— se ve constantemente oprimida. Lo vemos en Yussef, adolescente que, desconfiado para hablar de su libido, espía a su hermana, con los problemas que ello supone. Esta sexualidad contenida se muestra, además, en la virilidad: tomar el rifle y mostrar qué “tan hombre es” al disparar al autobús, lo que ocasiona el conflicto. Lo mismo sucede con Chieko, joven japonesa que, por su distanciamiento familiar y condición de sordomuda, se encuentra sola con sus impulsos. La necesidad de un “despertar sexual” (a raíz de bromas y acusaciones) la fuerzan a seducir a distintos personajes, exponiéndose en el proceso y sintiéndose aún más sola. Ojo que la sexualidad contenida no solo yace en la juventud: en México, Amelia se reencuentra con un amor de juventud —quien solía estar casado— y, en ese impulso, baja la guardia y se olvida de sus responsabilidades. El mensaje es preciso: mientras más se reprime el deseo, con más fuerza se desata, lo cual trae a su paso circunstancias inmanejables.

Ahora bien, como hay sexualidad, también hay poder: en las historias surge conflicto con quienes lo monopolizan, las fuerzas del orden. Cada policía es, irremediablemente, víctima de su contexto. La policía marroquí, desesperada por evitar un conflicto con EEUU, necesita encontrar al culpable, lo cual los lleva a ejercer la presión violenta y el abuso. ¿Se justifica? Quizá no, pero igual se entiende: en un estado de tensión, cualquier falla en la investigación implica cabezas rodadas. Lo mismo en la frontera México – EEUU: los policías, desconfiando de una relajada Amelia, la cuestionan por llevar consigo a niños que no son suyos. La policía es arquetípica: violenta, atemorizante, prejuiciosa. Eso, sin embargo, no elimina su labor: tienen que hacer las preguntas necesarias, sobre todo al haber sospechas. El contraste está en Tokio: un agente afable, compresivo hasta parecer torpe. Demuestra que, sin importar lo que creamos, son personas cualesquiera; ni héroes ni villanos, solo gente que cumple con su trabajo.

El sexo y el poder, sin embargo, están subordinados a la intimidad, en este caso, la familia. En Babel los padres no hablan con sus hijos. Amelia cuida y se encariña con los hijos de otros, mientras su propia familia yace al otro lado de la frontera. Los padres de estos “gringos” están tan adoloridos por su hijo fallecido que se han olvidado de sus hijos vivos. En Marruecos, a su vez, rige la desconfianza, lo que fuerza a los hermanos a esconder su crimen de sus padres. Si tan solo existiese un ambiente familiar armónico, necesario para acoger a la verdad… Y, en Japón, la familia implica distancia: Chieko no le habla a su padre y él trata someramente de acercarse. Es su respuesta frente a la tragedia: perder a la madre los hace retenerse en sí mismos, cerrarse en el dolor individual antes del dolor compartido: Aquí, otra moraleja: la familia es lo único que tenemos; quebrantarla es quebrantarnos.

Y es a través de la familia que Iñárritu responde a la pregunta fundamental, pero de forma desconcertante: las conexiones, sin importar que sean naturales o forzosas, inherentes o específicas, tienden a trancarse por barreras. Por eso la simbología de Babel: la ausencia de lenguaje, las trabas para comunicarse. Los americanos Susan y Richard han decidido no hablarse, hacer del silencio el lenguaje de su matrimonio. Amelia es incapaz de llevar a los niños a casa, porque eso implicaría revelar secretos que amenazarían su estancia en el país. Yussef y su hermano parecen vivir a espaldas de una familia rígida. Asimismo, Chieko prefiere cerrarse en su mundo, ceder ante su condición y los prejuicios que esta genera. He ahí el conflicto: la película incide en que, si los personajes se comunicaran, si pudiesen atreverse a acercarse unos a otros, los problemas desaparecerían.

Por esto el clímax es, a su modo, tan enternecedor. Chieko decide reencontrarse con su padre: no usa las palabras —es mucho pedir— pero sí el tacto: un abrazo en medio de la azotea. La cámara se aleja, mostrando la enormidad de Tokio: tantísimas personas interconectadas sin saberlo. Una vez más, la interconexión es natural —la familia— y a la vez forzada —familia reunida por una pesquisa policial—. Suena la música: solo nos queda aferrarnos al otro. Abrazarnos.