Editor: Miguel Prado

Entré a esa terrible etapa; de la que solo escuchar su mención me hacía retumbar mis oídos fuertemente hasta hacerme tambalear hasta los huesos: la temible tesis. La realidad es que estoy en esa duda de si llamarla así o no. El asunto es que me he percatado, gracias a todos los memes vistos y a la corta experiencia propia, que este proceso engloba una serie de etapas que, en gran parte, está conformada en un 40% por cafeína y un 60% por drama.

Después de oír incontables historias catastróficas de varios compañeros, me empecé a preguntar qué tan difícil puede ser esto. Particularmente, yo siempre me he declarado como una amante de los trabajos de investigaciones, pero ahora me encuentro sentada frente a una computadora sin una pizca de inspiración, lo cual me pone en ese debate… ¿procrastino o hago la tesis?

Lo cierto es que cada día falta menos para presentar el maldito marco teórico y estoy intentando (palabra precisa para describir mi estado actual) focalizar todas mis energías en que esto se lleve a cabo. Lo peor no es que me falten fuentes, no haya leído sobre mi tema o no conozca sobre el mismo… Solo es que el punto de inicio no lo tengo claro. ¿Cómo diablos debería empezar? Es un dilema tremendo que me causa un conflicto de emociones. Ni si quiera cuando escribo estas crónicas, me pongo a divagar tanto.

No sé si es mi desgaste emocional, ocasionado por todos los acontecimientos que me han pasado y siguen pasando, lo cual tiene tan adormecida mis neuronas como para no dejarlas dar ese chispazo y mi mano solo comience a teclear como una cabra loca sin control. De lo que sí estoy completamente segura es que ya sobrepasé el primer proceso que todos recorren, en el que te tienes fe.

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Después de hacerte creer por un breve tiempo que tu tesis sería el bebé más envidiado del mundo, caes de narices frente al segundo proceso: la realidad. Ves todo sobre lo que tienes que leer, buscar y reflexionar, que empiezas a sentirte tan pequeño como una pulga, pero como aún mantienes la fe y todavía no te dan el primer baldazo de agua fría, dices: “Bueno es mucho, pero yo puedo…”. Así, ingenuamente, vas sin tu escudo protector a pelear con uno de los monstruos más temidos de todos los tiempos… la tesis.

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Y… ¡zaz! El tercer proceso: La apuñalada. Tu docente o asesor le da el primer chequeo a tu primera metamorfosis y te rellena de fichas de correcciones y frases de aliento (en caso tengas suerte) para que pises fuertemente, a pesar de tener un cuchillo clavado en la esperanza. Luego de leer todas las rectificaciones, empiezas a dudarlo todo… ¿Elegí bien el tema de investigación? ¿Será muy tarde para cambiar de tema? ¿…de carrera? ¿…de vida? Así, pasas al siguiente proceso, en el cual tu vida se convierte en un meme: “Harta de la lloración, cansado de la intentación. Por fuera, la sonrisación, pero por dentro la morición”. ¡Drama a mil!

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Ya cansado de estar estancado en la etapa de la morición, deseas ir a saludar “al Cacas”, pero te acuerdas que tu deseo de graduarte es mucho más fuerte, así que pasas al siguiente proceso: la resignación. Al “tengo que hacerlo, si quiero graduarme”, o al “tengo que hacerlo porque mis viejitos se han esforzado tanto”. No importa cuál sea la razón, pero le encuentras una motivación y avanzas dejando todo tu drama en una cajita frágil que días o meses más tardes se romperá para aflorar nuevamente.

Es importante que sepas que de la etapa tres a la quinta se convierte en un ciclo obsesivo. Regresas una y otra vez, la cantidad de veces que te lo permitas. ¿Yo? Estoy en mi primer round, superándolo con 60% de cafeína y 40% de lágrimas.

Coincidentemente, ayer, hablando con Melanie, una compañera y gran amiga mía, me comentó que este proceso era normal y que no me preocupara, pues iba a salir de esto: “Tranqui, Isa, tú trabajas mejor bajo presión. Comenzarás a escribir cuando te queden dos o tres días para presentar tu marco teórico”. No fue nada alentador, pero bueno, la idea es no llegar a eso.

He conocido a muchas personas que ya han pasado más de un año con la tesis en la mochila porque se encuentran en este proceso tan disipado. Una de mis compañeras (no mencionaré su nombre), se la pasa faltando a nuestras últimas clases porque debe hacer todo lo que pospuso hacer en seis meses en una clase de 4 horas. Parece imposible, pero en realidad no lo es tanto. Es asombroso ver cómo la mente humana puede hacer todo en un breve período cuando tuvo meses para realizarlo. Y eso que aún no les he comentado que uno de mis ex compañeros cercanos, realizó todo su análisis de tesis en dos días sin dormir. El resultado no fue muy exitoso para ambos, pero, bueno, como dirían ellos: “se logró”. No quiero llegar a eso. Es demasiado frustrante.

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La meta es llegar al último proceso en el mayor grado: El orgullo. Evidentemente, la mayoría llega a cerrar esta pesadilla de realización, pero no todos salen diciendo: “Estoy orgulloso de mi criatura”. Aspiro llegar a ello. Anhelo decir dentro de unos meses: “Dobbie es un elfo libre”. Pero no solo libre, sino feliz y orgullosa de lo que logró, a pesar de todos los dramas montados.