Hace un par de horas le dije a un amigo por Facebook Chat, “tengo frío” y él me respondió “y estoy lejos de casa.” (recordando aquella conocida canción Mil Horas) Al principio pensé que tenía razón, ya que estaba en PUCP y en serio tenía mucho frío. Sin embargo, camino a casa, pensando qué escribir para la crónica de hoy, me di cuenta que en realidad ya estaba en casa, mi hogar lejos de casa.

La primera vez que entré a La Católica fue cuando estaba en segundo de primaria. Fui junto a mi salón en un paseo escolar. Recuerdo que me parecía enorme, como una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Regresé en cuarto de primaria, a un taller de antropología. Fuimos a una mini – huaca artificial y desenterramos trozos de cerámica. Recuerdo haberme enamorado de los venados, ardillitas y árboles. En sexto de primaria volví, ahora a un taller de Química. Confeccionamos “puaj” rosado y algo más, tal vez un volcán de lava. Recuerdo que me encantaba ver a los chicos y chicas universitarios pasar, tan grandes, tan lindos. Se veían geniales con sus libros en los brazos, conversando de temas que no entendía.

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Desde aquellos primeros paseos supe que yo estudiaría aquí. Tal vez les parezca tonto, pero desde que tengo memoria, cada vez que pasaba por la fachada en auto, por la Av. Universitaria o por Av. Riva Agüero, agitaba mi mano y le decía mi mamá: “esa va a ser mi universidad, yo voy a estudiar ahí”. Ni siquiera sabía qué era una universidad, ni qué estudiaría pero yo sabía que ingresaría aquí. Siempre he sido así, decidida. Cuando quiero algo, hago todo para conseguirlo. Y eso sucedió con la PUCP. No dejé de agitar mi mano al pasar y decir “esa va a ser mi universidad, yo voy a estudiar ahí” hasta el día anterior al examen de admisión. Y al día siguiente ingresé.

Desde ese día hasta hoy, la PUCP ha sido mi hogar. Aún siento que es una pequeña ciudad dentro de la ciudad, aún me encanta ver a los venados y las ardillas y aún me encanta ver a mis compañeros pasar con sus libros en brazos y me encanta escucharlos conversar (y ahora yo también participar) de temas interesantes y aprender un poco cada día más. Cuando estoy en la PUCP me siento segura, cómoda, feliz. Aquí he conocido personas maravillosas a quienes puedo llamar orgullosamente amigos y que espero sigan siéndolo aún después de egresar y también he aprendido cosas invaluables que sé me servirán en algún momento más adelante.

Y aún cuando ya no me tomo el tiempo de echarme en el pasto y sentir el sol en mi cara, o de observar a los venados corretear, aún cuando a veces la vida universitaria me agobia, no me imagino mi vida si no estudiara aquí. Simplemente siento que aquí puedo ser yo. En las clases, en la biblioteca, con mis compañeros y profesores. Y nada, la PUCP es mi casa.

Hasta la próxima crónica.