Columnista de Política escribe en Teatro.

De modo contrario a lo que muchos suelen sostener, considero que el teatro no debe ser visto como una actividad antagónica a otros medios de entretenimiento, como por ejemplo, el cine. Ante una supuesta banalización y declive de calidad de la cartelera de gran parte de los cines nacionales, no pocos dudan en afirmar que el teatro se erige como un símbolo de la “alta cultura”, donde el espectáculo presenciado constituye una antítesis de lo exhibido por “tontas películas hollywoodenses”.

En realidad, no tengo la más mínima idea sobre cuándo, dónde y cómo nació esa absurda dicotomía. No nos engañemos. Ambos tipos de artes presentan exponentes de excelente, mediocre o mala calidad. Por tal motivo, la evidente desventaja propagandística que afronta la industria del teatro en el Perú, no debería ser una excusa para que ciertos personajes menosprecien a otros tipos de arte. Una pieza teatral alberga en sí misma, una serie de atributos que la hacen especial, sin la necesidad de realizar comparaciones fuera de sitio.

Es probable que durante un fin de semana, usted se haya encontrado en la disyuntiva de escoger entre una obra teatral o una película. Es tal vez más probable que usted nunca se haya planteado la opción de visitar el teatro. Este texto no pretende contribuir a una absurda discusión en relación a qué es mejor: el teatro o el cine. Sin embargo, si usted nunca se ha animado a ir al teatro, no le haría mal conocer la serie de atributos particulares propios de una obra teatral. En primer lugar, el contacto espontáneo con el público. La naturalidad que le otorga las actuaciones en vivo puede generar otro tipo de compromiso más cercano con el espectador. El asombro o el disgusto son percibidos automáticamente por el elenco, formándose de ese modo, una simbiosis entre ambos, una reciprocidad de energías, ya sean positivas o negativas. Incluso, en algunas piezas teatrales se logra identificar pequeños diálogos entre actor y espectador.

Asimismo, es el público el encargado de escoger su propio enfoque de atención, ya sea observando al personaje que más lo cautive, a la totalidad de estos en su conjunto, o quizás la parte del escenario que le resulte más atractiva; a diferencia del cine, donde el panorama visual es completamente dirigido por el director. El teatro implica una preparación psicológica y física disímil para los actores, en tanto la ausencia de efectos especiales o de la posibilidad de enmendar un error, genera una mayor responsabilidad y presión durante la puesta en escena. Imagínese, lograr que su voz sea escuchada por todos, independientemente de la ubicación del espectador o del tamaño del recinto. O en el peor de lo casos, salir al escenario y percatarse que hay un número reducido de personas esperándote, y que no por eso, tales deben ser testigos de alguna muestra de decepción.

Hasta hace unos años, la industria teatral en el Perú sobrevivía gracias a la pura vocación de sus principales involucrados. Hoy en día, sin pretender afirmar que la situación se presenta como ideal, las expectativas son mayores. Más inversión, una oferta más variada y todo tipo de precios, como también más presencia de público en los teatros. Como ya lo indiqué anteriormente, resulta absurdo tratar de promover el consumo del teatro en desmedro del cine; no obstante, no estaría de más dejar de ver alguna película hollywoodense el fin de semana, y así darle la oportunidad a alguna obra teatral. Y sobre todo, darte la oportunidad a ti mismo de presenciar todas las cualidades antes mencionadas.

  • Enrique

    Hace un tiempo tuve una conversación al respecto y mi opinión coincide completamente con tu artículo.