Hace un par de días, mientras caminaba por la rotonda del pabellón Z, vi pasar a un viejo amigo. Para ser más exacta, él estaba en el dispensador comprando unas galletas morochitas, que al parecer son sus favoritas. Al menos, es lo que intuyo, pues suele comerlas en todos nuestros encuentros casuales.

Como es muy común en mí, me acerqué sigilosamente intentando que no se percatara de mi presencia. Él estaba en un estado sereno, pues no contaba con mi presencia depredadora. Cuando estuve detrás de él, se agachó a recoger las morochitas sin ningún tipo de preocupación. Entonces, preparé mis manos y apreté. El hombre dio un pequeño salto y me miró consternado. Al parecer, había entrado en un limbo. No entendía lo que sucedía. Yo lo dejé estar mientras la risa me invadía. Él se quedó en posición fetal con sus galletas en la mano, mientras intentaba procesar lo ocurrido.

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Cuando volvió en sí, se paró y, con la mirada aún consternada, me dijo “¡Cuidado, Isabu! Algún día podría confundirme de persona y te puedo meter un codazo”.

Yo solo reí para esconder la poca vergüenza que sentía.

“Esta bien que quieras asustarme. Me parece gracioso. Pero las próximas veces colócate en otro lugar. No justamente detrás de mí. Algún día podría reaccionar mal y puedo golpearte. No quiero hacerte daño” – dijo él.

Al parecer, después de su discurso, al sujeto le gustaba este jueguito, pero solo quería poner las reglas para que nadie salga ileso.

Después de pactar las condiciones de este curiosa forma de divertirnos, él culminó el tema diciendo:

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Bueno, ese no fue el mensaje exacto, pero el rollo iba por ahí.

Luego de unas pequeñas risas, decidimos darnos otra diminuta charla antes de nuestro próximo esporádico encuentro.

– Oye, verdad – me da una palmadita suave en el brazo derecho – ¡Gracias!

Definitivamente, ahora yo era la confundida. Era como si estuviese regalándome un paso al limbo por haber jugado con su serenidad.

– Hoy estuve comiendo en el mismo lugar de siempre y te recordé – yo seguía extrañada – ¡Ojo! Te recordé, no te extrañé.

Ok. Sin duda alguna eso dolió.

– No te lo tomes a mal. Extrañar es sinónimo de necesidad o pertenencia. Yo no te necesito ni tú me perteneces. Puedo seguir sin ti y tú de la misma forma.

Claramente, seguía afilando la navaja y penetrándola en ese lugar donde se guardan las emociones.

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– ¿Sabes a dónde quiero ir, verdad? Yo valoro mucho tu amistad. Me gusta conversar contigo y bromear. No puedo extrañarte porque significaría que dependo de ti para seguir o que me perteneces, y ahora que no estás, me haces falta. Y, obviamente, no es así. Yo seguiré con mi vida aunque no te vea o no sepa de ti y tú lo harás también.

En este punto, mis ideas y emociones comenzaron a tener una lucha interna por tratar de comprender a este personaje tan complicado, aquel viejo amigo que conocí en un salón de prácticas en la Facultad de Letra, ese ser que de vez en cuando suelo encontrar y pone en duda todo tipo de comprensión que procesa mi cerebro.

– No te extraño, pero te recuerdo a veces, cuando como. Me acuerdo de cuando me fastidias o te alteras o viceversa. Eso quiere decir que valoro mucho tu amistad. Mi chica siempre me dice que soy un ser ingrato. Tal vez tenga razón. Hoy que te acabo de ver después de varios días, así que déjame agradecerte – prosiguió.

Curioso, ¿verdad? Primero sientes que están menospreciando tu compañía, pero después con la explicación de tal interpretación, el testimonio adquiere una carga emotiva positiva. Bueno, al menos, para mí.

Mi amigo es un filósofo y ha de suponer que a veces me cuesta entenderlo porque no tengo esa capacidad de interpretación con la que él cuenta. Mientras él se cuestiona y suelta diversas preguntas que le cuesta responderse, yo soy más práctica: actúo primero y luego pienso.

Más curioso aun es ver cómo, a pesar de esta gran diferencia, al lado de otras más cuestionables, hemos logrado complementarnos y establecer un lazo de amistad fuerte que nos ha durado más de 3 años.

Pero yo no he escrito esto para contarles mi historia. Él siempre hace eso conmigo: deja cebos para que luego mi cabeza dé vueltas y vueltas de análisis y compresión. Ahora yo quiero hacerlo con ustedes.

Los seres humanos somos seres sociales que se desarrollan en un contexto plagado de hábitos, conductas y valores que nos invitan a interactuar con las personas que nos rodean. Así, al convivir con diferentes sujetos, entablamos cierto grado de dependencia con ellos, que pueden ser altos o casi nulos. En la pirámide de las necesidades humanas, Maslow (1954) ubica la pertenencia en el tercer escalón. Allí establece que cuando las necesidades fisiológicas y de seguridad se satisfacen, emerge la necesidad de amor, afecto y pertenencia.

Si pienso como mi amigo, que extrañar es sinónimo de necesidad y/o pertenencia, estaría definiéndome como esclavo/amo de alguien, de esa persona a quien digo extrañar. Decir “yo te extraño” no es más que sentir la ausencia de algo que teníamos muy a menudo, es sentir la ausencia o la necesidad de eso que nos falta. Aquí entra en función esa palabrita que ha destruido a varias personas durante épocas pasadas y lo seguirá haciendo en futuras: el apego.

Entonces, dicho esto, aquello que digo extrañar es porque me esclaviza o me hace dueño de él. Y como nuestra amistad no se basa en una dependencia o pertenencia, sino se encuentra en la libertad misma, está de más decir que no te extraño. Que puedo vivir sin ti. No extrañas la presencia como tal, sino que dependes de ello para sentirte bien.

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Es totalmente distinto depender de una persona y es otro cuento diferente cuando este contexto involucra los sentimientos. Puede que sentir la ausencia de él/ella o algo nos confunda, pero debemos entender que ese sentimiento de nostalgia, mejor dicho de recordar, toca un plano existencial y emocional, cuya expresión va más allá de lo narrable.

Después de todo lo dicho, pregúntate: ¿Yo extraño o recuerdo?